La editorial francesa
Fayard se dispone a lanzar un libro en el que se entrevista a uno de los más
influyentes miembros del Colegio Cardenalicio, el recientemente nombrado
prefecto de la Congregación para el Culto Divino, Cardenal Robert Sarah.
Titulado “O Dios o nada” (Dieu ou rien), lleva el interesantísimo subtítulo
“Entretien sur la foi” (Conversación sobre la fe), que inevitablemente trae a
la memoria el innovador libro-entrevista de otro cardenal -Ratzinger- publicado
hace tres décadas: "Informe sobre la fe". A propósito de la publicación de este
libro, la Revista L´Homme Nouveau a publicado un extenso reportaje, del cual presentamos el siguiente extracto:
'Dios o nada',
Eminencia, es la línea de conducta de la santidad. ¿Quiere usted ser un santo?
Sí, porque es nuestra
vocación primera: ser santo, porque el Señor, nuestro Dios, es santo. Por medio
de 'Dieu ou rien', me gustaría que Dios llegara a estar en el centro de
nuestros pensamientos, en el centro de nuestros actos, en el centro de nuestra
vida, en el único lugar que debe ocupar, a fin de que nuestro caminar como
cristianos gravite alrededor de esta Roca y de la firme seguridad de nuestra
fe. Con este libro pretendo dar testimonio de la bondad de Dios, a través del
relato de mi propia experiencia. Dios es lo primero en nuestra vida, porque Él
nos ama y la mejor manera de devolverle este amor consiste en amarlo al cien
por cien. Desgraciadamente, el mundo occidental ha olvidado la primacía del
amor divino. Es necesario recuperar esta relación con Dios. Por eso publico mi
testimonio, para invitar al mundo a no rechazar más a Dios. Cuando observo mi
vida veo, en efecto, la clarísima huella de la predilección divina. Provengo de
una humilde familia africana y de un pueblo muy alejado del centro de la
ciudad. ¿Quién habría podido decir en el momento de mi nacimiento lo que Dios
iba a realizar? Para ser seminarista y
luego sacerdote, fui de Guinea a Senegal, pasando por Costa de Marfil y
Francia. Después, fui obispo de Conakry, en condiciones difíciles. Más tarde
fui llamado a Roma, en el mismo corazón de la Iglesia. ¿Cómo obviar entonces
que cada etapa de mi vida constituye un signo evidente de la acción de Dios
sobre mí?
¿Cuáles son las
fuerzas y las debilidades del catolicismo africano?
Tiene razón a la hora
de hablar sobre fuerzas y debilidades. La Iglesia en África es joven aún, y
todo lo que es joven es frágil. Es necesario acrecentar el número de
cristianos, no sólo en términos cuantitativos, sino asimilando mejor el
Evangelio, ayudando a los cristianos a vivir plenamente, sin reticencias ni
compromisos, tanto en la teoría como en la práctica, las exigencias de la fe
cristiana. Los Papas siempre han orientado en esta dirección. Cuando Pablo VI
en 1969, designaba a África como la nova patria Christi, evocaba una realidad que no nos impide la necesidad, a nosotros como
africanos, de acoger más profundamente el Evangelio. Cuando encontramos el
Evangelio y cuando el Evangelio nos penetra, nos desestabiliza, nos transforma,
nos cambia radicalmente y nos da nuevas orientaciones y referencias morales.
Por eso yo ruego verdaderamente y de todo corazón que Cristo habite en África,
ya que de ahora en adelante es su nueva patria. Aunque, al mismo tiempo, hay un
verdadero dinamismo en la Iglesia africana y creo, con certeza, que está
llamada a desempeñar un importante papel
en la Iglesia universal. La Iglesia en África responde profundamente al deseo
de Dios. Él así lo ha querido desde su origen. Cuando hablo de los orígenes, no
me refiero solamente a San Agustín, si no que pienso de igual manera en que fue
un país africano, Egipto, el que acogió a la Sagrada Familia y el que permitió
salvar a Jesús. También fue un africano, Simón de Cirene, quien ayudó a Cristo
a llevar su Cruz hasta el Gólgota. África ha estado relacionada con la Historia
de la Salvación desde los orígenes. Y, hoy en día, en el contexto de crisis
profunda, cuando la fe se pone en duda y se rechazan los valores, creo
firmemente que África puede aportar en su pobreza, en su miseria, los bienes
más preciosos: su fidelidad a Dios, al Evangelio, su adhesión a la familia, a
la vida, en un momento histórico en el que Occidente da la impresión de querer imponer valores opuestos
Hay muchos sacerdotes
en África. ¿Está usted preocupado por la falta de formación clerical tal y como
sucede todavía a menudo en Francia?
