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Mártir del Rosario

Un envío del P. Rodrigo....



Beatificarán a gitana martirizada por no delatar a catequista que le enseñó el rosario

El próximo 25 de marzo el Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, beatificará en Almería (España) a otros 115 mártires de la persecución religiosa que tuvo lugar durante la Guerra Civil Española.
El Papa Francisco autorizó esta beatificación el 14 de junio de 2016, y ahora se ha publicado desde la diócesis española la fecha de la beatificación.
La causa de beatificación está encabezada por el deán José Álvarez-Benavides y de la Torre y 114 compañeros mártires: 95 sacerdotes, 20 laicos y 2 mujeres, entre ellas, por primera vez, una mujer mártir de etnia gitana.
Estos testigos de la fe fueron martirizados entre julio de 1936 y enero de 1939.

Mons. Adolfo González Montes, Obispo de Almería, destacó la figura de Emilia Fernández Rodríguez, conocida como “la canastera de Tíjola”, que será la primera mujer mártir gitana.
Tenía 24 años, era analfabeta, se dedicaba a hacer y vender canastos de mimbre.



La localidad de Tíjola, Almería (España) era zona republicana y se cerró la iglesia. Los milicianos entraron en el pueblo buscando hombres para que se alistaran forzados a la guerra y reclutaron a su esposo, Juan Cortés. Intentan evitar que vaya a la guerra pero les descubren y van ambos son enviados a la cárcel.

A pesar de que Emilia estaba embarazada no tuvieron consideración con ella, por lo que le daban la misma ración de comida que a las demás reclusas que siempre era insuficiente. La joven, según relata un informe del periódico El Mundo, comienza a trabar amistad con Dolores del Olmo.
Después de algún tiempo, Emilia pidió a Dolores que la enseñara a rezar y hacer la señal de la cruz, memorizó el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria, y en las letanías del rosario en latín repetía “Ora pro nobis”.

La directora de la cárcel, Pilar Salmerón, supo que Emilia había comenzado a rezar y quiso que delatara a su catequista, le ofrecieron dejarla libre si delataba a la catequista que le había enseñado a rezar el rosario. Sin embargo, Emilia no quiso traicionar a quien le enseñó la fe y fue castigada en una celda de aislamiento.

Dio a luz en la cárcel y su catequista bautizó a la pequeña con el nombre de Ángeles, Emilia murió, agarrando su rosario, pocos días después al no ser atendida. La Iglesia considera que fue mártir porque fue castigada dejándola morir, habiendo podido ser liberada si renegaba de su fe y si traicionaba a quien le enseñó a rezar.Fue enterrada en una fosa común en el cementerio de Almería.

Emilia Fernández será la primera mujer de etnia gitana que será beatificada, mientras que Ceferino Giménez Malla, conocido como “El Pelé”, fue el primer hombre de etnia gitana mártir.

“El Pelé” era comerciante de caballos, pertenecía a la Tercera Orden de San Francisco, fue arrestado durante la Guerra Civil Española por defender a un sacerdote al que estaban golpeando unos milicianos.

Fue condenado a muerte por ello, le ofrecieron dejarlo en libertad si abandonaba su fe y el rosario, a lo que se negó y fue fusilado con el rosario en la mano mientras gritaba “Viva Cristo Rey”. Fue beatificado por San Juan Pablo II en el 4 de mayo de 1997.


Según recoge Europa Press, el Obispo de Almería declaró que “un mártir es aquel a quien se le arrebata la vida en razón de su fe, no de su militancia política”.
La ceremonia de beatificación de los 115 nuevos mártires tendrá lugar a las 11 de la mañana el próximo sábado 25 de marzo en el Palacio de Congresos de Aguadulce de Almería.

Misterios del Rosario, misterios de la vida

por Fray Manuel Ángel Martínez, O.P. 



Numerosas publicaciones nos hablan de las múltiples cualidades que encierra el Rosario como oración cristiana: es escuela de fe y oración, porque nos enseña a creer y a rezar; es una plegaria que favorece la conversación amistosa con Dios; nos introduce en la contemplación de los misterios de nuestra salvación; nos ayuda a reposar nuestra imaginación, y, a veces, también nuestro cuerpo; es una lectura del Evangelio en clave mariana; es «el resumen del Evangelio» (León XIII); es «el credo hecho oración» (Newman)… 
Muchos cristianos han afrontado las mayores dificultades de su vida recurriendo a esta sencilla oración; otros han entrado en la muerte pasando entre sus dedos las cuentas de un rosario y murmurando el Padrenuestro, el Avemaría o el Gloria. 

Por la repetición incesante de las mismas fórmulas, gravita sobre esta oración el peligro de la monotonía. Lo mismo ocurre con las demás cosas de la vida (comer, trabajar,…); se vuelven monótonas cuando olvidamos  su objetivo(1) . La riqueza y novedad de cada Rosario bien rezado está, como en toda oración verdadera, en el encuentro inédito con Dios que se realiza. 

Hay dos interpretaciones encontradas de lo que debe ser el rezo del Rosario. Unos piensan que sin la meditación de los misterios de la vida de Cristo, el Rosario se convertiría en una oración estéril (Pablo VI). En cambio, otros estiman que la fuerza especial de esta oración está precisamente en el elemento que le falta, es  decir, en la ausencia del elemento intelectual. Tomas Spidlik (2) , partidario de esta segunda opinión, piensa que tal vez sea una equivocación el esfuerzo realizado por los libros que intentan suplir la carencia de este elemento intelectual mediante métodos artificiales, recomendando la meditación de sus «misterios» cada diez Avemarías. El Rosario es, según él, un modo de oración característico de la gente sencilla. En una de sus obras interpreta acertadamente la experiencia de muchos orantes con las siguientes palabras: 

«La gente sencilla reza de modo diferente. No se concentra en una cosa sino que trata de poner en relación con Dios todo lo que viene a la mente. Piensa en los familiares, los frutos del campo, la salud. Y a todos esos recuerdos se añade un Avemaría. Las 50 Avemarías del Rosario pueden servir para ir recordando todo lo que pesa en el corazón. Evidentemente ese tipo de oración exige sencillez. Quien la ha perdido no puede rezar el Rosario. Pero ha perdido más de lo que cree: el corazón sencillo está más cerca de Dios. Un fenómeno característico de nuestro tiempo es el entusiasmo de algunos por la práctica oriental de la «oración de Jesús». Sin duda, está bien saber pasar de los textos de la oración a las aplicaciones concretas en la vida. Pero es igualmente saludable pasar de la vida, de los problemas que preocupan a nuestras mentes, y unirlos, por medio de una oración sencilla del corazón».(3)

 No obstante, sería bueno conciliar ambas formas de entender el Rosario. Sin duda es posible unir en una misma oración lo que «pesa en el corazón» con el amor a Dios y el recuerdo de los misterios mayores de nuestra salvación, al tiempo que la recitación pausada del Padrenuestro y del Avemaría va creando un clima verdaderamente orante. Pues los misterios vividos por Jesús, y presenciados tan de cerca por su madre, están íntimamente ligados al misterio de nuestra vida por una especie de sintonía común. Como los misterios del Rosario, nuestra vida está marcada por la alegría, el sufrimiento y la esperanza en las mejores promesas de Dios para nuestro futuro. 

El Rosario nos inunda de gozo al invitarnos a meditar, en primer lugar, el misterio de la encarnación de nuestro Redentor. Éste es el acontecimiento fundamental de toda la historia de la salvación. Es, como dice J. Eyquem, un misterio que no se añade numéricamente a ningún otro, pero que está presente y activo en todos los demás, porque nos recuerda que Aquel que vive, muere y resucita es el Hijo de Dios que tomó nuestra 4 carne; gracias a la encarnación, el misterio pascual recibe su poder y su sentido (4). Teilhard de Chardin se expresaba de un modo semejante al decirnos que «el Rosario es un Avemaría dilatado, explicitado». Las palabras del ángel de la anunciación que forman parte del Avemaría nos recuerdan constantemente la alegre noticia de la preocupación de Dios por la humanidad que ha creado. Su preocupación le llevó a identificarse Jubileo Dominicano 2006-2016 Contemplación y Predicación 8 con nuestra humanidad, haciéndose uno de nosotros, para levantarnos de nuestra postración y comunicarnos la vida verdadera. La alegría que transmite este misterio está lejos de ser una alegría egoísta, cerrada sobre sí misma, ajena al dolor del prójimo. Es la alegría que tiene su origen en el acercamiento de Dios a la humanidad para traernos la paz, romper las ataduras de la esclavitud y sembrar la confianza. 

En la vida de Jesús hubo también sufrimiento y muerte; no se trata sólo del dolor que produce nuestra frágil naturaleza mortal, sino también del dolor de la incomprensión, del fracaso en la propia misión, de la traición de los amigos, del desprecio de aquellos por quienes entregó su vida, del dolor que produce la injusticia. Jesús tuvo que experimentar todo eso, a pesar de haber hecho de toda su vida una lucha contra el sufrimiento ajeno en todas sus manifestaciones: curando, consolando, perdonando, resucitando. La vida de todo ser humano está también marcada por el dolor físico y psíquico; por el dolor que uno sufre pasivamente, por el sufrimiento que uno causa en los demás y por el dolor que uno intenta aliviar en uno mismo y en el prójimo. Al recordar en el Rosario el sufrimiento de Jesús, nos sentimos profundamente interpelados y alentados por la fuerza del amor que le movió a atravesar ese calvario. Pero, además, desde lo alto de la cruz Jesús nos sigue invitando a ir a él para descargar en él todos nuestros agobios y sufrimientos, todas nuestras cruces. Jesús nos invita a comunicarle nuestro dolor porque quiere compartirlo con nosotros. 

