El Rosario y la juventud

Fragmento del libro del Libro “El Rosario” 
Una colaboración de Lidia Elena Klein



por  Mons. Roberto Lodigiani 
(1915-1998)

“Les escribo a ustedes, jóvenes, porque son valerosos y la palabra de Dios permanece en ustedes y vencieron al maligno”. Así San Juan en su primera carta. (I Jn. 2,13).

Ciertamente que no es lo mismo hablar del Rosario a las almas consagradas, los ancianos, las personas que sufren o la familia, por citar algunos, que a la juventud. Si siempre el hombre tiende a ser independiente, más aspira a serlo en su juventud, cuando aún no ha hecho la experiencia de la vida y lo que ésta da en realidad al hombre. Mucho más, hoy. La liberación de Dios ha hecho los mayores estragos en ella, y no siempre la oración atrae a los que no han perdido todavía la fe. El espejismo de la vida falsea las imágenes y la que más destruye es, a no dudarlo, la de Dios. Así lo entendió el último Concilio Vaticano II al decirle a los jóvenes, hablando de sí mismo: “Al final de esta impresionante reforma de vida” (la que la Iglesia ha hecho para rejuvenecer su rostro), se vuelve a ustedes. Es para ustedes los jóvenes, sobre todo para ustedes, por lo que la Iglesia acaba de alumbrar en su Concilio una luz, luz que alumbrará el porvenir”.

Este libro, en pequeño, aspira a mantener esta luz encendida.

Que descubran los jóvenes la riqueza que se encierra en el Rosario y que descubran también que una de las fuerzas que tonificará su edad, es su rezo. No le ofrecemos grandes armas. Para ella, esta pequeña que se encierra en cincuenta “ave marías”. Jesús y María se encuentran en él. Allí hallará la razón de su oración. El por qué hacerla.

En el Rosario está Jesús bajo todas sus facetas. Ninguna de ellas tiene la más mínima imperfección. Es el Maestro atrayente de Galilea y el Conquistador de siglos de las almas. El que deslumbra cuando se lo descubre y el que arrastra cuando imanta. Tras Él han ido generaciones de jóvenes porque descubrieron, detrás de su persona, al único que podía darles la visión y la realidad de una vida nueva, hecha de conquista de sí mismo y de virtudes plasmadas en la vida que, al igual que todos, le tocó vivir.

Ahí está en el Rosario. En el silencio majestuoso de la oración y en la acción de su Espíritu que mueve al hombre a descubrirlo.

Si tú, joven, lo descubres, seas varón o mujer, habrás encendido un ideal en tu vida y María habrá sido “la causa de tanta alegría”.

Recuerda que Jesús en la hora suprema, entregó a su Madre a un joven: Juan Evangelista, y que en ese joven estaban presentes los jóvenes de todos los tiempos, que tendrían a María como Madre y a Jesús por ideal.

Nadie mejor que un joven puede comprender la Encarnación, esto es, el “Sí” de María y el “Don” del Verbo que se hace carne para darse por nosotros, ya desde el seno de su Madre.

La juventud se sintetiza por el don de sí. Está aún libre de ataduras. Posee la generosidad. No está amargada por los avatares de la vida. La ve siempre con una visión de transformación idealista que la hace apta para las mayores hazañas. Por eso es capaz de entender las grandes proezas de la historia. Ahí está la mayor: el don de Jesús y María por nosotros y la creación de un mundo nuevo del espíritu.

Es así. En ese mundo pequeño del Rosario se esconde la realidad de una vida; se nutre un ideal y se modela un alma a imagen de Jesús por obra de su Espíritu.

A la juventud hay que convencerla de que para lograr el ideal superior de Jesús, sola nada puede. Que necesita imperiosamente de la gracia y la intercesión de Jesús para esta renovación. Pero que necesita orar y que la oración hecha en común ayuda enormemente a vivir una vida nueva. Por eso debe descubrir el Rosario, no como algo monocorde o de rutina, sino como su arma favorita, empuñada con sus manos, llevada en sus bolsillos o sus carteras, las cuentas gastadas por sus dedos, para la gran batalla que hay que dar para hacer un mundo nuevo. Que en sus misterios, mejor en la vida de Cristo que desfila a través de ellos, se dé a sí misma una razón que la conforme para traducirla en su vida hecha ideal y trasmitirla a los demás. Una juventud que ora pero que sabe por qué lo hace. Que se reúne para el Rosario como quien encuentra allí el entrenamiento interior para sus luchas, empuña el Rosario con un por qué y para qué. Juventud que ha aprendido a ponerse de rodillas para recibir gracia y fuerza, es juventud que sabe estar de pie para luchar por la conquista de sí misma y del mundo para Cristo. Para vivir la pureza a semejanza de Jesús y de María. Es que la pureza y la castidad siguen siendo realidad y teniendo vigencia en la Iglesia y en los que siguen a Cristo.