Tenemos muchas
vocaciones, pero no suficientes formadores sólidos y con experiencia. Vea
usted, a menudo nos encontramos con jóvenes sacerdotes que, una vez terminados
sus estudios en París o en Roma, enseguida son llamados a dar clase en los
seminarios. No tienen la experiencia suficiente ni tampoco realmente
consolidada por el tiempo ni por una relación personal con Jesús. Están en la
situación de tener conocimientos sin haberlos asimilado realmente sobre el
terreno. Nuestro drama no es, pues, la falta de sacerdotes, sino la falta de
sacerdotes configurados con Cristo y transformados en Ipse Christus . En cierta manera, somos demasiados sacerdotes. Actualmente hay más de
400.000 sacerdotes en el mundo. Ya a
principios del siglo VII, San Gregorio Magno escribía: “El mundo está lleno de
sacerdotes, pero raramente encontramos un obrero en la cosecha del Señor; aceptamos con agrado la función sacerdotal,
pero no hacemos el trabajo que esta función conlleva”. ¿Qué es lo que ha
transformado al mundo? Doce apóstoles absorbidos por Jesús, asidos por Jesús.
Carecemos de este tipo de sacerdotes. Ciertamente, han estudiado muchos textos
científicos, pero se manifiestan incapaces de alimentar al pueblo de Dios y de
acercarlo a la radicalidad del Evangelio, porque ellos mismos no han visto
realmente ni se han encontrado con Cristo personalmente. Deberían ser como San
Agustín. Además de su calidad excepcional como teólogo, su palabra salía de su
corazón y de su propia experiencia. ¡Este es el perfil de sacerdotes que yo
querría!
La manera en la que
está hecha la reforma litúrgica y a la vez el espíritu litúrgico en el cual se
realiza la formación de los sacerdotes, ¿no se alejan del modelo sacerdotal que
usted predica?
Constatamos cada vez
más que el hombre busca ocupar el lugar
de Dios, que la liturgia se convierte en un mero juego humano. Si las
celebraciones eucarísticas se transforman en lugares de aplicación de nuestras
propias ideologías pastorales y de opinión de nuestras opciones políticas, que
no tienen nada que ver con el culto espiritual que debemos celebrar según la
manera querida por Dios, el peligro es inmenso. Creo que es urgente introducir
más esmero y fervor en la formación litúrgica de los futuros sacerdotes. Su
vida interior y la fecundidad de su ministerio dependerán de la calidad de su
relación con Dios, dentro de este cara a cara que la liturgia nos propone
experimentar.
