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Testamento espiritual de Benedicto XVI



Si en esta hora tardía de mi vida miro hacia atrás y repaso las décadas por las que he pasado, veo en primer lugar cuántas razones tengo para dar gracias. En primer lugar, doy gracias a Dios mismo, dador de todo bien, que me dio la vida y me guió en diversos momentos de confusión; siempre me levantó cuando empecé a resbalar y siempre me devolvió la luz de su semblante.

En retrospectiva veo y comprendo que, incluso los tramos oscuros y agotadores de este viaje, fueron para mi salvación y que fue en ellos donde Él me guió bien. Doy las gracias a mis padres, que me dieron la vida en una época difícil y que, a costa de grandes sacrificios, con su amor me prepararon una magnífica morada que, como una luz clara, ilumina todos mis días hasta el día de hoy.

La fe clarividente de mi padre nos enseñó hermanos y hermanas a creer y se mantuvo firme como guía en medio de todos mis conocimientos científicos; la piedad sincera y la gran amabilidad de mi madre siguen siendo un legado por el que no puedo agradecerle lo suficiente.

Mi hermana me ha asistido durante décadas desinteresadamente y con afectuoso cuidado; mi hermano, con la lucidez de sus juicios, su vigorosa resolución y la serenidad de su corazón, me ha allanado siempre el camino; sin este constante precederme y acompañarme, no habría podido encontrar la senda correcta. 

De corazón doy gracias a Dios por los muchos amigos, hombres y mujeres, que siempre ha puesto a mi lado; por los colaboradores en todas las etapas de mi camino; por los profesores y alumnos que me ha dado. Con gratitud los encomiendo a Su bondad.

Y quiero dar gracias al Señor por mi hermosa patria en los Prealpes bávaros, en la que siempre he visto brillar el esplendor del Creador mismo. Doy las gracias al pueblo de mi patria porque en él he experimentado una y otra vez la belleza de la fe.

Rezo para que nuestra tierra siga siendo una tierra de fe y os ruego, queridos compatriotas: no os dejéis apartar de la fe. Y, por último, doy gracias a Dios por toda la belleza que he podido experimentar en todas las etapas de mi viaje, pero especialmente en Roma y en Italia, que se ha convertido en mi segunda patria.

A todos aquellos a los que he hecho daño de alguna manera, les pido perdón de todo corazón. Lo que antes dije a mis compatriotas, lo digo ahora a todos los que en la Iglesia han sido confiados a mi servicio: ¡manteneos firmes en la fe! No os dejéis confundir. A menudo parece como si la ciencia -las ciencias naturales, por una parte, y la investigación histórica (especialmente la exégesis de la Sagrada Escritura), por otra- pudiera ofrecer resultados irrefutables en desacuerdo con la fe católica.

He vivido las transformaciones de las ciencias naturales desde hace mucho tiempo, y he podido comprobar cómo, por el contrario, las aparentes certezas contra la fe se han desvanecido, demostrando no ser ciencia, sino interpretaciones filosóficas sólo aparentemente pertenecientes a la ciencia; del mismo modo que, por otra parte, es en el diálogo con las ciencias naturales como también la fe ha aprendido a comprender mejor el límite del alcance de sus pretensiones, y por tanto su especificidad.

Hace ya sesenta años que acompaño el camino de la Teología, en particular de las ciencias bíblicas, y con la sucesión de las diferentes generaciones he visto derrumbarse tesis que parecían inamovibles, demostrando ser meras hipótesis: la generación liberal (Harnack, Jülicher, etc.), la generación existencialista (Bultmann, etc.), la generación marxista.

He visto y veo cómo de la maraña de hipótesis ha surgido y vuelve a surgir lo razonable de la fe. Jesucristo es verdaderamente el camino, la verdad y la vida, y la Iglesia, con todas sus insuficiencias, es verdaderamente su cuerpo. 

Por último, pido humildemente: rezad por mí, para que el Señor, a pesar de todos mis pecados e insuficiencias, me reciba en las moradas eternas. A todos los que me son confiados, día a día, va mi oración de corazón. 


María nos funda en la paz, al cambiar el nombre de Eva

 Por Schola Veritatis, Comunidad monástica contemplativa


La Anunciación, detalle

Fra Angelico (1395-1455)


 En el precioso Himno “Ave maris stella”, la estrofa segunda, dice así (traducción literal): 

Sumens illud “Ave": Asumiendo aquel “Ave” (aceptando el anuncio),

Gabrielis ore: por boca de Gabriel (pronunciado por Gabriel),

funda nos in pace: fúndanos en la paz (obtennos la paz, pero permaneciendo firmes, fundados en ella),

mutans Evae nomen: mutando el nombre de Eva.

 

Detrás de estos versos está la relación tipológica bíblica y patrística: Eva (tipo), María (antitipo). Dos vírgenes desposadas, dos ángeles, dos anuncios angélicos a las vírgenes, dos madres… Pero el primer plan, frustrado (por el hombre instigado por el demonio), se recuperó en el segundo. 

En realidad, toda la Mariología es un capítulo, importantísimo, de la Cristología... Por eso el P. Cuervo, OP, decía con profundidad y genialidad, que el mejor tratado de Mariología es el Tratado del Verbo Encarnado de la admirable Summa (III, qq. 1-59). Pues esta relación tipológica es la cara “femenina” de la que existe entre Adán y Cristo, claramente expresada por San Pablo. Eva, “madre de todos los vivientes", llegó a ser causa de la muerte (si bien stricto sensu, el pecado original es el de Adán, no el de Eva). María asume la vocación de Eva (ya expresado en el protoevangelio del Génesis), e incluso mucho más, pues llega a ser Madre de la Vida (el Verbo), y consecuentemente, Madre de la vida espiritual de todos los que se unen por la gracia al verbo Encarnado. Por eso dicen los teólogos que pertenece al plano u orden hipostático relativo, que es superior al sobrenatural de la gracia.

La Santísima Virgen “asume” con su “fiat” el saludo, es decir, el anuncio de San Gabriel respecto de la Encarnación redentora del Verbo, condensado o sintetizado en el “Ave", “Salve", con que el santo Arcángel inicia la “buena noticia". Ergo, asume el “Ave", pronunciado por boca de Gabriel. El himno va a ir al tema de Eva, por eso se queda con el Ave, que contiene las mismas letras… 

La paz, que es el gran bien mesiánico ya en los antiguos profetas (especialmente Isaías), es fruto de la caridad, como dice Santo Tomás; por tanto, de la unión sobrenatural con Dios. De algún modo, la paz sintetiza la salvación, la redención, la vida eterna, la gloria… Que nos viene por la Encarnación redentora, y al mismo tiempo, nos viene por María. La paz es el descanso en la posesión del bien amado. El Bien por excelencia es Dios. Es poseído por la gracia, pero de modo inamisible sólo por la gloria.

 

Y así María “muta” o cambia el nombre de Eva. No sólo porque asume e incluso lleva al infinito (Santo Tomás llega a decir que la Virgen tiene una dignidad cuasi infinita) su vocación maternal, sino porque cambia lo que ocurrió en Eva. No porque cambie el pasado, pues ni Dios puede hacer que lo pasado no haya sido (porque es de suyo imposible), sino porque en Ella ni el demonio tuvo parte, ni el pecado más leve la manchó, ni la mera concupiscencia desordenada la inficionó…

Es por esto que María nos funda en la paz, y es para nosotros “feliz puerta del cielo” (como dice la primera estrofa del mismo Himno), en la medida en que “muta el nombre de Eva". Eva pecó. Y pasó a ser madre de la muerte del pecado. María, en la medida en que asume o acepta el “Ave” (i.e., la Encarnación), cambia o genera un cambio radical de las cosas…, pues engendra al mismo Dios en su humanidad y el orden sobrenatural irrumpe en el mundo.