La esperanza que impregna toda vida humana y la mantiene en tensión hacia el futuro, se convierte para el cristiano en esperanza de la resurrección. Saber que la muerte no tiene la última palabra sobre nuestra vida ni sobre la vida de aquellos a quienes queremos, nos hace vivir de otra manera. Nos abre a una esperanza ilimitada. Nos asegura que un día podremos encontrarnos cara a cara con el Dios que nos sostiene y al que ahora sólo podemos dirigirnos en la fe. Nos asegura la superación definitiva de nuestros límites, sufrimientos y pecados. La presencia del Espíritu de Jesús en nuestra vida mantiene viva esta esperanza; adelanta ya algo de lo que será el mundo futuro al hacernos experimentar el amor de Dios y al concedernos el amor con el que también nosotros podemos amar a Dios, a nuestro prójimo y a nosotros mismos. 

El Rosario nos lleva sin cesar de la oración a la vida y de la vida a la oración; convierte en oración toda nuestra vida, la hace más llevadera e introduce a Jesús y a María en ella. Por eso sigue siendo una práctica recomendable para todos los cristianos. 


(1) Cf. J. DELAMARE, «Priez avec le Rosaire», La Vie Spirituelle 98 (1958) 530. 
(2) Tomas Spidlik es profesor del Pontificio Instituto Oriental de Roma y uno de los mayores expertos mundiales de la espiritualidad del Oriente cristiano. 
( 3)Tomas SPIDLIK, El camino del Espíritu, Madrid 1998, pp. 141-142. 
(4)J. EYQUEM, «Rosaire», Encyclopédie Catholicisme, hier, aujourd'hui, demain, t. 13, Paris 1993, c. 108. 

El Rosario, una oración contemplativa

por Fr. Manuel Angel Mártinez

XLI Encuentro de Familia Dominicana: 
María : Contemplación y predicación de la Palabra
Caleruega (Burgos), 12 al 14 de julio  2013


¿Queréis que toda vuestra familia se reencuentre en el cielo?


¿Queréis lograr esa sublime aspiración? ¿Queréis que no falte un solo miembro de vuestra familia en el cielo? Os voy a dar la fórmula para alcanzarla: rezad el rosario en familia todos los días de vuestra vida. La familia que reza el rosario todos los días tiene garantizada moralmente su salvación eterna, porque es moralmente imposible que la Santísima Virgen, la Reina de los cielos y tierra, que es también nuestra Reina y Madre dulcísima, deje de escuchar benignamente a una familia que la invoca todos los días, diciéndole cincuenta veces con fervor y confianza: “Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Es moralmente imposible, señores, lo afirmo terminantemente en nombre de la teología católica. La Virgen no puede desamparar a esa familia. Ella se encargará de hacerles vivir cristianamente y de obtenerles la gracia de arrepentimiento si alguna vez tiene la desgracia de pecar. Es cierto que el que muere en pecado mortal se condena, aunque haya rezado muchas veces el rosario durante su vida. Eso, desde luego. El que muere en pecado mortal se condena, aunque haya rezado muchas veces el rosario. ¡Ah!, pero lo que es moralmente imposible es que el que reza muchas veces el rosario acabe muriendo en pecado mortal. La Virgen no lo permitirá. Si rezáis diariamente, y con fervor, el rosario, si invocáis con filial confianza a la Virgen María, Ella se encargará de que no muráis en pecado mortal. Dejaréis el pecado; os arrepentiréis, viviréis cristianamente y moriréis en gracia de Dios. El rosario bien rezado diariamente es una patente de eternidad, ¡un seguro del cielo! No os lo dice un dominico entusiasmado porque fue Santo Domingo de Guzmán el fundador del rosario. No es esto. Os lo digo en nombre de la teología católica, señores. ¡Rezad el rosario en familia todos los días de vuestra vida y os aseguro terminantemente, en nombre de la Virgen María, que lograréis reconstruir toda vuestra familia en el cielo! ¡Qué alegría tan grande al juntarnos otra vez para nunca más volvernos a separar!

El Rosario como oración contemplativa

por Thomas Keating
Fuente: Contemplatio
El origen del rosario se sitúa en la primera Edad Media. Su invención en aquella época fue muy ingeniosa porque en aquellos días no había libros y cuando los fieles ordinarios iban a la iglesia los domingos no podían entender lo que decía el Evangelio, porque se proclamaba en latín. Así pues, el pueblo común no tenía acceso a la Escritura.
El rosario, basado en la repetición del padrenuestro que Jesús nos enseñó, y en textos de la Escritura que forman el avemaría, formuló estas oraciones vocales simples de una forma que los laicos ordinarios podían recitar fácilmente. En efecto, el rosario se convirtió en el oficio de los laicos. También se convirtió progresivamente para algunos en un método que conducía a la oración contemplativa, aun cuando obviamente es un método de concentración distinto del método receptivo con el que estamos familiarizados en la oración centrante.

La tradición, tal como la entiendo, ha mantenido siempre que hay tres formas de rezar el rosario. Podemos unir dos o tres de ellas, si lo queremos. La oración básica del rosario es la recitación de las oraciones vocales, es decir, basta con recitar los padrenuestros ("Padre nuestro") y las avemarías ("Dios te salve María") tal como están agrupados en las cuentas – un padrenuestro en la cuenta grande, seguido por diez avemarías en las pequeñas-. Cada uno de estos grupos – un padrenuestro, diez avemarías y una doxología final – forma un misterio.

Un avance significativo en el desarrollo de la devoción del rosario se produjo cuando a la simple recitación de las oraciones vocales se añadió la reflexión sobre los grandes misterios de la fe. Se asoció cada uno de los quince misterios del rosario con una de las grandes fiestas de Jesús y de María celebradas en la liturgia como la anunciación, la visitación, la natividad, la presentación, el niño perdido y hallado en el templo – los cinco primeros de los quince misterios – . (El término "misterio" se refiere a la gracia del acontecimiento, la creencia en que Dios estaba de alguna manera presente en el acontecimiento particular y se revelaba de una forma única a través de él).
Así, el rosario se convirtió en un verdadero compendio de la liturgia. Quienes recitaban los quince misterios del rosario en un día o en una semana podían tener a acceso a áreas completas de la Escritura que, de lo contrario, habían permanecido cerradas para ellos a causa de la falta de formación o de conocimiento de la lengua latina. Esta práctica – la segunda forma de rezar el rosario – permitió a los creyentes profundizar sobre estos grandes misterios. La tercera forma de rezar el rosario era simplemente descansar en la presencia de Dios, de María o de uno de los misterios.

Imagínate que practicas la recitación de una parte significativa del rosario – por ejemplo, cinco misterios – como una devoción diaria. ¿Adónde te llevaría esto? A una amistad más profunda con Cristo. En el momento en que comienzas a orar, haces un acto de fe en la presencia de Dios y de esta forma entras de nuevo en contacto con la gracia de tu bautismo. En el bautismo la divina Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) entra en nuestro ser más íntimo y habita en él, a no ser que nos opongamos deliberadamente a esta presencia con un pecado muy grave y totalmente deliberado.

Llegado un momento de nuestra vida, tenemos que ratificar lo que se hizo en el bautismo y hacerlo nuestro; de lo contrario, su realización plena quedará limitada. La única forma de hacer nuestra una cosa es hacernos responsables de ella. Esto requiere reflexión y elección. En cualquier caso, por el bautismo nos convertimos en una célula del cuerpo místico de Cristo. El mismo Espíritu que habita en Jesús, el Cristo vivo y glorificado, habita también en nosotros, de forma que nos convertimos en miembros vivos del cuerpo de Cristo que se extiende en el tiempo.

El cuerpo místico de Cristo se manifiesta en la comunidad cristiana por la proclamación del Evangelio y la oración eucarística, pero especialmente en la santa comunión. Nótese que el término no es "santa conversación", sino "santa comunión", lo que implica el sentido intuitivo de la presencia de Cristo, donde no tenemos que decir nada, sino simplemente gozar de su presencia y consentir en la verdad y el amor que nos ofrece. Cristo está siempre presente dentro de nosotros en su naturaleza divina como la Palabra eterna del Padre. La santa comunión tiene el objetivo de despertarnos a la presencia permanente de Cristo que comenzó en el bautismo, se hizo más profunda en el sacramento de la confirmación y más honda aún en nuestra oración personal y la recepción frecuente de la eucaristía.

En el cristianismo es esencial el crecimiento en la relación con Cristo, una relación que se profundiza constantemente y se dirige a todos los niveles de nuestro ser: no solo nuestro cuerpo, mente o imaginación, no sólo nuestro corazón, sino nuestro ser más íntimo donde la palabra reverbera en el silencio y donde se realiza la divina unión. Una vez que hemos oído la palabra de Dios en este nivel profundo, hemos oído finalmente todo el mensaje del Evangelio.

A mi juicio, el rosario está al servicio de ese proyecto en gran medida como la lectio divina, a la que nos hemos referido con cierto detalle. Entran en juego los mismos principios. La forma en que desarrollamos la amistad con Cristo es a través de la reflexión sobre los misterios de su vida. El rosario es una forma organizada de ayudar a las personas a reflexionar sobre los misterios sin tener que leer toda la Escritura, que, como hemos dicho, no ha sido accesible hasta hacer relativamente poco tiempo. De una forma simple, día tras día, los creyentes recitaban y reflexionaban sobre los quince misterios. De este modo se sumergían en un ambiente bíblico y quedaban capacitados para establecer una relación entre la vida diaria y esas fuentes fundamentales de la inspiración cristiana. Al acudir al trabajo o al realizar sus deberes en casa, con frecuencia llevaban consigo un rosario y tal vez rezaban un misterio de vez en cuando, de forma parecida a como actualmente en ocasiones se reza el rosario mientras se viaja o se espera el autobús.

Naturalmente, no es necesario rezar el rosario de una vez. No es obligatoria recitar un cierto número de misterios cada vez. Pero tiene mucho sentido reservar un tiempo específico, si queremos rezar el rosario como una devoción principal, de forma que podamos prestar total atención. Después, podemos usarlo como la base de nuestra conversación con Cristo. Un encuentro regular, si no diario, es la disciplina esencial para llegar a conocer a alguien, y también a Dios.

Al igual que sucede en la lectio divina, en el rosario hay un movimiento inherente de la reflexión al simple descanso en Dios. Imagínate de dedicas media hora al rosario cada día. Supón que mientras reflexionas sobre los misterios, sientes una atracción interior a guardar silencio en presencia de Nuestra Señora y asimilar únicamente la dulzura de su presencia con tu espíritu interior.