Usted cuenta en su
libro, con relación a este tipo de opciones, la anécdota de la supresión del
baldaquino de la catedral de Conakry por Monseñor Tchidimbo
Sí. ¡Fue una reforma
litúrgica a la francesa! Se ha querido mejorar la participación del pueblo de
Dios en la liturgia, sin preguntar suficientemente, quizás, sobre el
significado de esta 'participación'. ¿Qué quiere decir 'participar en la
liturgia'? Quiere decir penetrar plenamente en la plegaria de Cristo. Nada que
ver con el ruido, con la agitación ni con el hecho de que cada uno desempeñe un
papel, como en un teatro. Se trata de penetrar en la plegaria de Jesús, de
inmolarse con Él, de ser, en cierta medida transubstanciados y convertirnos,
nosotros mismos, en hostias vivas, santas, agradables a Dios. Es exactamente lo
que San Gregorio de Nacianzo afirma cuando dice: "Vamos a participar en la
Pascua… Y bien, en cuanto a lo que nos atañe, participemos de manera perfecta…
Ofrezcamos como sacrificio no terneros ni corderos con cuernos y pezuñas …
Ofrezcamos a Dios un sacrificio de alabanza sobre el altar celeste, en unión
con los coros del Cielo. Lo que voy a decir va aún más lejos: es a nosotros
mismos a quienes debemos ofrecer a Dios en sacrificio: Ofrezcámose cada día
toda nuestra actividad. Aceptemos todo por Cristo: mediante nuestros
sufrimientos, imitemos su Pasión; mediante nuestra sangre, honremos su Sangre;
¡subamos a la Cruz con fervor!”. No se trata de repartirnos papeles o
funciones. Progresivamente, somos llamados a entrar en el misterio eucarístico
y a celebrarlo como Jesús y como la Iglesia lo ha celebrado siempre. La
Eucaristía debe asemejarnos a Cristo, convertirnos en un solo y mismo ser con
Cristo. Convertirme yo mismo en Cristo. Benedicto XVI ha sido claro al decir
que la Iglesia no se construye a golpe de rupturas, sino en la continuidad. El Sacrosanctum
Concilium, el texto conciliar de la sagrada liturgia, no suprime el pasado. Por
ejemplo, no ha pedido nunca la supresión del latín o la supresión de la Misa de
San Pío V.
Usted subraya la
necesaria perpetuidad de la enseñanza moral de la Iglesia, pese a la presión de
las corrientes relativistas ¿Es todo cuestión del magisterio? ¿Cómo concebir,
de cara al futuro, el funcionamiento de este magisterio?
Hay que conservar
absoluta, fiel y preciosamente los dones esenciales de la fe cristiana, dentro
de una inteligencia que busca explorarlos en profundidad y comprenderlos de
manera activa y siempre nueva. Mas debemos conservar intacto el depósito de la
fe y guardarlo al abrigo de toda violación y de toda alteración. Si la Iglesia
comienza a hablar como el mundo y a adoptar el lenguaje del mundo, deberá
aceptar el cambio de su modo de enjuiciamiento moral y, en consecuencia, deberá
abandonar su pretensión de querer clarificar y guiar a las conciencias. De este
modo, la Iglesia deberá renunciar a su misión de ser para los pueblos luz de
verdad. Deberá renunciar a decir que posee bienes que son fines, que
perseguirlos es noble para el hombre, no solo como valor sino como objetivo por
conseguir. Sobre todo, deberá renunciar a decir que sostiene que hay actos que
son en sí mismos intrínsecamente malos y que ninguna circunstancia los permite.
Pienso, pues, que el magisterio debe permanecer firme como una roca. Porque si
creamos una duda, si el Magisterio se sitúa en relación con el mundo en que vivimos,
la Iglesia ya no tendrá el derecho de enseñar. Hoy en día lo más urgente es,
ciertamente, la estabilidad que deben tener las enseñanzas de la Iglesia. El
Evangelio es el mismo. No cambia. Naturalmente, siempre es preciso un trabajo
de formulación para llegar mejor a las personas, pero no podemos, bajo el
pretexto de que ya no nos escuchan, adaptar las enseñanzas de Cristo y de la
Iglesia a las circunstancias, a la historia o a la sensibilidad de cada uno. Si
creamos un magisterio inestable, creamos una duda permanente. Hay un inmenso
trabajo que hacer a este respecto: hacer perceptibles las enseñanzas de la
Iglesia conservando intacto el núcleo de la doctrina. Por eso es inadmisible
separar la pastoral de la doctrina: una pastoral sin doctrina es una pastoral
construida sobre arena.
Se tiene la impresión
de que actualmente no hay una frontera definida, dentro de la Iglesia, entre
los que están fuera y los que están dentro de ella. En Francia, por ejemplo,
hay universidades católicas donde se enseñan explícitamente herejías y
permanecen siendo “católicas”. En el último Sínodo, algunos sostenían la línea
que usted promueve, pero otros decían lo contrario. Ahora bien, todas son
consideradas como “católicas”. Por el bien de las almas, ¿no habría que volver,
no solo a una enseñanza clara, sino también a la declaración explícita de que
tal o tal cosa ya no es católica?