Y así, según la economía elegida por la divina Providencia, la paz (la salvación, la gracia, la gloria) sólo se obtiene por Jesucristo. Y Jesucristo sólo nos llega por María. Y Jesucristo y María suponen el pecado original (en el orden de la causalidad material), y por eso suponen a Adán y a Eva. Y cambian o mutan lo que en ellos ocurrió, en la medida en que Jesucristo redime, y María co-redime… El pecado es borrado por la gracia: la vida vence a la muerte. María cambia a Eva.

“Ave” supone a “Eva". “Eva” leído desde atrás (a los medievales les gustaban los juegos de palabras) da “Ave". Luego de Eva, en el tiempo u orden cronológico, vino el Ave (es decir, vino la Encarnación). Y el Ave revierte lo que ocurrió en Eva, pero no lo niega… Según una antigua tradición, Adán se salvó, y es de suponer que Eva también (como se lee en una preciosa homilía sobre el Sábado Santo, del Oficio Divino). Pero gracias a María, la cual es la puerta de ingreso al único camino: Jesucristo.

El Rosario y la juventud

Fragmento del libro del Libro “El Rosario” 
Una colaboración de Lidia Elena Klein



por  Mons. Roberto Lodigiani 
(1915-1998)

“Les escribo a ustedes, jóvenes, porque son valerosos y la palabra de Dios permanece en ustedes y vencieron al maligno”. Así San Juan en su primera carta. (I Jn. 2,13).

Ciertamente que no es lo mismo hablar del Rosario a las almas consagradas, los ancianos, las personas que sufren o la familia, por citar algunos, que a la juventud. Si siempre el hombre tiende a ser independiente, más aspira a serlo en su juventud, cuando aún no ha hecho la experiencia de la vida y lo que ésta da en realidad al hombre. Mucho más, hoy. La liberación de Dios ha hecho los mayores estragos en ella, y no siempre la oración atrae a los que no han perdido todavía la fe. El espejismo de la vida falsea las imágenes y la que más destruye es, a no dudarlo, la de Dios. Así lo entendió el último Concilio Vaticano II al decirle a los jóvenes, hablando de sí mismo: “Al final de esta impresionante reforma de vida” (la que la Iglesia ha hecho para rejuvenecer su rostro), se vuelve a ustedes. Es para ustedes los jóvenes, sobre todo para ustedes, por lo que la Iglesia acaba de alumbrar en su Concilio una luz, luz que alumbrará el porvenir”.

Este libro, en pequeño, aspira a mantener esta luz encendida.

Que descubran los jóvenes la riqueza que se encierra en el Rosario y que descubran también que una de las fuerzas que tonificará su edad, es su rezo. No le ofrecemos grandes armas. Para ella, esta pequeña que se encierra en cincuenta “ave marías”. Jesús y María se encuentran en él. Allí hallará la razón de su oración. El por qué hacerla.

En el Rosario está Jesús bajo todas sus facetas. Ninguna de ellas tiene la más mínima imperfección. Es el Maestro atrayente de Galilea y el Conquistador de siglos de las almas. El que deslumbra cuando se lo descubre y el que arrastra cuando imanta. Tras Él han ido generaciones de jóvenes porque descubrieron, detrás de su persona, al único que podía darles la visión y la realidad de una vida nueva, hecha de conquista de sí mismo y de virtudes plasmadas en la vida que, al igual que todos, le tocó vivir.

Ahí está en el Rosario. En el silencio majestuoso de la oración y en la acción de su Espíritu que mueve al hombre a descubrirlo.

Si tú, joven, lo descubres, seas varón o mujer, habrás encendido un ideal en tu vida y María habrá sido “la causa de tanta alegría”.

Recuerda que Jesús en la hora suprema, entregó a su Madre a un joven: Juan Evangelista, y que en ese joven estaban presentes los jóvenes de todos los tiempos, que tendrían a María como Madre y a Jesús por ideal.

Nadie mejor que un joven puede comprender la Encarnación, esto es, el “Sí” de María y el “Don” del Verbo que se hace carne para darse por nosotros, ya desde el seno de su Madre.

La juventud se sintetiza por el don de sí. Está aún libre de ataduras. Posee la generosidad. No está amargada por los avatares de la vida. La ve siempre con una visión de transformación idealista que la hace apta para las mayores hazañas. Por eso es capaz de entender las grandes proezas de la historia. Ahí está la mayor: el don de Jesús y María por nosotros y la creación de un mundo nuevo del espíritu.

Es así. En ese mundo pequeño del Rosario se esconde la realidad de una vida; se nutre un ideal y se modela un alma a imagen de Jesús por obra de su Espíritu.

A la juventud hay que convencerla de que para lograr el ideal superior de Jesús, sola nada puede. Que necesita imperiosamente de la gracia y la intercesión de Jesús para esta renovación. Pero que necesita orar y que la oración hecha en común ayuda enormemente a vivir una vida nueva. Por eso debe descubrir el Rosario, no como algo monocorde o de rutina, sino como su arma favorita, empuñada con sus manos, llevada en sus bolsillos o sus carteras, las cuentas gastadas por sus dedos, para la gran batalla que hay que dar para hacer un mundo nuevo. Que en sus misterios, mejor en la vida de Cristo que desfila a través de ellos, se dé a sí misma una razón que la conforme para traducirla en su vida hecha ideal y trasmitirla a los demás. Una juventud que ora pero que sabe por qué lo hace. Que se reúne para el Rosario como quien encuentra allí el entrenamiento interior para sus luchas, empuña el Rosario con un por qué y para qué. Juventud que ha aprendido a ponerse de rodillas para recibir gracia y fuerza, es juventud que sabe estar de pie para luchar por la conquista de sí misma y del mundo para Cristo. Para vivir la pureza a semejanza de Jesús y de María. Es que la pureza y la castidad siguen siendo realidad y teniendo vigencia en la Iglesia y en los que siguen a Cristo.

La juventud debe convencerse que debe orar. Que en los caminos de Dios no bastan las solas fuerzas naturales, las condiciones personales, la organización como sistema, sino que le es necesaria su gracia, su ayuda, para hacer un mundo sobrenatural. El mundo de Dios. “La civilización del amor”. Este universo no se puede hacer sin Él, porque es suyo y Él quiere que nosotros seamos sus instrumentos para construirlo. Debe aprender que es cierto lo que dice Dios que: “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican” (Sal. 126,1). La casa que construimos es de Dios. Es su reino y esto no se puede hacer sin Él.

“Renace en el corazón de la generación actual una necesidad, una orientación, una simpatía hacia cualquier forma de oración. Tal vez nos encontramos todavía en los albores de una aspiración espiritual, extraña si se quiere, pero humanísima; y en quienes han dirigido sus pasos por el sendero de la auténtica espiritualidad cristiana, el alba resplandece ya con la luz matutina y primaveral: ¡Qué bello, que auténtico, qué sabio es rezar!”.

Orientémosla, entonces, hacia una forma antigua y nueva de oración, que no pierde actualidad y que cuando prende en el corazón de los jóvenes, arrastra. El Rosario, puesto en sus manos, no es para adormecerlos. Hacerlos, simplemente, más piadosos. Ponerles una cadena entre sus manos para que no se nos escapen. Es la gran arma de amor por la que experimentan qué cierto es lo que afirma San Pablo: “Cuánto más débil soy, más fuerte soy, no yo, sino la gracia de Dios en mí” (II Cor. 12,10). Esa gracia viene de la oración. El alma se robustece. La voluntad se hace firme y constante. La cobardía se aventa para afrontar con coraje los problemas que presentan no sólo la edad, sino las actividades apostólicas y la consagración juvenil de una vida a Dios.

