Numerosas publicaciones nos hablan de las múltiples cualidades que encierra el Rosario como oración
cristiana: es escuela de fe y oración, porque nos enseña a creer y a rezar; es una plegaria que favorece la
conversación amistosa con Dios; nos introduce en la contemplación de los misterios de nuestra salvación; nos
ayuda a reposar nuestra imaginación, y, a veces, también nuestro cuerpo; es una lectura del Evangelio en clave
mariana; es «el resumen del Evangelio» (León XIII); es «el credo hecho oración» (Newman)…
Muchos
cristianos han afrontado las mayores dificultades de su vida recurriendo a esta sencilla oración; otros han
entrado en la muerte pasando entre sus dedos las cuentas de un rosario y murmurando el Padrenuestro, el
Avemaría o el Gloria.
Por la repetición incesante de las mismas fórmulas, gravita sobre esta oración el peligro de la monotonía.
Lo mismo ocurre con las demás cosas de la vida (comer, trabajar,…); se vuelven monótonas cuando olvidamos su objetivo(1) . La riqueza y novedad de cada Rosario bien rezado está, como en toda oración verdadera, en el
encuentro inédito con Dios que se realiza.
Hay dos interpretaciones encontradas de lo que debe ser el rezo del Rosario. Unos piensan que sin la
meditación de los misterios de la vida de Cristo, el Rosario se convertiría en una oración estéril (Pablo VI). En
cambio, otros estiman que la fuerza especial de esta oración está precisamente en el elemento que le falta, es decir, en la ausencia del elemento intelectual. Tomas Spidlik (2) , partidario de esta segunda opinión, piensa que
tal vez sea una equivocación el esfuerzo realizado por los libros que intentan suplir la carencia de este
elemento intelectual mediante métodos artificiales, recomendando la meditación de sus «misterios» cada
diez Avemarías. El Rosario es, según él, un modo de oración característico de la gente sencilla. En una de sus
obras interpreta acertadamente la experiencia de muchos orantes con las siguientes palabras:
«La gente sencilla reza de modo diferente. No se concentra en una cosa sino que trata de poner en relación
con Dios todo lo que viene a la mente. Piensa en los familiares, los frutos del campo, la salud. Y a todos esos
recuerdos se añade un Avemaría. Las 50 Avemarías del Rosario pueden servir para ir recordando todo lo que
pesa en el corazón. Evidentemente ese tipo de oración exige sencillez. Quien la ha perdido no puede rezar el
Rosario. Pero ha perdido más de lo que cree: el corazón sencillo está más cerca de Dios.
Un fenómeno característico de nuestro tiempo es el entusiasmo de algunos por la práctica oriental de la
«oración de Jesús». Sin duda, está bien saber pasar de los textos de la oración a las aplicaciones concretas en la
vida. Pero es igualmente saludable pasar de la vida, de los problemas que preocupan a nuestras mentes, y unirlos, por medio de una oración sencilla del corazón».(3)
No obstante, sería bueno conciliar ambas formas de entender el Rosario. Sin duda es posible unir en una
misma oración lo que «pesa en el corazón» con el amor a Dios y el recuerdo de los misterios mayores de
nuestra salvación, al tiempo que la recitación pausada del Padrenuestro y del Avemaría va creando un clima
verdaderamente orante. Pues los misterios vividos por Jesús, y presenciados tan de cerca por su madre, están
íntimamente ligados al misterio de nuestra vida por una especie de sintonía común. Como los misterios del
Rosario, nuestra vida está marcada por la alegría, el sufrimiento y la esperanza en las mejores promesas de
Dios para nuestro futuro.
El Rosario nos inunda de gozo al invitarnos a meditar, en primer lugar, el misterio de la encarnación de
nuestro Redentor. Éste es el acontecimiento fundamental de toda la historia de la salvación. Es, como dice J.