Yo creo que permitir
decir a un sacerdote o a un obispo cosas que quebranten o arruinen el depósito
de la fe, sin exigir explicaciones, es una falta grave. Como mínimo hay que
interrogarle y pedirle que explique las
razones de sus palabras, sin dudar exigir que las reformule conforme a la
doctrina y a la enseñanza secular de la Iglesia. No podemos dejar a la gente
que escriba o que diga cualquier cosa sobre la doctrina, la moral, cosa que
actualmente desorienta a los cristianos y crea una gran confusión sobre lo que
Cristo y la Iglesia siempre han enseñado. La Iglesia nunca debe abandonar su
título de Mater y Magistra: su papel de madre y de educadora de los pueblos.
Como sacerdotes, obispos o simples laicos, nos equivocamos al no decir que una
cosa es falsa. La Iglesia no debe dudar al denunciar el pecado, el mal y toda
mala conducta o perversiones humanas. La
Iglesia asume, en nombre de Dios, una autoridad paternal y maternal. Y esta
autoridad es un humilde servicio por el bien de la humanidad. Sufrimos hoy en
día una carencia de paternidad. Si un padre de familia no dice nada a sus hijos
sobre su conducta, no actúa como un verdadero padre. Traiciona a su razón y a
su misión paternal. El primer deber del obispo consiste, pues, en interpelar a
un sacerdote cuando los propósitos de este último no sean conformes a la
doctrina. Se trata de una penosa responsabilidad. Cuando Juan el Bautista respondió
a Herodes: No tienes el derecho de tomar a la mujer de tu hermano, perdió la
vida. Desgraciadamente, en la actualidad, la autoridad se calla a menudo por
miedo a ser tratado de intolerante o ser
decapitado. Como si mostrar la verdad a alguien lo convirtiera en un ser
intolerante o integrista, cuando se trata de un acto de amor.
En Francia, el
catolicismo institucional está envejecido, mientras que la base, lo que
llamamos “nuevo catolicismo”, es joven y dinámica. Pero hay un desfase entre
este catolicismo sobre el terreno y muchos pastores. ¿No existe un problema en
la nominación de los obispos?
Es una pregunta
difícil la que me planteáis. Dejemos que el Espíritu Santo nos trabaje, nos
transforme y nos renueve. Pues es Él el que renueva verdaderamente la faz de la
tierra. Es Él el que da vida y santifica a la Iglesia. En lo que respecta al
segundo punto de vuestra pregunta, me gustaría simplemente dar esta
información. La lista de los nombres y de los candidatos al episcopado son
generalmente propuestos por la Conferencia Episcopal nacional. La Conferencia
Episcopal, consciente de los desafíos actuales, de la problemática de la
Iglesia de Francia y de la diócesis por cubrir, sugiere candidatos dignos e
idóneos. La nominación de un obispo es una enorme responsabilidad ante Dios y
ante la Iglesia. Los nombres de los candidatos al episcopado, en otros
términos, la “terna”, son presentados al nuncio apostólico. El nuncio
apostólico, después de haber obtenido la autorización del dicasterio
competente, procede a la encuesta sobre cada candidato. El nuncio y Roma confían enteramente en la conciencia, en
la rectitud y en la honestidad de las informaciones. Si todo se hace en el
temor de Dios y por el bien de la Iglesia, no hay razón para que la
contribución de los informadores no pueda ayudar al Papa a elegir buenos
obispos. Todo depende de la Iglesia local. Pero me gustaría también señalar que
a veces excelentes sacerdotes no están hechos para ser obispos. También ocurre
que un excelente sacerdote, una vez hecho obispo, llegue a ser irreconocible,
porque la autoridad, el ejercicio del poder, lo han modificado profundamente.
En lugar de ser un padre, un guía espiritual y un pastor, se convierte en un
jefe difícil y pobre en relaciones humanas.

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