Deben tener la seguridad de que no pierden virilidad, libertad, alegría. Encuentran para su juventud –si creen en la fuerza incontrastable de la oración- como una necesidad para ser un auténtico cristiano que vive su bautismo; la fuerza que da Cristo, por la intercesión de María, para afrontar todos aquellos problemas que son propios de la edad como para fortalecer la esperanza en el ideal que se han trazado. Pero si además descubren, como dijimos que el Rosario está centrado en la Encarnación y que ésta encierra el acto más maravilloso de generosidad tanto de Dios como de una creatura, que es María, se li habrá abierto para su generosidad juvenil un horizonte insospechado. Es que la juventud es donación de sí misma, entrega sin cálculo, y necesita ver encarnada esa  nobleza y donación en otros seres cuyas huellas puedan seguir. Entonces es cuando ve encarnado su ideal y se da a él con la alegría juvenil y la apertura que es propia de quien es capaz de darse sin esperar nada en retorno. La Encarnación –volvemos a decir- es eso: entrega, generosidad. Asumir hasta las últimas consecuencias la voluntad del Padre que quiere que su Hijo se encarne y entregue su vida por sus hijos. Ver la fe viva de María –que consciente de lo que hace- se entrega a Dios para cooperar con Él en la salvación del hombre. Es Dios Espíritu Santo realizando en Ella la obra de los siglos: Jesús.

Es siempre actual el aforismo de Claudel: “La juventud no ha sido hecha para el placer sino para el heroísmo”. Cuando la Encarnación se comprende como la base de la inmolación de Jesús por un ideal, siempre habrá jóvenes que entregaran sus vidas por su causa y siempre habrá generosidad y heroísmo sobre la tierra para la causa de Dios y muchachos y chicas que tomen las banderas de Cristo para iluminar con sus verdades a los hombres.

Habrán aprendido que rezar el Rosario no es un rito, ni una simple práctica piadosa. Habrán comprendido que sólo unidos a Cristo y siguiendo sus pasos, se podrá hacer un mundo nuevo y formar instrumentos de bien para los hombres.

Hallan dos mantos de la Virgen del Rosario de Antequera con más de tres siglos

Fuente: Diario SUR, España



El patrimonio textil de la Virgen del Rosario de Antequera ha aumentado este año tras el hallazgo de dos mantos realizados durante los siglos XVII y XVIII y confeccionados con brocados de los vestidos de ‘damitas’ y novias nobles en el deseo de ensalzar la imagen de la Virgen. El descubrimiento tuvo lugar cuando el hermano mayor de la Cofradía del Rosario, Pablo de Rojas, y la camarera, Francisca Gálvez, fueron al Museo Municipal de Antequera a recoger las joyas de la Virgen para la procesión. Junto a las joyas, en el sótano del museo, vieron un baúl con varios textiles aún sin inventariar y cuál fue su sorpresa al ver que allí se encontraban dos mantos doblados similares a los de la Virgen del Rosario. Al desplegarlos observaron que pertenecían al ajuar textil de la Virgen, pudiendo demostrarlo con los vestidos que tienen guardados y que pertenecen al Niño que porta la imagen de la Virgen en su brazo izquierdo.

Tras varios trámites, solicitaron formalmente su devolución demostrando que pertenecían al patrimonio de la Cofradía. La dirección del Museo entregó ambos mantos exigiéndoles un plan de conservación que pusieron en marcha con el consejo de Patrimonio y bajo la dirección de la experta en textiles Socorro Mantilla, quien fuera experta en restauración de textiles en el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico y actual comisaria de la exposición de mantos de la Virgen del Rosario en Antequera. Mantilla estudió los dos mantos, uno en color azul y oro que estaba en buen estado de conservación, por lo que solo se reparó el galón, y el segundo manto, en verde y plata que se encuentra en peor estado, con manchas de humedad, por lo que su proceso de restauración ahora es «inviable», aseguró Rojas.


Restauradoras de observan el manto de la Virgen del Rosario hallado en verde y plata. 

Las medidas de los mantos es de unos tres metros y Mantilla ha diseñado una estructura para el arcón donde deben guardarlo. También ha explicado a la directiva de la Cofradía las condiciones para su conservación.
Uno es un manto  de tafetán azul.  Los adornos van ejecutados con la técnica de brocado. Toda la pieza va rematada por un ancho galón de oro. Mide 295x320 centímetros. El otro es un manto de brocato con tejido de fondo azul verdoso. La decoración es floral y está bordeado por un ancho galón de plata con motivos vegetales de palmetas. Mide 238x290 cm.

Tras los dos mantos hallados, la Virgen del Rosario cuenta con 17 mantos. Según Milagros León, doctora en Historia de la Universidad de Málaga, son piezas únicas, excelentes por la riqueza de sus hilos y colorido, así como por su valor histórico y curiosa hechura. Son composiciones de telas, bordados y encajes datados entre los siglos XVIII y XIX. El origen de ellos no está en el interés de engalanar a la Virgen del Rosario, sino a mujeres de posición privilegiada dentro de la sociedad antequerana de aquella época. Su conversión en manto se hizo tras la donación de los vestidos por aquellas damas, de ahí la admiración al apreciar costuras y ensamblajes de trozos a fin de amoldar las piezas obtenidas de indumentarias de mujer al contorno de mantos de la imagen mariana del Rosario de casi metro y medio de altura, tallada por Juan Vázquez de Vega en 1587, con sede en la iglesia de Santo Domingo de Antequera. 


¿Qué iba a anunciar Juan Pablo II el día de su atentado, hace 35 años?

por Juan José ROMERO (periodista español)


Este viernes, día 13, se cumplen 35 años del atentado que sufrió San Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro, cuando saludaba a los fieles y se dirigía a la Audiencia.

Era 1981, no nos enterábamos de las noticias por Internet. La confusión era  enorme, en especial los días siguientes, en los que su vida pendía de un hilo. A los que vivimos aquello, yo era muy jovencito, se nos quedó grabado que el amor al Papa no tenía tanto que ver con la papolatría o la papología como con el cariño, cariño filial, fuerte y sobrenatural.

Pero ese hilo era muy fuerte, estaba sujetado por Nuestra Madre, Nuestra Señora de Fátima, como Juan Pablo II reconoció en más de una ocasión. El entonces Cardenal Ratzinger lo confirmaba en la explicación sobre el «Tercer Secreto de Fátima»:

¿No podía el Santo Padre, cuando después del atentado del 13 de mayo de 1981 se hizo llevar el texto de la tercera parte del «secreto», reconocer en él su propio destino?  Había estado muy cerca de las puertas de la muerte y él mismo explicó el haberse salvado, con las siguientes palabras: « …fue una mano materna a guiar la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró en el umbral de la muerte » (13 de mayo de 1994).

De aquella «Audiencia», que no llegó a celebrarse, sí se guarda el texto del discurso que iba a pronunciar, una bella conmemoración del 90 aniversario de la publicación de la Encíclica «Rerum Novarum» y una alocución con un anuncio importante sobre la familia y la vida. Impresiona la narración «oficial» en L’Osservatore Romano, ed. en español, 17 de mayo de 1981, página 287:

La audiencia general del miércoles 13 de mayo pasa a la historia por el triste episodio del sacrílego atentado contra el Papa, sobre el que referimos en la pág. 1. En realidad la audiencia no llegó a celebrarse. A las 5 de la tarde, la plaza de San Pedro estaba inundada de fieles: de 30 a 40 mil romanos y peregrinos. Entre ellos estaban los siguientes grupos de habla hispana: religiosas del Instituto de Hijas de María; religiosas de las Escuelas Pías, que toman parte en su IV conferencia general; el consejo general y las provinciales de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús; peregrinos de México, Guatemala, Bolivia y Argentina; y la peregrinación de la catedral de Castelló de Ampurias (Gerona), así como un grupo de matrimonios españoles. El Papa entró en la plaza en su “jeep” blanco y pasó, como siempre, junto a las vallas saludando a los presentes. Apenas había terminado de dar la primera vuelta, cuando sucedió el atentado. La inmensa multitud quedó atónita y sumida en la más profunda consternación. La única reacción común fue la plegaria. Los altavoces explicaron lo acaecido y la inmensa asamblea comenzó a rezar… La voz del Vicario de Cristo no llegó a oírse. Juan Pablo II tenía preparados sus discursos. […]

Publicamos estos textos que, aunque no han sido leídos, pasan a formar parte de las “enseñanzas pontificias” con un carácter especial por las circunstancias en que no fueron pronunciados.