La juventud debe convencerse que debe orar. Que en los caminos de Dios no bastan las solas fuerzas naturales, las condiciones personales, la organización como sistema, sino que le es necesaria su gracia, su ayuda, para hacer un mundo sobrenatural. El mundo de Dios. “La civilización del amor”. Este universo no se puede hacer sin Él, porque es suyo y Él quiere que nosotros seamos sus instrumentos para construirlo. Debe aprender que es cierto lo que dice Dios que: “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican” (Sal. 126,1). La casa que construimos es de Dios. Es su reino y esto no se puede hacer sin Él.

“Renace en el corazón de la generación actual una necesidad, una orientación, una simpatía hacia cualquier forma de oración. Tal vez nos encontramos todavía en los albores de una aspiración espiritual, extraña si se quiere, pero humanísima; y en quienes han dirigido sus pasos por el sendero de la auténtica espiritualidad cristiana, el alba resplandece ya con la luz matutina y primaveral: ¡Qué bello, que auténtico, qué sabio es rezar!”.

Orientémosla, entonces, hacia una forma antigua y nueva de oración, que no pierde actualidad y que cuando prende en el corazón de los jóvenes, arrastra. El Rosario, puesto en sus manos, no es para adormecerlos. Hacerlos, simplemente, más piadosos. Ponerles una cadena entre sus manos para que no se nos escapen. Es la gran arma de amor por la que experimentan qué cierto es lo que afirma San Pablo: “Cuánto más débil soy, más fuerte soy, no yo, sino la gracia de Dios en mí” (II Cor. 12,10). Esa gracia viene de la oración. El alma se robustece. La voluntad se hace firme y constante. La cobardía se aventa para afrontar con coraje los problemas que presentan no sólo la edad, sino las actividades apostólicas y la consagración juvenil de una vida a Dios.

Deben tener la seguridad de que no pierden virilidad, libertad, alegría. Encuentran para su juventud –si creen en la fuerza incontrastable de la oración- como una necesidad para ser un auténtico cristiano que vive su bautismo; la fuerza que da Cristo, por la intercesión de María, para afrontar todos aquellos problemas que son propios de la edad como para fortalecer la esperanza en el ideal que se han trazado. Pero si además descubren, como dijimos que el Rosario está centrado en la Encarnación y que ésta encierra el acto más maravilloso de generosidad tanto de Dios como de una creatura, que es María, se li habrá abierto para su generosidad juvenil un horizonte insospechado. Es que la juventud es donación de sí misma, entrega sin cálculo, y necesita ver encarnada esa  nobleza y donación en otros seres cuyas huellas puedan seguir. Entonces es cuando ve encarnado su ideal y se da a él con la alegría juvenil y la apertura que es propia de quien es capaz de darse sin esperar nada en retorno. La Encarnación –volvemos a decir- es eso: entrega, generosidad. Asumir hasta las últimas consecuencias la voluntad del Padre que quiere que su Hijo se encarne y entregue su vida por sus hijos. Ver la fe viva de María –que consciente de lo que hace- se entrega a Dios para cooperar con Él en la salvación del hombre. Es Dios Espíritu Santo realizando en Ella la obra de los siglos: Jesús.

Es siempre actual el aforismo de Claudel: “La juventud no ha sido hecha para el placer sino para el heroísmo”. Cuando la Encarnación se comprende como la base de la inmolación de Jesús por un ideal, siempre habrá jóvenes que entregaran sus vidas por su causa y siempre habrá generosidad y heroísmo sobre la tierra para la causa de Dios y muchachos y chicas que tomen las banderas de Cristo para iluminar con sus verdades a los hombres.

Habrán aprendido que rezar el Rosario no es un rito, ni una simple práctica piadosa. Habrán comprendido que sólo unidos a Cristo y siguiendo sus pasos, se podrá hacer un mundo nuevo y formar instrumentos de bien para los hombres.

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