Podrías sentir la cercanía de la divina presencia en tu interior de la misma manera que la proximidad de Nuestra Señora. Esto es lo que quiere decir con el término "descansar en Dios". El camino hacia la contemplación es ir más allá de las oraciones vocales y más allá de la reflexión cuando sientes la atracción de guardar silencio. Éste es el momento en que deberías sentirte libre para dejar de decir las oraciones vocales y seguir la atracción de quedarte callado, porque tanto las oraciones vocales como la meditación discursiva están destinadas a conducirnos gradualmente a ese lugar secreto y sagrado.

Éste es su único propósito. Muchos no lo comprenden y piensan que tienen que rezar un número determinado de misterios o un número determinado de oraciones.
Éste no es el propósito del rosario.

Cuando te comunicas con un amigo o con un ser querido, la conversación ha de ser espontánea y cuando te sientes inclinado a descansar en el otro, tienes que permanecer en silencio. Si la otra persona habla o si tú dices algo, se rompe ese nivel particular de comunicación y volvéis a la conversación. Cuando pasa la sensación de descansar en Dios, puedes volver a tu recitación del rosario donde lo dejaste. Si no tienes tiempo para ello, no importa. No hay ninguna obligación de terminar nada. En realidad la compulsión de completar un cierto número de oraciones vocales dificulta la espontaneidad en la oración contemplativa. Es necesaria la libertad interior para seguir el movimiento del Espíritu tanto en nuestras reflexiones como en nuestra relación con la comunicación silenciosa.
Esa libertad es renovadora.

Conozco a muchas personas que han aprendido a rezar el rosario de esta forma.
Pero también tenemos que enseñar a otros a orar de esta forma. Muchos se sienten atraídos a permanecer en silencio a pesar de sí mismos o por casualidad, y se sienten culpables porque no completan el número fijado de oraciones vocales. El Espíritu los lleva a ese espacio sosesago, pero involuntariamente en ocasiones se oponen al Espíritu, que los llama al silencio, por causa de sus ideas preconcebidas. Antiguamente se recitaba un cierto número de misterios para ganar indulgencias.

Esta práctica ha disminuido actualmente y, sea cual fuese su valor, nunca se debería haber permitido que dificultara el movimiento del Espíritu que nos conduce a la contemplación. En ese descanso oímos la palabra de Dios en el nivel más profundo, somos incorporados a Jesucristo y comenzamos a asimilar lo que Pablo llama la "mente de Cristo" (1 Corintios 2, 16), que se podría resumir como la experiencia del Espíritu y las bienaventuranzas. Cuando los frutos del Espíritu se desbordan en nuestra vida diaria, experimentamos la plenitud real de la vida cristiana. Entonces la oración alimenta constantemente nuestra actividad diaria. Nuestro apostolado, la paternidad y la maternidad entre los misterios más grandes de la vida cristiana – se harán más efectivos.

Todo el propósito del rosario es conducir a esta experiencia profunda de Nuestra Señora, que junto con Jesús infunde el Espíritu en nosotros. Lo que importa es la calidad de la oración y no tanto la cantidad. El desarrollo de la fe y del amor es el fruto de la reflexión de los misterios del rosario y, especialmente, del descanso en ellos.

En nuestro monasterio de Spencer, Massachussets, había un hermano lego que era un gran devoto del rosario. Cuando entró en 1944 en Valley Falls, Rhode Island, antes del fuego que obligó a la comunidad a traladarse a Spencer, este querido hermano, cuyo nombre era Patrick, estaba encargado de ordeñar las vacas. Como había ordeñado las vacas durante muchos años, sus dedos y sus manos eran extraordinariamente grandes. Estaba siempre encorvado porque había tenido que permanecer bajo las vacas día tras día durante el tiempo del ordeño.
Tenía una gran devoción al rosario y siempre estaba recitándolo. De hecho, nunca dejaba de rezarlo. Conservamos una fotografía suya, hecha poco tiempo antes de su muerte, en la que se pueden ver sus labios entreabiertos, mientras recita las oraciones del rosario. El rosario se había convertido para él en una especie de andamio que le permitía ocupar sus manos con una clase de actividad muy simple de modo que su cuerpo no dificultaba su oración constante.

Dentro del andamio se encontraba el edificio real: su devoción interior a Nuestra Señora y su unión contemplativa con Dios. En el caso de aquellos para quienes las cuentas se han convertido en un andamio para su unión con Dios, el pasar las cuentas continuamente, incluso en medio de la actividad, no dificulta su contemplación. Por el contrario, parece que esta repetición continua sostiene su oración interior profunda. No obstante, la mayoría de las personas, antes de llegar a ese estado de oración, descubren que para entrar plenamente en el descanso profundo que infunde el Espíritu, necesitan liberarse de todas las demás actividades. En caso contrario, la repetición se hace mecánica.

El hermano Patrick era famoso porque pasaba las cuentas sin detenerse. Las llevaba a todas partes. Por entonces dormíamos en un dormitorio común, sobre tablas pequeñas sujetas a la pared en cada extremo de la celda. El jergón colocado sobre las tablas era más duro que las mismas tablas. Una noche, cuando todos estábamos dormidos hubo un ruido terrible. Las tablas en las que se encontraba el jergón del hermano Patrick habían caído al piso de cemento. Todos nos incorporamos de un salto en la cama. Hubo unos segundos de silencio mortal.
Inmediatamente después oímos: "Dios te salve, María, llena eres de gracia…."
Esta oración era la primera respuesta del hermano Patrick en cualquier ocasión.
Más tarde, cuando envejeció tanto que ya no podía trabajar, estuvo permanentemente en la enfermería. Se volvió bastante sordo, de modo que para recordar mejor todas las palabras del rosario, adquirió el hábito de repetirlas. Le gustaba repetirlas en voz alta cuando pensaba que no había nadie cerca, pero no se podía oír a sí mismo. Decía así: "Dios te salve, María, llena eres de gracia…., llena eres de gracia…, llena eres de gracia; el Señor está contigo…., contigo…., contigo". Un día había un novicio en la enfermería limpiando la capilla y el hermano Patrick estaba rezando el rosario en voz alta como de costumbre. Entonces llegó a la frase: "Bendita tú eres entre las mujeres". Y , como era su costumbre, continuó repitiendo la última palabra: "mujeres…., mujeres…., mujeres….". El novicio, consternado, fue corriendo a buscar al abad. "¡Ese viejo monje de la enfermería debe tener terribles tentaciones!", exclamó impulsivamente. "¡Sólo puede pensar en mujeres!".

En marzo de 1950 el monasterio de Valley Falls, Rhode Island, se incendió. Hay una fotografía del hermano Patick que está sentado mirando el resplandor del fuego. En sus manos tiene las cuentas del rosario.

Hay muchas personas que han comprendido el gran poder del rosario y a quienes se les ha enseñado cómo recitarlo con la gracia del Espíritu. Se ha convertido para ellas no sólo en oración continua, sino en oración contemplativa continua. Al decirlo, frecuentemente descansan en el descanso de la divina presencia más allá de los otros misterios. Y descansan en un nivel tan profundo que ni siquiera la actividad de pasar las cuentas y de mover los labios interrumpen su descanso. No tienen que dejar de hacer lo que están haciendo porque Dios está tan presente en sus oraciones que todos sus movimientos son una oración.
Pienso que ésta fue la forma en que oró Nuestra Señora. Para ella pensar sobre la oración o tratar de hacerlo pudo haber sido una distracción, porque ella era oración en su propio ser: Era oración. Su relación con Dios, que es la esencia de la oración, era tan íntima que todo lo que hacía era oración sin que pensara en ello.

El rosario es indudablemente un medio para la oración contemplativa. Esto es lo que Nuestra Señora ha dicho en varias apariciones en los cien o en los doscientos últimos años: "Rezad el rosario". A mi parecer – quizás esto sea un prejuicio que tengo como contemplativo -, lo que quiere decir no es sólo que recemos, sino que recemos en forma que nos hagamos contemplativos. En otras palabras: "Rezad el rosario de una forma contemplativa". Así, lo que ella pide primariamente es la oración contemplativa. A medida que la recitación regular del rosario hace más profunda nuestra comprensión de los misterios y nos empuja más allá de los misterios hacia períodos de oración contemplativa, se abren dentro de nosotros diferentes niveles de unión con la divina presencia. La oración centrante es sencillamente otra forma de caminar en esa misma dirección.

También podría ser útil para quienes rezan el rosario que se les dé a probar la oración contemplativa, de modo que puedan reconocer más fácilmente la llamada el Espíritu al silencio interior cuando recitan los padrenuestros y las avemarías.

Los momentos de oración contemplativa producen un descanso y una vinculación profundos con Dios. Como consecuencia de esta vinculación, tenemos coraje y confianza para afrontar nuestra motivación no pura y la cara oscura de nuestra personalidad. La purificación de nuestra motivación impura y de nuestro egoísmo puede comenzar ahora porque podemos reconocer nuestras heridas más profundas sólo ante alguien de quien sabemos nos ama y en quien confiamos.

El amor es la única forma en que un ser humano puede llegar a la plenitud del ser. Si esto se nos ha negado en un grado significativo, entonces hemos desarrollado mecanismos de defensa y nos sentimos arrastrados a buscar la felicidad en símbolos de placer, afecto y estima que son producto de la fantasía y, por consiguiente, su frustración inevitable nos ata con nudos emocionales.

En los momentos de contemplación y, como fruto maduro de ella. Dios nos muestra delicadamente, poco a poco, lo que tiene que cambiar en nosotros. Por este motivo el descanso contemplativo, cuando es parte del rosario, lo completa y cumple sus grandes promesas. En los misterios del rosario vemos cómo Dios purifica a los siervos. Nos damos cuenta de que tiene que ser así. También podemos someternos de corazón a nuestra propia purificación.

Los principios que he puesto de relieve para el uso correcto del rosario valen también para las otras grandes devociones de la tradición cristiana: el vía crucis (introducido originalmente por san Francisco de Asís), el canto de los salmos, la oración litúrgica llamada oficio divino, la adoración del Santísimo Sacramento, la veneración de iconos y, especialmente, la lectio divina.