El anuncio era nada más y nada menos que la primera decisión tomada a raíz del Sínodo sobre la Familia, la creación del «Pontificio Consejo para la Familia» (en Motu proprio firmado unos días antes) y del «Instituto internacional de Estudios sobre matrimonio y familia», el luego llamado «Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el Matrimonio y la Familia» en la Universidad de la diócesis del Papa, la Lateranense:

Deseo anunciaros ahora que con el fin de responder adecuadamente a las expectativas sobre problemas concernientes a la familia, expresadas por el Episcopado del mundo entero, sobre todo con ocasión del último Sínodo de los Obispos, he considerado oportuno instituir el “Pontificio Consejo para la Familia” que sustituirá al Comité para la Familia que, como es sabido, dependía del Pontificio Consejo para los Laicos.

A este nuevo organismo —que estará presidido por un cardenal coadyuvado por un consejo de presidencia formado por obispos de distintas partes del mundo— corresponderá promover la pastoral de la familia y el apostolado específico en el campo familiar, aplicando las enseñanzas y orientaciones impartidas por las instancias competentes del Magisterio eclesiástico, para que se ayude a las familias cristianas a cumplir la misión educativa, evangelizadora y apostólica a que están llamadas.

Además he decidido fundar en la Pontificia Universidad Lateranense, que es la Universidad de la diócesis del Papa, un ‘’Instituto internacional de Estudios sobre matrimonio y familia” que comenzará su actividad académica el próximo octubre. Dicho instituto se propone prestar a toda la Iglesia la aportación de la reflexión teológica y pastoral sin la que la misión evangelizadora de la Iglesia se vería privada de una ayuda esencial. Será un lugar donde la verdad sobre el matrimonio y la familia se estudien a fondo a la luz de la fe y con la contribución también de las distintas ciencias humanas.
Pido a todos que acompañen con la oración estas dos iniciativas que quieren ser un signo más de la solicitud y estima de la Iglesia hacia la institución matrimonial y familiar, y de la importancia que ésta le atribuye en orden a su propia vida y a la vida de la sociedad.

Los frutos de ambas instituciones son evidentes. Y cualquiera con un mínimo de experiencia en gestión sabe que la estructura responde a las prioridades. No sólo en grandes empresas o ministerios. En cualquier familia al niño enfermo, si hace falta, se le cambia de cama o de cuarto para poder vigilarle de cerca, para poder saber qué fiebre tiene a cualquier hora de la noche o poder suministrarle la medicina que prescribió el médico, aunque no le apetezca o le sepa mal, aunque no sea consciente de que sabe a fresa y es necesaria para que se ponga bueno.

En un hospital, sea de campaña o no, la unidad de cuidados o de vigilancia, está situada de modo que sea sencillo el acceso a todos los especialistas y equipos.

Por eso me da pena que la primera decisión del Sínodo de la Familia del 2015, sin que todavía hubiese concluido, fuese precisamente la dilución en un mega-dicasterio: crear un nuevo dicasterio con competencia para los Laicos, Familia y Vida, que reemplazará al Consejo Pontificio para los Laicos y el Consejo Pontificio para la Familia, al que estará vinculada la Academia Pontificia para la Vida. Con este fin, se ha constituido una comisión especial que preparará un texto delineando canónicamente las competencias del nuevo dicasterio. El texto será presentado para su discusión en el Consejo de Cardenales en su próxima reunión en diciembre

Del mismo modo que fue una lástima, que ayuda a explicar acontecimientos posteriores, que nadie del «Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el Matrimonio y la Familia» fuese llamado a la fase extraordinaria del Sínodo, ni por la Secretaría, ni por el Santo Padre.

El papa santo sobrevivió. Su médico, Rodolfo Proetti contaba 2014:

¿Por qué se salvó del atentado? Si por nosotros los médicos o por otros medios, no lo sabré nunca. Lo que sí sé es que Juan Pablo II recuperó casi perfectamente su forma física. Recuerdo que siempre nos decía a los médicos: Me fío de vuestra competencia y de la Divina Providencia, o sea, que se fiaba, pero con reservas.

El Consejo y el Instituto comenzaron a rodar. En noviembre de 1981 el Papa nos regaló la «Familiaris Consortio»; a los pocos meses, al cumplirse un año del atentado, realizaba un viaje apostólico –y de acción de gracias a Fátima–.

El año pasado el Cardenal Caffarra, a quien Juan Pablo II encargó poner en marcha estas iniciativas desvelaba el contenido de la carta que le envió Sor Lucia y que se encuentra en el archivo del Instituto:

Al inicio de este trabajo –cuenta el Cardenal– escribí a sor Lucía de Fátima, a través del obispo, porque directamente no se podía hacer. Inexplicablemente, aunque no esperaba una respuesta, porque le pedía sólo oraciones, me llegó a los pocos días una larguísima carta autógrafa, que hoy está en los archivos del Instituto.

En esa carta de Sor Lucía está escrito que el enfrentamiento final entre el Señor y el reino de Satanás será sobre la familia y sobre el matrimonio.

No tenga miedo, añadía, porque quien trabaje por la santidad del matrimonio y de la familia será siempre combatido y odiado de todas formas, porque este es el punto decisivo.

Pero el panorama siempre es esperanzador, como Juan Pablo II, lo afrontamos abandonados en la Divina Providencia, al cuidado de los que competentemente tienen que actuar y con las palabras reconfortantes del Cardenal Ratzinger en la explicación del Tercer secreto:


Que una «mano materna» haya desviado la bala mortal muestra sólo una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas, que pueden influir en la historia y, que al final, la oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones.

Tres mensajes en Roma que anunciaron el nacimiento del Salvador

Hay por lo menos tres conexiones interesantes entre el nacimiento de Cristo y Roma:
una, es la profecía de la Sibila del nacimiento del niño hebreo
otra, es la aparición de María al emperador con ese niño;
y otra, la fuente de aceite que brotó en el barrio de los judíos.



La profecía de la Sibila

Antoine Caron (s XVI): Augusto y la Sibila Tiburtina 

El reinado romano de César Augusto fue una era de paz, prosperidad y felicidad. Augusto tomó un censo imperial durante esta era de paz, momento en que cerró el templo de Jano, por tercera vez, a los cuarenta años de su reinado.La tradición sostiene que César Augusto recibió la información del oráculo de la Sibila Tiburtina de que un niño hebreo haría silenciar todos los oráculos de los dioses romanos. El Príncipe de la Paz nacería en este paréntesis histórico de paz.
San Beda el Venerable escribió que “un amante de la paz  iba a nacer en el momento del silencio más profundo. Y no podía haber ningún indicio más claro de la paz, que  un censo en todo el mundo. Augusto reinó en el momento del nacimiento de Cristo por una docena de años en la mayor paz."