Eyquem, un misterio que no se añade numéricamente a ningún otro, pero que está presente y activo en todos
los demás, porque nos recuerda que Aquel que vive, muere y resucita es el Hijo de Dios que tomó nuestra
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carne; gracias a la encarnación, el misterio pascual recibe su poder y su sentido (4). Teilhard de Chardin se
expresaba de un modo semejante al decirnos que «el Rosario es un Avemaría dilatado, explicitado». Las
palabras del ángel de la anunciación que forman parte del Avemaría nos recuerdan constantemente la alegre
noticia de la preocupación de Dios por la humanidad que ha creado. Su preocupación le llevó a identificarse
Jubileo Dominicano 2006-2016 Contemplación y Predicación 8
con nuestra humanidad, haciéndose uno de nosotros, para levantarnos de nuestra postración y
comunicarnos la vida verdadera. La alegría que transmite este misterio está lejos de ser una alegría egoísta,
cerrada sobre sí misma, ajena al dolor del prójimo. Es la alegría que tiene su origen en el acercamiento de Dios
a la humanidad para traernos la paz, romper las ataduras de la esclavitud y sembrar la confianza.
En la vida de Jesús hubo también sufrimiento y muerte; no se trata sólo del dolor que produce nuestra
frágil naturaleza mortal, sino también del dolor de la incomprensión, del fracaso en la propia misión, de la
traición de los amigos, del desprecio de aquellos por quienes entregó su vida, del dolor que produce la
injusticia. Jesús tuvo que experimentar todo eso, a pesar de haber hecho de toda su vida una lucha contra el
sufrimiento ajeno en todas sus manifestaciones: curando, consolando, perdonando, resucitando. La vida de
todo ser humano está también marcada por el dolor físico y psíquico; por el dolor que uno sufre pasivamente,
por el sufrimiento que uno causa en los demás y por el dolor que uno intenta aliviar en uno mismo y en el
prójimo. Al recordar en el Rosario el sufrimiento de Jesús, nos sentimos profundamente interpelados y
alentados por la fuerza del amor que le movió a atravesar ese calvario. Pero, además, desde lo alto de la cruz
Jesús nos sigue invitando a ir a él para descargar en él todos nuestros agobios y sufrimientos, todas nuestras
cruces. Jesús nos invita a comunicarle nuestro dolor porque quiere compartirlo con nosotros.
La esperanza que impregna toda vida humana y la mantiene en tensión hacia el futuro, se convierte para el
cristiano en esperanza de la resurrección. Saber que la muerte no tiene la última palabra sobre nuestra vida ni
sobre la vida de aquellos a quienes queremos, nos hace vivir de otra manera. Nos abre a una esperanza
ilimitada. Nos asegura que un día podremos encontrarnos cara a cara con el Dios que nos sostiene y al que
ahora sólo podemos dirigirnos en la fe. Nos asegura la superación definitiva de nuestros límites, sufrimientos
y pecados. La presencia del Espíritu de Jesús en nuestra vida mantiene viva esta esperanza; adelanta ya algo
de lo que será el mundo futuro al hacernos experimentar el amor de Dios y al concedernos el amor con el que
también nosotros podemos amar a Dios, a nuestro prójimo y a nosotros mismos.
El Rosario nos lleva sin cesar de la oración a la vida y de la vida a la oración; convierte en oración toda
nuestra vida, la hace más llevadera e introduce a Jesús y a María en ella. Por eso sigue siendo una práctica
recomendable para todos los cristianos.
(1) Cf. J. DELAMARE, «Priez avec le Rosaire», La Vie Spirituelle 98 (1958) 530.
(2) Tomas Spidlik es profesor del Pontificio Instituto Oriental de Roma y uno de los mayores expertos mundiales de la espiritualidad del Oriente
cristiano.
( 3)Tomas SPIDLIK, El camino del Espíritu, Madrid 1998, pp. 141-142.
(4)J. EYQUEM, «Rosaire», Encyclopédie Catholicisme, hier, aujourd'hui, demain, t. 13, Paris 1993, c. 108.

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