El Santo Rosario y la Familia

Reflexiones a la luz de la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae
por el P. Lic. Arel Alvarez
Fuente: iveargentina.org

Introducción
La reciente Carta Aposólica Rosarium Virginis Mariae de Juan Pablo II es iluminadora acerca de la eficacia pedagógica y el poder sobrenatural que tiene el rezo de la oración mariana en la familia de hoy y de siempre. 'Dios se comunica con el hombre respetando nuestra naturaleza y sus ritmos vitales. Por eso la espiritualidad cristiana. se caracteriza normalmente por la implicación de toda la persona, en su compleja realidad psicofísica y relacional' [1] . Así el Santo Padre presenta el rezo del Rosario como oración que, por su pedagogía, se adapta al modo natural de ser y de pensar de la persona de modo tal que se hace un instrumento y ayuda adecuada para favorecer ciertos valores en la familia, remarcando especialmente la capacidad que esta oración tiene para unir a sus integrantes: 'La familia que reza unida, permanece unida. El Santo Rosario, por antigua tradición, es una oración que se presta particularmente para reunir a la familia' [2] .

Rosario y comunión familiar

Cuando el Papa enuncia a la familia como una de las principales intenciones por las cuáles propone rezar el Rosario, alerta una vez más las amenazas de disgregación que ésta sufre: 'Otro ámbito crucial de nuestro tiempo, que requiere una urgente atención y oración, es el de la familia, célula de la sociedad, amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica, que hacen temer por el futuro de esta fundamental e irrenunciable institución y, con ella, por el destino de toda la sociedad' [3] . A esta amenaza de disgregación el papa simplemente propone el bien contrario, que es la unidad. Promover y fortalecer la comunión entre los miembros de la familia es fundamental para el crecimiento de cada miembro en cuanto persona y en sus relaciones con los demás.

Ahora bien, concretamente ¿cómo ayuda el Santo Rosario a ésta comunión entre los miembros de una familia? De modo externo y pedagógico e interno y espiritual. Externamente encontramos algunas ventajas de sencilla pedagogía: disponer diariamente de unos momentos reservados para la familia le da un cierto valor y sacralidad a esos minutos; el hecho de que el esposo, la esposa y los hijos se reúnan en una habitación u oratorio familiar y se sienten juntos es ya algo que habla de comununión.
En una familia cristiana normal puede ser un momento fuerte para compartir la oración; en una familia con dificultad, el hecho de sentarse juntos ya puede significar un obstáculo vencido; responder un ave maría es un pequeño diálogo en el que se vence la timidez o frialdad al menos respondiendo a una oración 'preestablecida' y puede ser el comienzo de un diálogo más profundo. Más aún cuando se trata de responder palabras que tienen contenido religioso o que dicen cosas que pueden mover la conciencia, aún en el caso de personas indiferentes a la religión. Cuando hay problemas entre los esposos, las palabras ' perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden ' pueden ser ocasión de reflexión y la palabra del Señor trabajaría en la conciencia moviendo al perdón mutuo. A los familiares de fe fría les movería escuchar de sus mismos labios ' ruega por nosotros, pecadores ' y los haría pensar en su destino eterno: ' y en la hora de nuestra muerte '.

Ayuda también a incentivar el espíritu de participación en una familia cuando cada uno reza su parte y colabora a que los otros lo hagan; si cada integrante reza un misterio o los niños y jóvenes preparan y dicen preces para cada misterio, pidiendo por la misma familia, por sus necesidades diarias, por sus inquietudes, por 'las de mi esposo' o 'de mi hermano', incluso se hace partícipe a toda la familia de las comunes necesidades y esperanzas. 'Contemplando a Jesús, -dice el Papa- cada uno de sus miembros recupera también la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse, perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de Dios' [4] . 'Mirarse a los ojos' habla de ternura y de confianza incentivados por la unión en ese momento de oración. Implorar a Jesús por María que ruegue por nosotros 'ahora' es pedirle por las necesidades concretas del momento matrimonial y familiar.
'La familia que reza unida el Rosario reproduce un poco el clima de la casa de Nazaret: Jesús está en el centro, se comparten con él alegrías y dolores, se ponen en sus manos las necesidades y proyectos, se obtienen de él la esperanza y la fuerza para el camino' [5] .

A Dios se le pide lo que necesitamos, se le ponen en sus manos los problemas y se le piden las soluciones. Animarse a hacerlo en voz alta ante el cónyuge y los hijos implica antes reconocer que hay dificultades y que se necesitan soluciones; es hacerlo saber y hacer saber que se es conciente de ello. Es un sinceramiento que ayuda a aclarar las cosas, lo cual es de gran provecho y tranquilidad para todos ya que no se puede luchar contra un problema si no se reconoce que existe.

El Santo Rosario es también un instrumento para reemplazar el tiempo perdido en cosas infructuosas y ocuparlo en la oración; es -como ya dijimos- un tiempo en familia, que antes y después de rezarlo incentiva a continuar el diálogo, el momento de reunión, que da pie para conversar, para seguir juntos. Ese tiempo de reunión en oración es un escudo contra las amenazas de la sociedad moderna y se prolonga por toda la jornada, a pasar de ser sólo unos pocos minutos, ya que queda en las personas la conciencia de 'momento para mi familia'. 'En la sociedad de la tecnología avanzada, de los medios de comunicación social y de la globalización, todo se ha acelerado y cada día es mayor la distancia cultural entre las generaciones' [6] .
Esta distancia se acorta y se anula cuando se buscan momentos comunes para compartir, y el Rosario se propone de modo especial como uno de esos momentos. El Santo Padre deja libre a la creatividad de cada familia el enriquecimiento de la recitación del Santo Rosario con 'oportunas aportaciones simbólicas y prácticas que favorezcan su comprensión y valorización' [7] . Un niño que crece habituado a ese momento de oración familiar será un joven que luchará por las virtudes y un adulto que encontrará alivio y fuerza en el recogimiento y enseñará a los suyos a vivir de igual modo.


La gracia actuante
En cuanto a la ayuda interna y espiritual que brinda la recitación del Santo Rosario, de más está recordar que se debe tener en cuenta también todo lo que la Santa Iglesia enseña acerca de los bienes espirituales que se siguen de toda oración y que aquí presuponemos. No basta con resaltar una eficacia externa y pedagógica del Rosario. El mayor caudal de su fuerza le viene en cuanto que es una oración dirigida a Nuestro Señor a través de su Madre, el cual derrama su gracia sobre aquellos que le imploran aliviando sus dolores, confortando en las luchas, moviendo los corazones, iluminando las inteligencias. El esposo y la esposa que hacen la prueba de poner a Jesús en medio de sus relaciones no pueden quedar defraudados por el mismo Señor. Permitir a Cristo que entre por María en un matrimonio, en una familia y darle un lugar exclusivo en la jornada fortifica los lazos y cura las heridas. Se busca la solución del conflicto familiar o el robustecimiento del matrimonio y la familia en el único lugar donde se puede encontrar de modo seguro y estable: Dios.
Esta determinación va de acuerdo con el fin para el cual existe el hombre, con el bien de su alma, con su misma naturaleza humana que en su integridad está hecha para Dios y sólo encuentra orden en la medida que se inserta en el plan Divino y participa de su gracia.

Ciertamente que la eficacia de la oración mariana depende en gran medida de la persona que la rece, del modo de rezarla. Son oraciones que, como toda oración, requieren la conciencia de lo que se dice y a quién se lo dice. No es una repetición mecánica sino una 'expresión del amor que no se cansa de dirigirse hacia la persona amada con manifestaciones que, incluso parecidas en su expresión, son siempre nuevas respecto al sentimiento que las inspira' [8] .
Saber esto y asimilarlo ayuda mejor a favorecer la comunión como efecto del rezo del Rosario. Y para quien no lo sabe, no lo comprende o es indiferente a saberlo, el hecho de rezarlo junto a su cónyuge e hijos le es ya de provecho compartiendo al menos materialmente ese momento y abre una puerta a la actuación de la gracia en su alma.

Conclusión

'Rezar con el Rosario por los hijos, y mejor aún, con los hijos (.) no es ciertamente la solución de todos los problemas, pero es una ayuda espiritual que no se debe minimizar' [9] . La profundidad y la sabiduría que contiene el Santo Rosario es un eficaz complemento para ayudar a la profunda y sabia naturaleza humana a dirigir sus acciones al fin último para el cual ha sido creada: la gloria de Dios y la salvación del alma.
 
[1] Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, Juan Pablo II, 16 de octubre de 2002, nº27.
[2] Nº 41.
[3] Nª 6.
[4] Nª 41.
[5] Idem.
[6] Nª 42.
[7] Idem.
[8] Nº 26.
[9] Nº 42.

El Rosario de Cristal

El Rosario de Cristal es uno de los actos más relevantes de la fiesta de la Virgen del Pilar, aunque poco conocido fuera de Aragón. Explosión de fervor religioso y cultural, único en el mundo, recorre las calles del casco viejo zaragozano todos los 13 de octubre de cada año desde hace ciento veinte años.

El origen

La referencia más antigua que se conserva de las fiestas pilaristas, es de 1765, en que se invita, para el día 12 de octubre por la tarde, a un “Rosario General de todos los establecidos en Zaragoza con 30 estandartes de la virgen rodeados cada uno por faroles de cristal y 8 ó 16 antorchas”.

Pero el Rosario de Cristal que hoy conocemos comenzó a formarse a comienzos de 1889, cuando se fundó la Cofradía del Santísimo Rosario de Nuestra Señora del Pilar. Su presidente, Don José M. Pra y Duarte, concibe la idea de dotar a la procesión del rezo del Rosario de una colección de faroles que serían llevados por los fieles en lugar de las tradicionales hachas, velas y estandartes usados hasta entonces. Los faroles simbolizarían cada una de las partes de la oración del rosario que los devotos iban rezando: los Misterios, los Padrenuestros, las Avemarías, los Glorias y las Letanías.