La aparición a César Augusto

Interior de la Basílica de Santa María en Aracoeli

La tradición también registra que la Santísima Virgen María con el Niño Jesús en sus brazos, apareció a César Augusto en la colina de Capital. Augusto reconoció que esta visión correspondía a la Profecía sobre el niño hebreo.
En respuesta a esta aparición Augusto edificó un altar en el Capitolio en honor de este Niño con el título Ara Primogeniti Dei, que significa “Altar del Primogénito de Dios.”
Más de trescientos años después, el emperador cristiano Constantino el Grande construyó una iglesia en este lugar, que se llama Basílica Sanctae Mariae de Ara Coeli, y significa “Basílica de Santa María del Altar del Cielo”. 
Si se visita la iglesia hoy, se puede observar murales de César Augusto y la Sibila Tiburtina pintados a ambos lados del arco sobre el altar mayor, que recuerdan el oráculo.
En el siglo XV, esta iglesia se hizo famosa por la estatua del Niño Jesús tallado en madera de olivo tomada del Jardín de Getsemaní. 


La fuente de aceite


Mientras tanto, en una taberna del barrio judío de Roma- al oeste del río Tíber  el día del nacimiento de Cristo brotó de la tierra una fuente de aceite .Ésto no podía significar otra cosa que el Mesías había nacido por fin, desde que Mesías o Cristo significan “ungido.” El emperador Septimio Severo, quien reinó desde el año 193 a 211, concedió el solar a los cristianos. En el año 220, el Papa Calixto I hizo contruir una  iglesia que,  reconstruida varias veces, subsiste hasta hoy:  Santa María in Trastevere 

El cinturón de la Virgen

Un envío gentileza del P. Rodrigo L.


El Papa Francisco en la catedral de Prato
ante el cinto que, según la leyenda, entregó la Virgen a Santo Tomás


El Papa Francisco, en su paso rápido el martes 10 de noviembre por la ciudad italiana de Prado, a unos 15 kilómetros de Florencia, no dejó de visitar y de mencionar una de las más peculiares reliquias atribuidas a la Virgen: un cinturón o cíngulo que se guarda en la catedral, llamado en Italia "Sacra Cintola" o "Sacro Cingolo".

Para muchos esta reliquia tiene una especial ligazón con el dogma de la Asunción, que enseña que el cuerpo de María no se desintegró ni pueden encontrarse reliquias de sus partes corporales, puesto que su cuerpo -y no sólo su alma- entró en el Cielo. (La Iglesia latina da libertad sobre la cuestión de si la Virgen María murió o sólo quedó dormida antes de entrar en cuerpo y alma en el Cielo la Iglesia, y el tema fue motivo de agrias polémicas, poco edificantes, durante siglos).





La relación con la Asunción viene de la tradición de que la Virgen entregó este cinto, el que llevaba en el momento de su Asunción, al Apóstol Tomás, el de fe titubeante, en una aparición tres días después de ser asunta al Cielo.



La Asunción según relata Juan Damasceno

San Juan Damasceno, en el siglo VIII, explica una de las versiones de la Asunción: los apóstoles vieron a la Virgen morir (o dormir, según la versión) y la depositaron en una tumba en el jardín de Getsemaní. Tres días después llegó Tomás, que quiso venerar el cuerpo, pidió que le ayudaran a abrir la tumba, y dentro descubrieron que no había cuerpo, sólo un olor dulce.
  
Hay versiones con más "efectos especiales". En una los apóstoles creyeron en la Asunción porque oyeron música angélica, excepto Tomás, que estaba ausente, y sólo creyó tres días después cuando se apareció la Virgen ya asunta sobre la tumba y le dio su cinto -símbolo de cuerda que nos ata al cielo- para que creyese. Otras versiones dicen que en esta ocasión Tomás ya creía y la Virgen se apareció y le dio el cinto como premio y consuelo a él, que había dudado de Cristo.

La leyenda en Italia asegura que este cinto de lana fina de cabra, de color verdoso, 87 centímetros de largo y con hilos de oro, llegó de Tierra Santa a Prato de manos de un mercader y peregrino italiano que allí se había casado con la hija de un sacerdote de rito oriental que guardaba la reliquia. Cuando murió el mercader, la reliquia se donó a la catedral.



El Sacro Cingolo de Prato en manos de San Juan Pablo II en 1986

En el siglo XIV se construyó la capilla dedicada a su veneración. Con los años, el motivo artístico dedicado a la "Sacra Cintola" o "Sacro Cingolo" generó obras maestras del arte espiritual, siempre reforzando la idea del cinto como protección y a la vez como cuerda para ascender a lo divino. Hay que tener en cuenta que se trataría de un objeto físico que estuvo, según se puede interpretar en la leyenda, con la Virgen en el Cielo.

En el s. XVIII un obispo dado a los excesos ilustrados intentó desmantelar la capilla del Cinto y reducir o eliminar la devoción a las reliquias. El pueblo se enfureció, organizó una revuelta y destruyó distintos elementos ligados al oficio del obispo en la catedral (púlpito, etc...). Las tropas civiles pusieron orden pero quedó clara la devoción de los habitantes de Prado a su reliquia.

Esta reliquia se muestra 5 veces al año:

- en Pascua (marzo-abril)
- en la Asunción (15 de agosto)
- la Natividad de María (8 de septiembre)
- Navidad (25 de diciembre)
- el 1 de mayo, mes de la Virgen

Hay otros lugares que aseguran tener reliquias del cinto de la Virgen, aunque no necesariamente reclaman que sean posteriores a la Asunción. Al contrario de las controversias sobre el cráneo de tal o cual apóstol (un apóstol sólo puede tener un cráneo) no es absurdo que la Virgen usara distintos cintos en distintos momentos de la vida, aunque es evidente que las reliquias que más se guardan y valoran son las ligadas al momento de la muerte del santo.

Entre los lugares que reclaman tener un cinto de la Virgen está la catedral de Tortosa (España), que celebra la fista de la Santa Cinta cada 25 de marzo (www.lasantacinta.com). Sus cofrades se remontan al siglo XII, como en Prato, para reivindicar la presencia de la reliquia en la ciudad, y muchas mujeres en la zona se llaman "Cinta" por esta devoción.

Otros posibles cintos de la Virgen se guardarían en:

- la Basilica de Santa Maria de Chalcoprateia en Constantinopla
- La iglesia de Santa Maria Soonoro, ortodoxa siríaca, en Homs (Siria)
- el monasterio de Troodissa en Platrès, Limassol sobre Montes Troodos, en Chipre
- el Monasterio de Vatopedi en el Monte Athos, Grecia (es el cinturón que suele exhibirse en tiempos recientes en Moscú y otras grandes ciudades ortodoxas).
- la Colegiata de Nuestra Señora de Le Puy-Notre-Dame nel Maine e Loira (Francia)
- la Colegiata en Quintin en Côtes-d´Armor (Bretaña)
- la abadía de Bruton en Somerset, Inglaterra



María libra de las opresiones

En Prato, el Papa Francisco, antes de dirigirse a Florencia, habló a la multitud reunida recordando el significado de la reliquia mariana. También oró ante la reliquia en la catedral.


"María, en un silencio activo, transformó el sábado de la desilusión en el alba de la resurrección", predicó. E invitó que si alguien "se siente oprimido por las circunstancias de la vida se confíe a María, que es nuestra madre que nos anima a poner confianza en Dios". Porque "su hijo no traicionará nuestras expectativas y sembrará en nuestros corazones una esperanza que no desilusiona". 

O Dios o nada



La editorial francesa Fayard se dispone a lanzar un libro en el que se entrevista a uno de los más influyentes miembros del Colegio Cardenalicio, el recientemente nombrado prefecto de la Congregación para el Culto Divino, Cardenal Robert Sarah. Titulado “O Dios o nada” (Dieu ou rien), lleva el interesantísimo subtítulo “Entretien sur la foi” (Conversación sobre la fe), que inevitablemente trae a la memoria el innovador libro-entrevista de otro cardenal -Ratzinger- publicado hace tres décadas: "Informe sobre la fe". A propósito de la publicación de este libro, la Revista L´Homme Nouveau a publicado un extenso reportaje, del cual presentamos el siguiente extracto:


'Dios o nada', Eminencia, es la línea de conducta de la santidad. ¿Quiere usted ser un santo?

