La Madrecita y el indígena

Fuente: Alfa & Omega

Cuando los primeros misioneros llegaron a Qutaqhawanaa orillas del lago Titicaca, en 1565, encontraron un lugar marcado por la religión inca, en el que se purificaban las personas que visitaban las cercanas islas sagradas del Sol y de la Luna. 

Menos de 20 años después, Copacabana, en la actual Bolivia, contaba con una de las primeras advocaciones marianas surgidas en América. La imagen que le dio origen, además, había salido de las manos de un descendiente de la nobleza inca: Francisco Tito Yupanqui.

Movido por su amor a María, Yupanqui había modelado, en arcilla, una imagen de la Candelaria. El sacerdote la colocó en un lateral del templo pero la escultura, más que devoción, despertó burlas por su poca calidad. Otro sacerdote, llegado poco después, la retiró. 

Dolido, Francisco se trasladó a Potosí para aprender el oficio y elaborar una imagen más digna. No le fue fácil: «El devoto indio lloraba su insuficiencia, afligíale la dificultad, animábale el deseo, consolábale la esperanza, y a todo recurría con lágrimas a la Madre de Dios», escribió, en 1653, el agustino Fray Antonio de la Calancha. Oraba y ayunaba, y «mandó decir una Misa a la Santísima Trinidad para que le alumbrase y favoreciese ». Muchos, incluido el obispo –a pesar de ser «prelado piadoso y amparo de indios»– le sugirieron dejar este empeño «para españoles maestros». 

Pero «ninguno de estos vaivenes y menosprecios desmayó el pecho del devoto indio, antes, a lo que él dice, se sentía más inflamado. Mientras más padecía, más se acrisolaba» su fe. Después de varios fracasos y accidentes, Francisco concluyó su versión definitiva de la imagen el mismo día que el obispo autorizó la fundación de una cofradía mariana. 
Talla original, sin la ropa y atavíos

Sin embargo, parte de la población indígena, de un grupo rival de aquel al que pertenecían los promotoresde la cofradía, pusieron la condición de que no se usara la imagen de Francisco. Ante este último golpe, el aspirante a escultor decidió venderla en otro lugar. 

Justo entonces, comenzó a extenderse la fama de que, de la imagen, salía un brillo especial. Se enteró el regidor de Copacabana de que varios pueblos se la disputaban, y puso mucho empeño en que llegara al lugar para el que había sido hecha. Se consiguió, por fin, el 2 de febrero de 1583, día de su fiesta. Y la acompañaron, hasta la iglesia de Copacabana, un nutrido grupo de indígenas, de uno y otro grupo.

La imagen, vestida como una princesa inca, ha tenido desde el primer día fama de milagrosa. «Siempre ha estado cuidando de los indígenas con su manto sagrado, viendo que tengan buenas cosechas y buena pesca –explica María Luisa, boliviana originaria de La Paz y residente en España–. Es la Madrecita, la Reina de Bolivia».

Además del 2 de febrero, también se celebra su fiesta el 5 de agosto. Pero «cuando más se siente la devoción es en Semana Santa, porque la gente aprovecha los días de fiesta para peregrinar desde La Paz. Familias enteras, niños, ancianos...» recorren, a pie, una distancia de 140 kilómetros para pedirle favores a la Virgen y agradecerle las gracias recibidas.

Es una efigie de poco mas de cuatro pies modelada enteramente en pasta de maguey y terminada en estuco. El cuerpo de la imagen está totalmente laminado en oro fino y en sus ropajes se reproducen los colores y las vestiduras propias de una princesa inca.  Su forma original permanece permanentemente cubierta por hermosos mantos y trajes. Su pelo es largo sobre sus hombros. 

Con el paso del tiempo los fieles donaron para adorno de la imagen, gran cantidad de valiosas joyas. La "Coyeta", como la llaman los quechuas y los aimaraes lleva al cuello, en las manos y el pecho ricas alhajas, y de sus orejas cuelgan valiosos pendientes de piedras preciosas obsequiados por sus devotos.  En su mano derecha sostiene un canastillo y un bastón de mando, regalo y recuerdo de la visita que en 1669 le hizo el virrey del Perú.

La imagen original nunca sale de su santuario y para las procesiones se utiliza una copia de la misma. Los  visitantes salen de la basílica caminando hacia atrás, con la intención de no darle la espalda a su querida patrona.

Desde Bolivia, esta devoción se extendió a otros países de América, como Brasil. La playa de Copacabana, en Río de Janeiro, no era, en el siglo XVII, más que un arenal. En él se construyó una pequeña iglesia en honor de la Virgen, con una imagen traída por comerciantes de plata peruanos. 

El templo que dio nombre a la playa desapareció; pero seguro que la Madrecita seguirá acompañando de forma especial a los jóvenes que lleguen a su playa para celebrar tres de los actos centrales de la JMJ.