El encargo se realizó al arquitecto del Ayuntamiento Ricardo Magdalena, que concibió el proyecto en dos etapas. En la primera se construirían los faroles correspondientes a los Padrenuestros, Avemarías, Glorias y Letanías. En la segunda, a los quince misterios, más grandes y monumentales que los anteriores, construidos para ser transportados sobre carrozas.

Según escribió J. Nasarre en 1889 «Con febril actividad se trabajó a fin de que estuviera dispuesta la colección de faroles para el día 12 de octubre de 1889, y en la noche de ese día, presenció Zaragoza y los muchos forasteros que concurren a las renombradas fiestas del Pilar, la grandiosa procesión del Rosario, bajo la nueva forma dispuesta. El efecto producido excedió a toda ponderación». En 1890 se completaría la segunda fase de los trabajos, y en la procesión, que se trasladó a la tarde del día 13, se pudo contemplar la obra ya terminada. Fue a partir de este día, en que se lucieron por primera vez la multitud de policromadas vidrieras iluminadas, cuando popularmente se la pasó a denominar Rosario de Cristal.

A partir de ese momento en que la procesión conforma su cuerpo más importante, se realizan diferentes cambios y mejoras, ya que se suceden las donaciones, completando la comitiva con nuevas piezas entre las que se incluyen faroles y carrozas o se realizan restauraciones de las piezas originales. También la tecnología va enriqueciendo la tradición, ya que en 1957 se incorpora la megafonía al recorrido, y en 1969 se sustituye las velas de los faroles por iluminación eléctrica alimentada por pilas.

Esta procesión se ha celebrado ininterrumpidamente cada año. No obstante, se ha suspendido en ocasiones especiales, como durante los años de la Guerra Civil, en que no salió la procesión por miedo a que pudieran romperse las piezas.

La procesión simboliza un rosario, en el que las cuentas han sido sustituidas por faroles de cristal. En ella encontramos quince faroles monumentales transportados con carrozas, que son diferentes para cada uno de los Misterios además de faroles de mano: 15 para los Padrenuestros, 150 para los Avemarías, 15 para los Glorias, 4 para las salutaciones y 63 para las Letanías. Todos ellos fueron diseñados por el arquitecto Ricardo Magdalena.


Los faroles monumentales tienen estructura de hierro, adornados con piezas de hojalata y latón, además de las vidrieras con imágenes que representan los misterios, procedentes de la casa Degrand de Burdeos. El color varía dependiendo del tipo de misterio que se esté contemplando. En los Gozosos, referentes al nacimiento e infancia de Jesús, los colores predominantes son el rojo y el verde; en los Dolorosos, correspondientes a escenas de la Pasión, el violeta y el verde. Por último en los Gloriosos, propios de la Resurrección y Ascensión, los dominantes son el blanco y el azul. Además, cada uno de ellos lleva escrito el misterio que representa.

Los faroles de mano son mucho más sencillos y de tamaño reducido. Tienen formas geométricas y están rematados por una corona metálica. Cada uno de ellos lleva escrito en el centro el nombre de la oración que simboliza. Todos fueron construidos en los talleres Quintana de Zaragoza en 1890.

La procesión se completa con otros faroles y esculturas, que si bien no forman parte de lo que sería la oración, son igualmente importantes en el Rosario de Cristal. Éste es el caso del farol de «La gran Cruz del Rosario» que abre la procesión, donado en 1891 por León Quintana, dueño del taller donde se realizaron los faroles que componen el rosario. El diseño es también de Ricardo Magdalena, al igual que en los casos anteriores.

También es una pieza distintiva la carroza con el farol del templo del Pilar. Esta obra de gran tamaño, está compuesta por miles de piezas de cristal que reproducen la Basílica tanto en su exterior como en su interior, que puede verse a través de los cristales de la fachada. Fue construida por el abogado Policarpo Valero y Bernabé. Apareció por primera vez en el Rosario general de 1872, antes incluso de que existiese el Rosario de Cristal. Debido a su fragilidad ha tenido que ser restaurada dos veces, una en 1895 y otra en 1993.

El rosario de cristal, hoy

Cada 13 de Octubre cientos de personas, ataviadas con el traje aragonés, y otras venidas de diferentes puntos de España, e incluso del extranjero, luciendo sus espléndidos trajes regionales, se agolpan para contemplar esta luminaria, testimoniando de esta forma su devoción mariana.

Actualmente la procesión tiene su salida en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, y allí vuelve después de recorrer las calles de San Vicente de Paúl, plaza de España, Coso, Alfonso I y plaza del Pilar.

En el interior de la iglesia, se ha creado recientemente una exposición permanente del Rosario de Cristal, un proyecto que ha sido impulsado por el Cabildo Metropolitano, y cuyo objetivo principal es la promoción y proyección del valioso legado que constituye el patrimonio del Rosario, que cuenta con una gran dimensión religiosa, histórica y cultural.

Los elementos está dispuestos en sentido procesional, y distribuidos en espacios diferenciados, según el tema de que traten: Los Misterios del Rosario y sus oraciones; las letanías; las carrozas monumentales de la Asunción, de la Virgen del Pilar, de la Sagrada Familia; y las carrozas de monumentos emblemáticos como el Alcázar de Toledo o la Carabela de la Hispanidad. Esta recuerda que es precisamente la Pilarica la Patrona de Hispanoamérica; donada por el Ayuntamiento -que encargó la obra a los arquitectos zaragozanos José y Manuel Romera Aguirre -salió por primera vez en la procesión en 1946.

En los últimos años se han incorporado a la colección, los nuevos faroles que representan los misterios luminosos.

Cuando el visitante entra al museo, una voz en off lo acompaña en la penumbra, mientras se van encendiendo a su paso los faroles de uno en uno hasta iluminar por fin, esplendorosamente, todo el recinto. Sin duda, el corazón conmovido también se inundará de luz.


Fuente: Wikipedia

Rezad el Rosario, rezadlo bien


por Fr. George M. Cussen, O.P.
"El rosario ha sido llamado 'el compendio de todo el Evangelio' y los Papas han insistido frecuentemente en su rezo, han explicado su naturaleza, han reconocido su capacidad de fomentar la oración contemplativa y han recordado su eficacia para promover la vida cristiana y el compromiso apostólico". (Papa Pablo VI, 'Marialis cultus')

¿Qué ha sucedido con el rosario? Esta antigua oración ha desaparecido de muchos corazones y hogares, ha dejado de escucharse donde antes llenaba con su tranquila cadencia y su suave paz. ¿La oración que Nuestra Señora predicó en Lourdes y en Fátima y que la Iglesia ha recomendado tan vehementemente ha de convertirse en algo del pasado? ¿Era, después de todo, una oración únicamente para los incultos, útil en su día, pero no para el día de hoy? ¿Qué hemos de decir a esto?

La respuesta, que debe ser clara después de pensarlo bien y que puede causar sorpresa, aunque no debiera, es que el rosario existió siempre en la Iglesia y necesariamente fue así, aunque no ciertamente en la forma exacta en que nosotros lo conocemos ahora, pero sí en su sustancia.
Cuando san Pedro y los apóstoles comenzaron su ministerio, por pura necesidad refirieron la historia del Dios-Hombre, que tan recientemente había vivido entre ellos, su nacimiento, vida, trabajo, enseñanza, sus milagros, su muerte, resurrección y ascensión a los cielos. Todo esto contaron y explicaron, y enseñaron a la gente a rezar con las palabras que Él les dio. Esta fue la predicación del Evangelio, y la Iglesia ha hecho esto desde entonces y lo hará hasta el fin del mundo.

Pero éstas son precisamente las tres partes del rosario. Referir el relato del Evangelio es anunciar los quince sagrados acontecimientos o "misterios" de la vida de Nuestro Señor, explicarlos es dar sus puntos de meditación; el "padrenuestro" es parte de cada decena. Al pasar el tiempo, se añadió el "avemaría", y se desarrolló la actual forma de rosario.

No es, por lo tanto, un argumento forzado decir, a la luz de estos hechos, que el rosario es una oración de las más auténticas y naturales de la Iglesia. Al rezarlo, oímos de nuevo la predicación del Evangelio; en nuestra meditación consideramos su significado y decimos las oraciones más queridas a nuestro Señor y a nuestra Señora: el "padrenuestro" y el "avemaría".

El rosario podría llamarse en verdad la gran "oración pastoral" de la Iglesia, porque ejerce en nosotros el gran ministerio pastoral de la predicación y enseñanza del Evangelio y la práctica del mismo. Pone ante nosotros la vida y ejemplo de Nuestro Señor, y nos conduce por la meditación y la oración a seguirle.

Con esto llegamos al mismo corazón del rosario, a lo que es lo más profundo, lo más elevado, lo mejor y lo más necesario en su práctica. Para comprender esto, debemos considerar el fin de nuestra creación.

Fuimos hechos por Dios, como Dios, para Dios. Fuimos creados para conocerle, amarle y servirle en la tierra y ser felices con Él en el cielo para siempre, es decir, para vivir con Él aquí y después.
En nuestra relación mutua compartimos la vida no solamente por la compañía, sino también por el pensamiento y la palabra, por el recuerdo, por el afecto, por la alegría y la tristeza, por cada uno de los momentos de la mente que pueden unirnos. El espíritu humano ha sido dotado de grandes poderes que puede emplear para establecer la comunicación y unión de una forma que el tiempo y la distancia no pueden obstaculizar. Podemos pensar unos en otros y amarnos desde los confines de la tierra.

El rosario nos capacita idealmente para compartir la vida con nuestro Señor y con la más querida para Él, su Madre. Comenzando con la anunciación de su venida en forma humana, seguimos los acontecimientos sagrados de su vida, los misterios, a través de sus alegrías y sufrimientos, hasta la culminación en la gloria. Pensamos en todas estas cosas, estamos presentes a ellas con la mente y nos mueven al amor y a la adoración. Eso es realmente participar en su vida. El rosario no es precisamente una forma muy atractiva de devoción. En principio, consiste en comenzar en la tierra la participación de la vida divina que continuará para siempre. No comprender esto es dejar de comprender la idea central del rosario.