Sí, porque es nuestra vocación primera: ser santo, porque el Señor, nuestro Dios, es santo. Por medio de 'Dieu ou rien', me gustaría que Dios llegara a estar en el centro de nuestros pensamientos, en el centro de nuestros actos, en el centro de nuestra vida, en el único lugar que debe ocupar, a fin de que nuestro caminar como cristianos gravite alrededor de esta Roca y de la firme seguridad de nuestra fe. Con este libro pretendo dar testimonio de la bondad de Dios, a través del relato de mi propia experiencia. Dios es lo primero en nuestra vida, porque Él nos ama y la mejor manera de devolverle este amor consiste en amarlo al cien por cien. Desgraciadamente, el mundo occidental ha olvidado la primacía del amor divino. Es necesario recuperar esta relación con Dios. Por eso publico mi testimonio, para invitar al mundo a no rechazar más a Dios. Cuando observo mi vida veo, en efecto, la clarísima huella de la predilección divina. Provengo de una humilde familia africana y de un pueblo muy alejado del centro de la ciudad. ¿Quién habría podido decir en el momento de mi nacimiento lo que Dios iba a realizar? Para  ser seminarista y luego sacerdote, fui de Guinea a Senegal, pasando por Costa de Marfil y Francia. Después, fui obispo de Conakry, en condiciones difíciles. Más tarde fui llamado a Roma, en el mismo corazón de la Iglesia. ¿Cómo obviar entonces que cada etapa de mi vida constituye un signo evidente de la acción de Dios sobre mí?

¿Cuáles son las fuerzas y las debilidades del catolicismo africano?

Tiene razón a la hora de hablar sobre fuerzas y debilidades. La Iglesia en África es joven aún, y todo lo que es joven es frágil. Es necesario acrecentar el número de cristianos, no sólo en términos cuantitativos, sino asimilando mejor el Evangelio, ayudando a los cristianos a vivir plenamente, sin reticencias ni compromisos, tanto en la teoría como en la práctica, las exigencias de la fe cristiana. Los Papas siempre han orientado en esta dirección. Cuando Pablo VI en 1969, designaba a África como la nova patria Christi, evocaba una realidad que no nos impide la necesidad, a nosotros como africanos, de acoger más profundamente el Evangelio. Cuando encontramos el Evangelio y cuando el Evangelio nos penetra, nos desestabiliza, nos transforma, nos cambia radicalmente y nos da nuevas orientaciones y referencias morales. Por eso yo ruego verdaderamente y de todo corazón que Cristo habite en África, ya que de ahora en adelante es su nueva patria. Aunque, al mismo tiempo, hay un verdadero dinamismo en la Iglesia africana y creo, con certeza, que está llamada a desempeñar  un importante papel en la Iglesia universal. La Iglesia en África responde profundamente al deseo de Dios. Él así lo ha querido desde su origen. Cuando hablo de los orígenes, no me refiero solamente a San Agustín, si no que pienso de igual manera en que fue un país africano, Egipto, el que acogió a la Sagrada Familia y el que permitió salvar a Jesús. También fue un africano, Simón de Cirene, quien ayudó a Cristo a llevar su Cruz hasta el Gólgota. África ha estado relacionada con la Historia de la Salvación desde los orígenes. Y, hoy en día, en el contexto de crisis profunda, cuando la fe se pone en duda y se rechazan los valores, creo firmemente que África puede aportar en su pobreza, en su miseria, los bienes más preciosos: su fidelidad a Dios, al Evangelio, su adhesión a la familia, a la vida, en un momento histórico en el que Occidente da la impresión de querer imponer valores opuestos

Hay muchos sacerdotes en África. ¿Está usted preocupado por la falta de formación clerical tal y como sucede todavía a menudo en Francia?

Tenemos muchas vocaciones, pero no suficientes formadores sólidos y con experiencia. Vea usted, a menudo nos encontramos con jóvenes sacerdotes que, una vez terminados sus estudios en París o en Roma, enseguida son llamados a dar clase en los seminarios. No tienen la experiencia suficiente ni tampoco realmente consolidada por el tiempo ni por una relación personal con Jesús. Están en la situación de tener conocimientos sin haberlos asimilado realmente sobre el terreno. Nuestro drama no es, pues, la falta de sacerdotes, sino la falta de sacerdotes configurados con Cristo y transformados en Ipse Christus . En cierta manera, somos demasiados sacerdotes. Actualmente hay más de 400.000  sacerdotes en el mundo. Ya a principios del siglo VII, San Gregorio Magno escribía: “El mundo está lleno de sacerdotes, pero raramente encontramos un obrero en la cosecha del Señor;  aceptamos con agrado la función sacerdotal, pero no hacemos el trabajo que esta función conlleva”. ¿Qué es lo que ha transformado al mundo? Doce apóstoles absorbidos por Jesús, asidos por Jesús. Carecemos de este tipo de sacerdotes. Ciertamente, han estudiado muchos textos científicos, pero se manifiestan incapaces de alimentar al pueblo de Dios y de acercarlo a la radicalidad del Evangelio, porque ellos mismos no han visto realmente ni se han encontrado con Cristo personalmente. Deberían ser como San Agustín. Además de su calidad excepcional como teólogo, su palabra salía de su corazón y de su propia experiencia. ¡Este es el perfil de sacerdotes que yo querría!

La manera en la que está hecha la reforma litúrgica y a la vez el espíritu litúrgico en el cual se realiza la formación de los sacerdotes, ¿no se alejan del modelo sacerdotal que usted predica?

Constatamos cada vez más que el  hombre busca ocupar el lugar de Dios, que la liturgia se convierte en un mero juego humano. Si las celebraciones eucarísticas se transforman en lugares de aplicación de nuestras propias ideologías pastorales y de opinión de nuestras opciones políticas, que no tienen nada que ver con el culto espiritual que debemos celebrar según la manera querida por Dios, el peligro es inmenso. Creo que es urgente introducir más esmero y fervor en la formación litúrgica de los futuros sacerdotes. Su vida interior y la fecundidad de su ministerio dependerán de la calidad de su relación con Dios, dentro de este cara a cara que la liturgia nos propone experimentar.

Usted cuenta en su libro, con relación a este tipo de opciones, la anécdota de la supresión del baldaquino de la catedral de Conakry por Monseñor Tchidimbo

Sí. ¡Fue una reforma litúrgica a la francesa! Se ha querido mejorar la participación del pueblo de Dios en la liturgia, sin preguntar suficientemente, quizás, sobre el significado de esta 'participación'. ¿Qué quiere decir 'participar en la liturgia'? Quiere decir penetrar plenamente en la plegaria de Cristo. Nada que ver con el ruido, con la agitación ni con el hecho de que cada uno desempeñe un papel, como en un teatro. Se trata de penetrar en la plegaria de Jesús, de inmolarse con Él, de ser, en cierta medida transubstanciados y convertirnos, nosotros mismos, en hostias vivas, santas, agradables a Dios. Es exactamente lo que San Gregorio de Nacianzo afirma cuando dice: "Vamos a participar en la Pascua… Y bien, en cuanto a lo que nos atañe, participemos de manera perfecta… Ofrezcamos como sacrificio no terneros ni corderos con cuernos y pezuñas … Ofrezcamos a Dios un sacrificio de alabanza sobre el altar celeste, en unión con los coros del Cielo. Lo que voy a decir va aún más lejos: es a nosotros mismos a quienes debemos ofrecer a Dios en sacrificio: Ofrezcámose cada día toda nuestra actividad. Aceptemos todo por Cristo: mediante nuestros sufrimientos, imitemos su Pasión; mediante nuestra sangre, honremos su Sangre; ¡subamos a la Cruz con fervor!”. No se trata de repartirnos papeles o funciones. Progresivamente, somos llamados a entrar en el misterio eucarístico y a celebrarlo como Jesús y como la Iglesia lo ha celebrado siempre. La Eucaristía debe asemejarnos a Cristo, convertirnos en un solo y mismo ser con Cristo. Convertirme yo mismo en Cristo. Benedicto XVI ha sido claro al decir que la Iglesia no se construye a golpe de rupturas, sino en la continuidad. El Sacrosanctum Concilium, el texto conciliar de la sagrada liturgia, no suprime el pasado. Por ejemplo, no ha pedido nunca la supresión del latín o la supresión de la Misa de San Pío V.

Usted subraya la necesaria perpetuidad de la enseñanza moral de la Iglesia, pese a la presión de las corrientes relativistas ¿Es todo cuestión del magisterio? ¿Cómo concebir, de cara al futuro, el funcionamiento de este magisterio?

Hay que conservar absoluta, fiel y preciosamente los dones esenciales de la fe cristiana, dentro de una inteligencia que busca explorarlos en profundidad y comprenderlos de manera activa y siempre nueva. Mas debemos conservar intacto el depósito de la fe y guardarlo al abrigo de toda violación y de toda alteración. Si la Iglesia comienza a hablar como el mundo y a adoptar el lenguaje del mundo, deberá aceptar el cambio de su modo de enjuiciamiento moral y, en consecuencia, deberá abandonar su pretensión de querer clarificar y guiar a las conciencias. De este modo, la Iglesia deberá renunciar a su misión de ser para los pueblos luz de verdad. Deberá renunciar a decir que posee bienes que son fines, que perseguirlos es noble para el hombre, no solo como valor sino como objetivo por conseguir. Sobre todo, deberá renunciar a decir que sostiene que hay actos que son en sí mismos intrínsecamente malos y que ninguna circunstancia los permite. Pienso, pues, que el magisterio debe permanecer firme como una roca. Porque si creamos una duda, si el Magisterio se sitúa en relación con el mundo en que vivimos, la Iglesia ya no tendrá el derecho de enseñar. Hoy en día lo más urgente es, ciertamente, la estabilidad que deben tener las enseñanzas de la Iglesia. El Evangelio es el mismo. No cambia. Naturalmente, siempre es preciso un trabajo de formulación para llegar mejor a las personas, pero no podemos, bajo el pretexto de que ya no nos escuchan, adaptar las enseñanzas de Cristo y de la Iglesia a las circunstancias, a la historia o a la sensibilidad de cada uno. Si creamos un magisterio inestable, creamos una duda permanente. Hay un inmenso trabajo que hacer a este respecto: hacer perceptibles las enseñanzas de la Iglesia conservando intacto el núcleo de la doctrina. Por eso es inadmisible separar la pastoral de la doctrina: una pastoral sin doctrina es una pastoral construida sobre arena.

Se tiene la impresión de que actualmente no hay una frontera definida, dentro de la Iglesia, entre los que están fuera y los que están dentro de ella. En Francia, por ejemplo, hay universidades católicas donde se enseñan explícitamente herejías y permanecen siendo “católicas”. En el último Sínodo, algunos sostenían la línea que usted promueve, pero otros decían lo contrario. Ahora bien, todas son consideradas como “católicas”. Por el bien de las almas, ¿no habría que volver, no solo a una enseñanza clara, sino también a la declaración explícita de que tal o tal cosa ya no es católica?

Yo creo que permitir decir a un sacerdote o a un obispo cosas que quebranten o arruinen el depósito de la fe, sin exigir explicaciones, es una falta grave. Como mínimo hay que interrogarle  y pedirle que explique las razones de sus palabras, sin dudar exigir que las reformule conforme a la doctrina y a la enseñanza secular de la Iglesia. No podemos dejar a la gente que escriba o que diga cualquier cosa sobre la doctrina, la moral, cosa que actualmente desorienta a los cristianos y crea una gran confusión sobre lo que Cristo y la Iglesia siempre han enseñado. La Iglesia nunca debe abandonar su título de Mater y Magistra: su papel de madre y de educadora de los pueblos. Como sacerdotes, obispos o simples laicos, nos equivocamos al no decir que una cosa es falsa. La Iglesia no debe dudar al denunciar el pecado, el mal y toda mala conducta o perversiones  humanas. La Iglesia asume, en nombre de Dios, una autoridad paternal y maternal. Y esta autoridad es un humilde servicio por el bien de la humanidad. Sufrimos hoy en día una carencia de paternidad. Si un padre de familia no dice nada a sus hijos sobre su conducta, no actúa como un verdadero padre. Traiciona a su razón y a su misión paternal. El primer deber del obispo consiste, pues, en interpelar a un sacerdote cuando los propósitos de este último no sean conformes a la doctrina. Se trata de una penosa responsabilidad. Cuando Juan el Bautista respondió a Herodes: No tienes el derecho de tomar a la mujer de tu hermano, perdió la vida. Desgraciadamente, en la actualidad, la autoridad se calla a menudo por miedo a ser tratado de intolerante o  ser decapitado. Como si mostrar la verdad a alguien lo convirtiera en un ser intolerante o integrista, cuando se trata de un acto de amor.

En Francia, el catolicismo institucional está envejecido, mientras que la base, lo que llamamos “nuevo catolicismo”, es joven y dinámica. Pero hay un desfase entre este catolicismo sobre el terreno y muchos pastores. ¿No existe un problema en la nominación de los obispos?

Es una pregunta difícil la que me planteáis. Dejemos que el Espíritu Santo nos trabaje, nos transforme y nos renueve. Pues es Él el que renueva verdaderamente la faz de la tierra. Es Él el que da vida y santifica a la Iglesia. En lo que respecta al segundo punto de vuestra pregunta, me gustaría simplemente dar esta información. La lista de los nombres y de los candidatos al episcopado son generalmente propuestos por la Conferencia Episcopal nacional. La Conferencia Episcopal, consciente de los desafíos actuales, de la problemática de la Iglesia de Francia y de la diócesis por cubrir, sugiere candidatos dignos e idóneos. La nominación de un obispo es una enorme responsabilidad ante Dios y ante la Iglesia. Los nombres de los candidatos al episcopado, en otros términos, la “terna”, son presentados al nuncio apostólico. El nuncio apostólico, después de haber obtenido la autorización del dicasterio competente, procede a la encuesta sobre cada candidato. El nuncio y  Roma confían enteramente en la conciencia, en la rectitud y en la honestidad de las informaciones. Si todo se hace en el temor de Dios y por el bien de la Iglesia, no hay razón para que la contribución de los informadores no pueda ayudar al Papa a elegir buenos obispos. Todo depende de la Iglesia local. Pero me gustaría también señalar que a veces excelentes sacerdotes no están hechos para ser obispos. También ocurre que un excelente sacerdote, una vez hecho obispo, llegue a ser irreconocible, porque la autoridad, el ejercicio del poder, lo han modificado profundamente. En lugar de ser un padre, un guía espiritual y un pastor, se convierte en un jefe difícil y pobre en relaciones humanas.


San Pío V

 
Nació en un pueblo llamado Bosco, provincia de Alejandría, Italia en 1504, y murió  en mayo de 1572, a los 68 años y luego de 7 de reinado. Michele Ghisleri tuvo destino de pastor: de jovencito la dura pobreza le obligó a  cuidar ovejas para contribuir al mantenimiento de su familia; ya adulto, fue pastor de toda la iglesia.