De esta idea del rosario se sigue que debemos tener un método de rezarlo que sea realmente una participación en sus acontecimientos que llamamos sus "misterios". Es aquí donde nos encontramos con la mayor dificultad del rosario y donde se presentan los mayores reparos. ¿Cómo se puede decir un "padrenuestro" y diez "avemarías" con atención y al mismo tiempo meditar en el misterio? Y, ¿qué es la meditación?, ¿cómo hacerla?

Estas son las auténticas y frecuentes dificultades. Tocan dos puntos de gran importancia, la atención y la meditación. Una falsa comprensión de ambas o de cualquiera de las dos no hace fácil el rezo del rosario. Por otra parte, su comprensión hace que todo cambie y hace mucho más fácil todo de una manera realmente sorprendente.

Si a algunas personas se les preguntase: "¿Qué se debe hacer para estar atento a la oración?", la mayoría probablemente diría: "Pensar en lo que se está haciendo". No se puede decir que esta respuesta sea equivocada en lo que dice en sí, pero podemos llamarla la respuesta "dura". Hay una respuesta mejor, más fácil y más necesaria. Es ésta: "Haz lo que siempre haces y debes hacer en una conversación normal con otro, y lo que debes hacer antes de decir una palabra". Debes ver a alguien allí y para ver hay que mirar. Y debes seguir mirando todo el tiempo que dura la conversación.

El gran secreto de la atención a la oración es el mirar a Aquél a quien estamos hablando. La forma dura es tratar de "desentrañar" el sentido de las palabras. Esto produce agotamiento y desanima fácilmente. Mírale primero a Él y las palabras vendrán más fácilmente conforme pasa el tiempo y durante todo el tiempo, bien vengan o no las palabras; estamos en su compañía y eso es todo. Todo el lío de nuestra oración reside muchas veces en que recitamos palabras y no le miramos a Él.

Nuestro Señor enseñó a santa Teresa de Ávila a rezar de esta manera, y ella lo enseñó a sus monjes en palabras que debemos recordar: "Quiero que solamente le miréis a Él".

Con esta comprensión de la atención podemos ahora resolver el problema de la meditación, porque la "oración-por-contemplación" lo soluciona. Cuando había explicado que el camino verdadero para estar atentos es "mirarle a Él", santa Teresa continuaba diciendo que no hay diferencia entre la oración vocal dicha de esta manera y la meditación. Toda oración que se dice mientras le miramos a Él, es, por ese hecho, meditación u oración mental. Porque, mientras le miramos, nuestra oración se profundiza, sus palabras calan en nosotros, y esta oración llega más hondo que la oración vocal normal, así como la lluvia intensa caía más hondo que un pasajero chaparrón. Nuestro método de rezar el rosario debería basarse en esta comprensión de la atención y meditación puestas en acción. Nos servirá de ayuda el considerar su aplicación a uno de los misterios. Tomemos la oración en el huerto.

La imaginación puede presentarnos la escena: El huerto, la figura arrodillada, en desolación, las palabras de la agonía, el sudor de sangre, el ofrecimiento total al Padre. Sólo el mirar y pensar en esto conmoverá el corazón y lo impulsará a participar en su agonía por medio de una compasión profunda. Se verá que no es necesario formar pensamientos detallados. Simplemente el mirar, el estar atento y el estar allí llenará nuestro corazón. Y, mientras tanto, las palabras del "padrenuestro" y del "avemaría" brotarán de nuestros labios, pero siempre de una manera secundaria con relación a la atención de la mente.

Esta forma de rezar el rosario se la dio Nuestra Señora a Lucía. Le dijo: "Hazme compañía mientras meditas en los quince misterios del Rosario". Ese es el método: Estar con Ella y con su Hijo divino durante esta oración.

Este método fue descrito en una carta de una señora que nos escribía pidiendo un rosario para su marido. "Va a trabajar todas las mañanas en tren con varios compañeros. Se sienta en un rincón del vagón con la cabeza echada para atrás, los ojos cerrados, la mano en las cuentas del rosario que lleva en el bolsillo. Los otros dicen: 'No hay duda en cuanto a Casey. Es un tigre para el sueño'. Pero Casey no está dormido, está con nuestra Señora en Galilea"

¿Qué sucederá ahora? ¿Estaréis con ellos en Galilea, en Belén y Nazaret? ¿Le escucharéis junto al lago y en el monte? ¿Estaréis con Él en el huerto, en la sala del juicio, en el camino del Calvario y hasta el final?

Entonces, que vuestros labios se abran para decir esta oración, y vuestro corazón se conmoverá hasta amarlo. Que vuelva a resonar en vuestra casa y hogar y en toda la tierra.

La excelencia del Rosario...

...según Romano Guardini
por el Prof. Alfonso López Quintás
Fuente: Alfa&Omega

Debido a su profundo espíritu cristiano, a su afán de buscar incondicionalmente la verdad y a su profunda estima de los grandes escritores místicos, Romano Guardini aprecia sobre toda medida la vida de oración, entendida como el empeño de ir a Dios con toda el alma. «Tenemos que volver a aprender que no es sólo el corazón el que debe rezar, sino también la mente. El mismo conocimiento ha de convertirse en oración, en cuanto la verdad se hace amor», escribe.

Para rezar con esta autenticidad debemos abrirnos a la presencia del Señor que nos sale al encuentro, adoptar una actitud de servicio y obediencia, fomentar el espíritu de entrega, valorar muy alto la palabra dicha con amor. Lo expone Guardini con admirable precisión en la oración si- guiente, pronunciada en la iglesia de San Canisio, de Berlín, en el ambiente dramático producido por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial:
«Enséñame, Señor, a ver que sin oración mi interior se atrofia y mi vida pierde consistencia y fuerza. (...) Dame seriedad y decisión firme, y ayúdame a aprender, venciéndome a mí mismo, lo que hace falta para salvarse. Pero llévame también a tu santa presencia. Enséñame a hablarte con la seriedad de la verdad y la intimidad del amor».
Todo el trabajo de Guardini como escritor y guía de la juventud se inspiraba en la oración y tendía a la oración como a una meta. «A la larga, es imposible creer sin orar, como no se puede vivir sin respirar». Esta frase condensa el mensaje que nos da Guardini en su bellísima Introducción a la vida de oración. A su entender, la oración auténtica consiste en colaborar a que surja un espacio de presencia, un ámbito de encuentro con el Señor. «Cuando el hombre se confía a Jesucristo, llega en verdad a la presencia de Dios. Esto se realiza en la oración recta y auténtica. En ella se llega a la santa presencia de Dios. Merced a ella, despierta en la interioridad del hombre no sólo la profundidad religiosa humana, en general, sino el nuevo corazón de los hijos de Dios, corazón renacido y configurado por la gracia. En este espacio vital se muestra la realidad de Dios».
Guardini estaba plenamente convenci-do de que, para el ser humano, la vida de oración es tan importante en el aspecto espiritual como, en el biológico, abrirse al exterior con el fin de respirar y cobrar energías. «El espacio de la oración se constituye en la presencia del hombre ante Dios. Se asemeja, por ejemplo, al espacio vital en que están situadas dos personas cuando se hallan en una auténtica relación yo-tú. Este espacio interpersonal se crea merced a la estima, el respeto y el amor que ambas per- sonas se profesan mutuamente, y es tanto más amplio y profundo cuanto más lo son estas actitudes interpersonales», añadía.

Al entrar en ese espacio vital, el hombre participa de la vida de Dios, y la fuerza de Dios entra en su alma y ésta vive «desde la fuente de la energía». Rezamos por la mañana para «renovarnos desde Dios»; elevamos el corazón a Dios por la noche para que todo lo vivido durante el día «se resuelva en confianza y agradecimiento». Al salir de casa, comenzar una oración o iniciar una acción significativa, nos signamos con toda seriedad, conscientes de que, con ello, inscribimos todo nues- tro ser y nuestro obrar en el ámbito sagrado abierto por las tres personas de la Trinidad y nos disponemos a vivir trinitariamente. Este ámbito se abre al hacer la señal de la cruz con plena conciencia de lo que significa: « Haz la señal de la cruz despacio, con la mano y con la mente –nos sugiere Guardini en Cartas sobre la formación de sí mismo–; hazla amplia, de la frente al pecho, de hombro a hombro. ¿No sientes cómo te abraza por entero? Procura recogerte; concentra en ella tus pensamientos y tu corazón, según la vas trazando, y verás que te envuelve en cuerpo y alma, se apodera de ti, te consagra y santifica... Entonces sentirás lo fuerte que es».

Al hablar de la oración, Guardini no alude sólo a una actividad de mera súplica o de consideración intelectual de verdades sobrenaturales; habla, sobre todo, de la transformación interior que experimenta el creyente cuando se decide a «encontrarse lúcida y comprometidamente con Dios». Y añade: «Las buenas oraciones tienen una tarea importante; deben formarnos interiormente. Proceden de la palabra de Dios o de hombres santos. Cuando las rezamos, debemos sumergir nuestra alma en ellas. De ese modo, forman nuestro pensamiento y nuestra expresión, nuestra manera de ver las cosas y toda nuestra actitud interior».

Este esfuerzo de transformación espiritual une en su raíz todas las formas de oración: las litúrgicas y las populares, las comunitarias y las privadas. Al pedirle un día su opinión sobre la primacía de unas formas de oración sobre otras, me contestó, sin vacilar, que, tras la publicación de El espíritu de la liturgia, se apresuró a escribir el Via Crucis y El Rosario de Nuestra Señora –dos formas tradicionales de piedad popular–, para dejar bien claro que el alma creyente necesita vías distintas para llegar a Dios.


El Rosario, espacio de intimidad y elevación religiosa

El Rosario es una forma de oración que repite insistentemente diversas plegarias, con voluntad de crear un clima de contemplación en torno a los misterios de la vida de Jesús y de María. Lo que se intenta, ante todo, en ese rezo es estar con el Señor en compañía de María; alabarle y suplicarle una y otra vez, y crear así un espacio de oración. Al rezar el Rosario de forma suplicante y contemplativa a la par, nos sumergimos en el ámbito de vida espiritual for- mado por el encuentro de Jesús y María, espacio viviente de donación y receptividad, iluminación y comprensión, amistad y paz.

Esta forma de oración nos instala en la encrucijada impresionante de dos ámbitos sagrados: la vida de Jesús y la de María. Permanecer en este ámbito de adhesión espiritual íntima nos produce un sentimiento de plenitud gozosa, pues los seres humanos necesitamos vernos acogidos en ámbitos de vida plena. Sobre todo cuando nos vemos desvalidos, faltos de hogar espiritual y descentrados como personas, nos conforta sobremanera entrar en un reino donde impera el amor incondicional y la entrega. El Rosario nos ofrece este espacio de reposo y acogimiento, en el cual permanecemos tranquilos en un clima de amistad y confianza.
«Permanecer en él hace bien», indica Guardini, que debió, en cierta manera, al Rosario su vocación sacerdotal. Nos hace bien porque, al instalarnos en ese cruce de vidas santas, abrimos un espacio interior propicio para acoger la vida divina. Si queremos rezar debidamente el Rosario y darle todo su valor, hemos de reposar el ánimo y ajustarlo al ritmo de una repetición creativa, bien seguros de que no nos limitamos a insistir en lo mismo, sino que creamos un ámbito de súplica, de contemplación, de inmersión en el ámbito de la vida divina.

Las palabras, al ser repetidas con esta intención creativa, se convierten en vehículos de una realidad nueva que las sobrevuela: el espacio de meditación, súplica y veneración que se está fundando. Las palabras pronunciadas durante el rezo del Rosario se vuelven, en algún modo, transparentes y dan libertad a nuestro espíritu para vivir una vida espiritual intensa y variada: podemos imaginarnos escenas del Nuevo Testamento y vivirlas comprometidamente, expresar sentimientos, hacer peticiones, elevar el corazón a la Trinidad en el Gloria, intensificar la unión con Jesús en el Padrenuestro, unirnos estrechamente a la Madre en el Avemaría... En verdad, la oración es «el ámbito más íntimo de la vida cristiana».


Valor expresivo de la repetición en el lenguaje poético

La repetición es, desde los antiguos griegos, una categoría estética muy fecunda, y, como tal, una fuente inagotable de belleza y expresividad. Repetir un contenido es impertinente en el lenguaje prosaico o signitivo. Resulta, en cambio, sumamente elocuente en el lenguaje poético, creador de ámbitos expresivos.

En un claustro monástico, cada columna tiene, a veces, un mensaje propio merced a la expresividad del capitel. Pero su función en el conjunto del claustro supera con mucho ese mensaje individual. Participa en la creación de un ámbito de calma y armonía, al hilo de una marcha sosegada y, a menudo, silenciosa. La función esencial de columnas y arcos es ritmar nuestro paso para crear un clima de sosiego. Si queremos vivir el claustro, hemos de recorrerlo pausadamente, con el ritmo que nos marcan las columnas y los arcos, y bien atentos al ámbito de paz que contribuyen a crear. Visto con la debida sensibilidad, el claustro nos habla poéticamente y nos invita a la participación.

En el Gloria de su gran Misa en si menor, Juan Sebastián Bach repite 33 veces «Et in terra pax hominibus bonae volunta- tis», no para insistir en un mismo contenido, sino para sumergirnos en el ámbito de paz que Jesús nos ofrece. El lenguaje poético encarna aquello que dice, lo plasma en ámbitos expresivos y nos invita a morar en ellos.

De forma análoga, al rezar el Rosario repetimos diversas plegarias una y otra vez para instaurar un ámbito de piedad, de sosegada meditación e invocación reposada, y permanecer activamente en él. Rezar así –indica Guardini– requiere una paciencia amorosa, como la de quien se adentra en una realidad excelsa y no ceja hasta que la conoce de cerca y la convierte en su hogar. Quien oriente su vida hacia lo santo y sumerja su alma en el rezo del Rosario descubrirá pronto la excelencia de esta oración y su poder para elevar nuestro espíritu y transformarlo.

Las enseñanzas del Rosario


por Fr. Mario Agustín Pinto, o.p.

Entre las oraciones más celebradas dentro de la Iglesia, el Rosario ocupa sin duda el primer lugar. No hay ninguna otra ni más universalmente difundida, ni más amada por los fieles, ni más a propósito para acercarnos a Dios.

En efecto, el Rosario se apodera por entero del fiel, en cuerpo y alma, y lo arrastra hacia lo celestial, hacia lo infinito.

Mientras su imaginación reproduce en su cuadro real las escenas del Santo Evangelio y su espíritu se esfuerza en penetrar las sublimes bellezas que ellas contienen, su corazón conmovido estalla en súplicas, en alabanzas o en acciones de gracias; y con estado de ánimo diverso según el sentimiento dominante en cada misterio, saluda con sus labios a la Virgen purísima, Madre de Dios, cuya dulce imagen resplandece en todos ellos.

Ocurre con mucha frecuencia que el Rosario de cinco misterios viene a ser una oración maquinal, precipitada, sin alma, por el cual sólo se piden bienes temporales sin atender suficientemente a la relación de estos con los bienes espirituales, la santificación y la salvación.

Para devolver a esta oración su alma y su vida, es preciso recordar que no es más que una de las tres partes del Rosario y que debe ir acompañada de la meditación, fácil por lo demás, de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos que nos recuerdan toda la vida de Ntro. Señor y de su Santísima Madre, así como también su elevación al Cielo.

Para comprender todo el sentido del rezo del Rosario debemos considerar que así como Jesús es el mediador obligado entre el Padre y nosotros, de la misma manera necesitamos una abogada para con Jesús.

Si Jesús es la Cabeza única del Cuerpo Místico, María es el cuello del mismo. La vida reside en la cabeza, pero no puede descender a los miembros sin pasar por el cuello. El cuello une el cuerpo con la cabeza puesto que forma parte de ambos. Tal es María entre Jesús y nosotros, Mediadora universal de todas las gracias.

Ahora bien, cuán a propósito son los misterios del Rosario para mostrarnos de una manera viviente la incomparable unión de María y de Jesús, el papel inmenso que María desempeña en los misterios de nuestra Redención.

A ella nos dirigimos; a ella saludamos con amor y gozo. Pero la encontramos toda concentrada en Jesús, no pensando sino en Él, ardiendo en su amor, participando de sus gozos, de sus sufrimientos y de su gloria.

Así es como la meditación del Rosario nos revela a Jesús por María. María, en efecto, es el ostensorio de Jesús, el vaso radioso que contiene y expone al pueblo cristiano, todos los misterios de Jesús.

El rezo vocal es en realidad una suave industria para movernos a la contemplación; así como Dios para darse a conocer se ha revestido de una naturaleza corporal, así también los actos de la inteligencia son ayudados por las expresiones sensibles: las palabras son como una cantinela que acaricia el oído. Nuestro espíritu volátil queda retenido por las oraciones vocales; si alguna vez se distrae por lo menos los labios continúan rezando. Y estos rezos son magníficas alabanzas que glorifican a María y renuevan en ella los goces de estos misterios. Y entonces de su corazón inmaculado derrama sobre el que la saluda gracias y luces, algo de lo que ella sentía cuando tuvieron lugar tan grandes acontecimientos, enseñándonos cómo esos misterios deben reproducirse en nosotros. De esto se sigue que toda alma devota del Rosario saca de él un gran conocimiento de Jesús y de María y descubre sin cesar en la vida de los mismos nuevas bellezas que los libros no pueden ensañar.

Jesús, en efecto, se hizo hombre no sólo para salvarnos sino también para enseñarnos a bien vivir. Es el modelo más perfecto que hemos de imitar para glorificar y servir a nuestro Creador. Por consiguiente el rezo del Rosario que nos hace penetrar en los misterios de la vida de Jesús bajo la dirección e iluminación de María, es un medio singularmente apto para santificarnos.

Ahora bien ¿qué lecciones nos da el santo Rosario? Nos da en primer lugar el remedio contra las tres concupiscencias.

Sicut in Adam omnes moriuntur,
ita in Christo omnes vivificabuntur.

San Pablo hace el paralelismo entre Jesucristo autor de nuestra salvación y Adán, autor de nuestra ruina: " así como por un hombre el pecado entró en el mundo y por el pecado la muerte... Así como por la desobediencia de un hombre se hicieron muchos pecadores, así por la obediencia de uno solo...”

La muerte es una consecuencia del pecado y también la concupiscencia; “caro enim concupiscit adversus spiritum, spiritum autem adversus carnem” (la carne desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne) . Es el hombre viejo nacido del primer Adán que arrastra un desequilibrio profundo en su naturaleza caída y herida.

Recordemos lo que era la justicia original: armonía entre Dios y el alma, entre el alma y el cuerpo, entre el hombre y el mundo exterior; sumisión de las pasiones a la inteligencia y la voluntad, no había ni enfermedades ni muerte.

Pero el pecado original ha venido a destruir esta armonía y así Adán nos transmite una naturaleza caída y herida.: expoliata in gratuitis, vulnerata in naturalibus (despojada de los dones gratuitos, herida en los naturales). Nacemos, en efecto, con la voluntad adversa a Dios: el egoísmo, que es la raíz de todos los pecados, amor desordenado de nosotros mismos. De él provienen las tres concupiscencias que en los tres órdenes de bienes (bienes del cuerpo, exteriores y del espíritu) nos hacen confundir el bien aparente con el real.

El alma se inclina hacia el orgullo de la vida o amor desordenado de la propia excelencia y de todo lo que pueda exaltarla por arduo y difícil que sea: quien se entrega a él acaba por ser para sí su propio Dios, como Lucifer. De ahí pueden provenir todos los pecados, es la raíz de todos ellos : vanagloria, egoísmo, dureza de corazón, rebelión.

Pues bien, amados hermanos: el remedio son los misterios gozosos: Jesús haciéndose siervo, lo Infinito haciéndose pequeño, el que nada necesita entregándose por los pecadores, el Creador obedeciendo a la creatura: a María, a José, a las leyes, a todo. Es la ley de la pobreza, de la pequeñez y de la infancia espiritual. Es el Señor que nos recomienda ser como los niños, pues de ellos es el Reino de los Cielos.