Una familia rica notó que su hijo Antonio se comportaba mejor desde que era amigo de Michele y entonces se dispuso a costearle los estudios para que acompañara a Antonio y le ayudara a ser mejor. Así, pudo ingresar a los 14 años en la Orden de Predicadores para estudiar. Luego de ordenarse le fueron dando cargos, cada vez de mayor importancia: maestro de novicios, dos veces prior, obispo, inquisidor, comisario general para la doctrina de la fe, cardenal. Tenía cualidades especiales para gobernar.

Al morir el Papa Pío IV, San Carlos Borromeo les dijo a  los demás cardenales que el candidato más apropiado era este santo cardenal.  Se cuenta una anécdota que permite adivinar una veta humorística en este hombre flaco, calvo, de barba blanca y palidez enfermiza como lo retratara un pintor contemporáneo suyo: dicen que dijo al serle comunicada formalmente su elección ”Cuando me hice dominico tuve fundadas esperanzas de salvarme; al convertirme en cardenal, me entraron dudas; ahora que soy el Papa, casi puedo desesperar de ello”.

A los 62 años fue elegido sucesor de Pedro y tomó el nombre de Pío, haciendo honor a ese nombre. Comía frugalmente, bebía sólo agua, pasaba muchas horas diarias rezando, dedicado a sus devociones predilectas, la Adoración Eucarística y el Rosario. Su fama de devoto era tal, que Solimán el Magnífico llegó a decir de él: “Más temo a las oraciones de este papa que a las tropas del Emperador”

Vivía en una celda monacal y dormía sobre un jergón de paja. Frecuentemente visitaba los hospitales y asistía personalmente a los enfermos.

Pensaba que como pontífice debía ser puente, intercesor ante el Señor en favor de las necesidades y pecados de su grey, y por ello era preciso vivir en familiaridad con Dios y serle grato. Por ese motivo, rememoraba continuamente los dolores que Jesús sufrió por nosotros y tenía delate de sí habitualmente un crucifijo. Cuantas más grandes las calamidades públicas o las necesidades de la Iglesia, más aumentaba sus penitencias personales.


Conservó sus hábitos dominicos bajo los ropajes pontificales. Se dice que esto influiría en lo sucesivo el atuendo de los Papas, cuya sotana conservó desde entonces el color blanco de los frailes dominicos, que desplazó al rojo, hasta entonces propio de los pontífices.

El objetivo de Pío V  fue aplicar las decisiones del Concilio de Trento, centrándose en la defensa de la fe contra todas las herejías, y la reforma de las costumbres en la curia y en los laicos. Para la consecución de estos fines llevó a cabo diferentes acciones:

·        * Publicó el Catecismo para los párrocos de Roma. La importancia de este Catecismo es tal, que hasta la publicación del CEC de 1992 fue la máxima autoridad como manual y guía de teología; la estructura del catecismo, -que se gestó en una comisión presidida por San Carlos Borromeo- dio la pauta para la estructura, en los sucesivo, de todos los catecismos, dividido en cuatro partes: Credo, Sacramentos, Mandamientos, Padre nuestro.

·       *  Renovó el Breviario y  el Oficio Divino (Liturgia de las Horas), pues el paso del tiempo había introducido elementos extraños en los libros litúrgicos y un gusto exagerado por la antigüedad clásica los  había contaminado con himnos paganizantes, de temática mitológica, al gusto renacentista. Pío V salió al rescate de la herencia de los padres de la Iglesia, expurgando los textos y recuperando la tradición litúrgica.


·  * Otro tanto hizo con el Misal Romano, que si bien es conocido vulgarmente como Misa de San Pío V, de ningún modo se inventó una misa, sino que codificó un rito en uso desde la antigüedad, quitando algunos añadidos abusivos medievales.


· * Creó una comisión permanente de prelados bajo la directa dependencia del papa que tenía por objeto defender la integridad de la fe. Contra los errores, herejías y falsas doctrinas: La Congregación de la Sacra Romana y Universal Inquisición, que luego fue el Santo Oficio (Pío X) y después la Congregación para la Doctrina de la Fe (Paulo VI)

·    Impulsó una reforma de la curia en base a la santidad de vida, promoviendo la conveniencia de la clausura de los religiosos, la importancia del celibato, la abolición del nepotismo, la obligación de residencia de obispos y párrocos en el sitio para el que había sido nombrados (que hasta entonces no era obligatoria, con lo que muchos preferían ir a vivir a ciudades más importantes descuidando la parroquia o la diócesis)


·    *   Introdujo en las universidades La Summa Teológica de Santo Tomás, al que declara Doctor de la Iglesia llamándolo Angélico por lo sublime de su pensamiento filosófico.



·  * Dio gran impulso a la devoción del Santo Rosario. Promulgó dos bulas relacionadas directamente con el Rosario:
-1566 Bula que autoriza al Maestro de la Orden de Predicadores a erigir, en modo exclusivo, las cofradías del rosario.
-29-6-1569 Bula Consueverunt Romani  Pontifice, que establece la forma del rezar el rosario que se ha mantenido hasta ahora.

·   Se abocó también a la reforma de las costumbres del pueblo, combatiendo la usura y las fiestas inmorales.

·     *    A los príncipes exhortó a defender la ortodoxia católica y la amenaza de excomunión convenció a aquellos dubitativos que coqueteaban con el protestantismo. Aunque esa táctica no surtió efecto en Inglaterra que, con Isabel I en el trono y María Estuardo en el cadalso, se perdió definitivamente para el catolicismo.


Pero la perla del reinado de Pio V que lo constituye en campeón de la cristiandad, es sin duda la lucha contra los musulmanes. Lepanto es el acontecimiento católico fundamental merced al cual Europa se salva del expansionismo islámico. (Trágica y paradójicamente, hoy Europa vuelve a sufrir el influjo musulmán).
Los turcos avanzaban brutalmente sobre el mediterráneo, transformando las iglesias en mezquitas, secuestrando niños y mujeres, esclavizando a los hombres para remeros. Sólo en Argel, - la ciudad donde estuvo cautivo Cervantes- se estima que había un millón de esclavos cristianos.

Pío V alentó la formación de una coalición de estados católicos- España, Venecia, Génova, Toscana, Los Caballeros de Malta y el Estado Pontificio- y se formó una flota comandada por don Juan de Austria. En la nave capitana se entronizó una imagen de la Virgen de Guadalupe y  se izó el  estandarte bendito por el papa. Este había puesto como condición para estar seguros de obtener la victoria, que todos los combatientes debían ir confesados y habiendo comulgado. Hizo llegar gran cantidad de frailes capuchinos, franciscanos y dominicos para confesar a los marineros. Luego de la Misa y antes de zarpar se les comunicó a la tripulación que el papa  había concedido indulgencia plenaria para los que murieran en combate.

Mientras iban a combatir, el papa y la gente piadosa de Roma recorrían las calles descalzos, rezando el rosario.

El 7 de octubre de 1571 se desata una feroz batalla naval. El viento soplaba en dirección contraria a las naves de la Santa Liga, agotando a los remeros. Pero imprevista y misteriosamente, el viento cambió de rumbo y en pocas horas, la batalla se decidió a favor de los católicos y los musulmanes retrocedieron espantados.

Lepanto estaba muy lejos de Roma y la noticia no se supo hasta varios días más tarde. Sin embargo San Pío V, que el 7 de octubre estaba en una importante reunión con cardenales, de pronto se asomó a la ventana y mirando al cielo dijo: Demos gracias, porque hemos conseguido la victoria. 



Por ello mandó que cada 7 de octubre se celebre la fiesta Nuestra Señora del Rosario, a quien atribuía el triunfo y que en las letanías se agregara la jaculatoria: “María Auxilio de los Cristianos, ruega por nosotros”.

Valga prestar atención a este dato curioso y entrañable: El título de María Auxiliadora fue propagado por un papa nacido en Bosco. Siglos más tarde, un sacerdote llamado Bosco será el gran propagandista de la devoción a María Auxiliadora.