¿Y nosotros, tierra y nada, nos atreveremos a ser soberbios? Estos misterios nos enseñan el valor de la vida interior toda escondida con Cristo en Dios. El Reino de Dios es ante todo interior y se halla escondido en las profundidades del alma. Tal es la sublime lección de estos misterios que han transformado el mundo, millares y millares, centenares de millares de cristianos han ganado el Cielo con los ojos fijos unicamente en estos misterios gozosos del nacimiento y de la vida oculta de Jesús, practicando obscuramente, silenciosamente las virtudes de la vida oculta de Jesús.

Lo característico de nuestra fe es que la gracia obra con un mínimo de materia temporal, más aún, que sólo está a su gusto en un mínimo de materia temporal, y el último de los enfermos en su lecho es admitido a imitar a Jesús.

La segunda es la concupiscencia de la carne. Es el deseo desordenado de aquellas cosas destinadas a la conservación del individuo y de la especia. Es el pecado que nos iguala a las bestias. De él proviene la lujuria con todas sus vergüenzas, la gula con todos sus refinamientos y la pereza.. Es el pecado que más nos enceguece para todo lo espiritual,

El remedio está en los misterios dolorosos: allí vemos a Jesús sufriendo en su carne los castigos que han merecido nuestros crímenes, los crímenes de nuestra carne pecadora. Es Jesús azotado, cayendo bajo el peso de la cruz, crucificado, muerto de sed, gustando hiel y vinagre, muriendo en los tormentos. Ahora bien, si así es tratado el leño verde ¿qué se hará con el seco? ¿Cuánto sufriremos en la otra vida si en esta no hacemos penitencia, puesto que Jesús tuvo tanto que sufrir , siendo la inocencia misma?

Estos misterios nos enseñan la ley de la mortificación; varias son sus causas: pecado original, pecados actuales. Debemos tratar el cuerpo como el domador a un caballo salvaje: o sometemos el cuerpo al alma o quedará el alma bajo el peso del cuerpo. Pero el principal motivo que nos induce a la mortificación es la imitación de Jesús crucificado “Si alguno quiere ser mi discípulo, que tome su cruz y me siga”. Es la pasión de la Cruz: del apóstol Andrés, San Pablo, Santo Domingo,... : debemos vivir la vida de Cristo quien vino como Redentor por la cruz.

La tercer concupiscencia es la de los ojos, o sea el deseo desordenado de aquello que agrada a la vista: lujo, riquezas, sobre todo el dinero, que es lo que permite procurarse todos los demás bienes materiales. De ella nace la avaricia; de ahí proviene la avaricia con todas sus secuelas, a saber la envidia por el bien de los demás y todas las injusticias, la ambición, la guerra, los hurtos. El avaro hace un dios de su tesoro, puesto que se le sacrifica todo.

El remedio para esta concupiscencia son los misterios gloriosos que nos muestran los bienes eternos, infinitamente más preciosos y deseables que todos los bienes de la tierra, pues las cosas visibles son pasajeras, y las invisibles eternas; que nos hacen pensar en el verdadero objeto de la esperanza cristiana, en la vida eterna y los medios de alcanzarla; que nos muestran la elevación infinita de nuestro fin sobrenatural; luego, no basta obrar racionalmente: se nos pide el desprendimiento de todo lo terreno y humano que no pueda ser un medio para llevarnos a obrar como hijos de Dios, de suerte que la caridad sobrenatural impere todos nuestros actos. :”si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes del cielo”.

Después de levantarnos del pecado, de reparar en nosotros las heridas de las tres concupiscencias, el Rosario nos ayuda a progresar en la vida espiritual viniendo a ser para nosotros una escuela de contemplación. Es todo el credo que desfila ante nuestra vista, no de una manera abstracta en fórmulas dogmáticas, sino de una manera concreta en la vida de Cristo que desciende a nosotros. Es todo el dogma católico en su esplendor para que podamos saborearlo y alimentar nuestra alma.

Para ello debemos recitar el Rosario mirando con los ojos de la fe a Jesús siempre vivo que no deja de interceder por nosotros y que influye siempre en nosotros para hacernos reproducir sus misterios, sea bajo la forma de su vida de infancia, o de su vida dolorosa o de su vida gloriosa. Viene actualmente a nosotros para asimilarnos a El.

Fijemos pues la mirada de nuestro espíritu en la del Señor que nos mira a su vez. Su mirada no sólo está llena de inteligencia y de bondad, sino que es la mirada misma de Dios que purifica, que pacifica, que santifica.

Es la mirada de nuestro juez pero más todavía de nuestro Salvador, de nuestro mejor amigo, del verdadero esposo de nuestra alma. El Rosario así recitado en el recogimiento y el silencio se transforma en una fructuosísima conversación con Jesús, siempre vivo para vivificarnos y atraernos.

Es también una conversación con María quien nos conduce hasta la intimidad de su Hijo, pues nadie conoce más íntimamente al hijo que la madre y nadie, pues, mejor que ella puede hacerlo conocer. Así se explica que los santos hayan visto en el Rosario una escuela de contemplación. Dice el P. Vaysieere : “Recitad cada decena, menos que reflexionando , comulgando con el corazón en la gracia del misterio, en el espíritu de Jesús y de María tal como el misterio lo presenta.”. El Rosario es la comunión de la noche que traduce en luz y en resolución fecunda la comunión de la mañana; no es sólo una serie de Ave María piadosamente recitadas, es Jesús reviviendo en el alma por la acción maternal de María, Así vivía, gracias al Rosario, rodeado por Cristo y por María, comulgando con cada uno de sus estados, con cada uno de los aspectos de su gracia, penetrando y manteniéndose en los abismos del Corazón de Jesús.

Amadísimos hermanos: si sabemos vivir de esta oración, nuestras tristezas y esperanzas se verán purificadas, elevadas, sobrenaturalizadas, veremos cada vez mejor contemplando estos misterios, que Jesús, nuestro Salvador y nuestro modelo, quiere asimilarnos a El, comunicarnos algo de su vida de infancia y de vida escondida, luego alguna semejanza de su vida dolorosa, para hacernos participar por fin de su vida gloriosa por toda la eternidad.

Un Rosarito a la Virgen


En octubre, un rosarito a la Virgen
Carta de monseñor Rafael Palmero Ramos,
obispo de Orihuela-Alicante


En octubre, un rosarito a la Virgen. He aquí una invitación, formulada años atrás con fundada esperanza. La repito hoy nuevamente: en un ambiente distinto, pero con idéntica confianza.

Atrás quedan, un año más, las horas de descanso estivo, los momentos de reencuentro familiar, los lugares conocidos que hemos vuelto a pisar. ¡Cuántas personas que ya no están en ellos! ¡Cuántos recuerdos actualizados y, por lo mismo, revividos! Nos enriquecen siempre, y nos ayudan a seguir dando a la vida la dimensión que tiene: la auténtica, la verdadera, la de proyección hacia un futuro eterno, definitivo y gozoso.

El mes de octubre señala, año tras año, el comienzo de una tarea nueva, de otro peldaño a escalar con una carga añadida sobre los hombros. Y estimula siempre, alienta y empuja, porque nos espolea a todos a seguir adelante. «Suponiendo que la providencia, asegura san Agustín, no presidiera las cosas humanas, sería vana toda preocupación religiosa». De ahí que tratemos de seguir viviendo con ilusión y con gozo.

Consagrado como está, desde hace siglos, a honrar la memoria de Santa María –lo mismo que el florido mes de mayo–, al finalizar la primera semana de octubre tenemos la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. Popular en determinados lugares. Histórica por la Victoria de Lepanto, atribuida a su protección y a su ayuda, la Virgen del Rosario es, para muchos, conocida y entrañable. Desde pequeños, porque en lugares distintos, pueblos y ciudades, nos familiarizamos con ella.

Y en octubre, su mes, rezábamos el Rosario. En familia, en el colegio, en la parroquia. Siempre con alguien a la cabeza, que desgranaba avemarías esperando respuesta coral, y que enunciaba cada uno de los misterios, como momentos importantes de la vida de María.

También hoy, ¿por qué no?
Pienso que era una costumbre buena y que debe ser, por lo mismo, mantenida. Con intervenciones nuevas, porque distinto es el momento, y también con nuevos misterios, los luminosos, que nos regaló el Papa Juan Pablo II, tan mariano, antes de dejarnos.

Son miles y miles, hasta millones, los rosarios que hoy se fabrican y que recorren el mundo entero. Hermosos algunos, valiosos otros, sencillos los más. Con las 50 cuentas que corresponden a otras tantas avemarías, o con sólo 10, para repetir e incidir una y otra vez, hasta 5, con la mano siempre abierta.

Llevamos este rosario en el coche, lo cuelgan muchos jóvenes al pecho, lo guardamos en el bolsillo: ¿por qué no tomarlo más frecuentemente entre las manos, sin cobardía alguna y sin respeto humano? La Virgen María, nuestra Madre, ha recomendado con frecuencia esta recitación, sencilla, reiterada, abierta a la contemplación. En Lourdes, en Fátima, en tantas apariciones…

Muchas son las personas que no recuerdan los misterios o que no han aprendido las letanías, pero abundan los subsidios que facilitan la cosa. Tengo para mí que el buen Dios escucha con atención las voces de las personas que se pasan el rosario, una a otra, señalando intenciones especiales en cada decena del mismo.

Probadlo y ved. Intentadlo y experimentaréis resultados maravillosos. «Al Cristo que encontramos en el Evangelio y en el sacramento, comenta nuestro Papa Benedicto XVI, lo contemplamos con María en los diversos momentos de su vida gracias a los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos. Así, en la escuela de la Madre aprendemos a configurarnos con su divino Hijo y a anunciarlo con nuestra vida».

Es bien sencillo el intento. En octubre, ya estamos en él y pasa pronto, un rosarito a la Virgen. Veréis qué cadena invisible tan fuerte une a unos hermanos con los otros.

+ Rafael Palmero Ramos
Obispo de Orihuela-Alicante