La excelencia del Rosario...

...según Romano Guardini
por el Prof. Alfonso López Quintás
Fuente: Alfa&Omega

Debido a su profundo espíritu cristiano, a su afán de buscar incondicionalmente la verdad y a su profunda estima de los grandes escritores místicos, Romano Guardini aprecia sobre toda medida la vida de oración, entendida como el empeño de ir a Dios con toda el alma. «Tenemos que volver a aprender que no es sólo el corazón el que debe rezar, sino también la mente. El mismo conocimiento ha de convertirse en oración, en cuanto la verdad se hace amor», escribe.

Para rezar con esta autenticidad debemos abrirnos a la presencia del Señor que nos sale al encuentro, adoptar una actitud de servicio y obediencia, fomentar el espíritu de entrega, valorar muy alto la palabra dicha con amor. Lo expone Guardini con admirable precisión en la oración si- guiente, pronunciada en la iglesia de San Canisio, de Berlín, en el ambiente dramático producido por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial:
«Enséñame, Señor, a ver que sin oración mi interior se atrofia y mi vida pierde consistencia y fuerza. (...) Dame seriedad y decisión firme, y ayúdame a aprender, venciéndome a mí mismo, lo que hace falta para salvarse. Pero llévame también a tu santa presencia. Enséñame a hablarte con la seriedad de la verdad y la intimidad del amor».
Todo el trabajo de Guardini como escritor y guía de la juventud se inspiraba en la oración y tendía a la oración como a una meta. «A la larga, es imposible creer sin orar, como no se puede vivir sin respirar». Esta frase condensa el mensaje que nos da Guardini en su bellísima Introducción a la vida de oración. A su entender, la oración auténtica consiste en colaborar a que surja un espacio de presencia, un ámbito de encuentro con el Señor. «Cuando el hombre se confía a Jesucristo, llega en verdad a la presencia de Dios. Esto se realiza en la oración recta y auténtica. En ella se llega a la santa presencia de Dios. Merced a ella, despierta en la interioridad del hombre no sólo la profundidad religiosa humana, en general, sino el nuevo corazón de los hijos de Dios, corazón renacido y configurado por la gracia. En este espacio vital se muestra la realidad de Dios».
Guardini estaba plenamente convenci-do de que, para el ser humano, la vida de oración es tan importante en el aspecto espiritual como, en el biológico, abrirse al exterior con el fin de respirar y cobrar energías. «El espacio de la oración se constituye en la presencia del hombre ante Dios. Se asemeja, por ejemplo, al espacio vital en que están situadas dos personas cuando se hallan en una auténtica relación yo-tú. Este espacio interpersonal se crea merced a la estima, el respeto y el amor que ambas per- sonas se profesan mutuamente, y es tanto más amplio y profundo cuanto más lo son estas actitudes interpersonales», añadía.

Al entrar en ese espacio vital, el hombre participa de la vida de Dios, y la fuerza de Dios entra en su alma y ésta vive «desde la fuente de la energía». Rezamos por la mañana para «renovarnos desde Dios»; elevamos el corazón a Dios por la noche para que todo lo vivido durante el día «se resuelva en confianza y agradecimiento». Al salir de casa, comenzar una oración o iniciar una acción significativa, nos signamos con toda seriedad, conscientes de que, con ello, inscribimos todo nues- tro ser y nuestro obrar en el ámbito sagrado abierto por las tres personas de la Trinidad y nos disponemos a vivir trinitariamente. Este ámbito se abre al hacer la señal de la cruz con plena conciencia de lo que significa: « Haz la señal de la cruz despacio, con la mano y con la mente –nos sugiere Guardini en Cartas sobre la formación de sí mismo–; hazla amplia, de la frente al pecho, de hombro a hombro. ¿No sientes cómo te abraza por entero? Procura recogerte; concentra en ella tus pensamientos y tu corazón, según la vas trazando, y verás que te envuelve en cuerpo y alma, se apodera de ti, te consagra y santifica... Entonces sentirás lo fuerte que es».

Al hablar de la oración, Guardini no alude sólo a una actividad de mera súplica o de consideración intelectual de verdades sobrenaturales; habla, sobre todo, de la transformación interior que experimenta el creyente cuando se decide a «encontrarse lúcida y comprometidamente con Dios». Y añade: «Las buenas oraciones tienen una tarea importante; deben formarnos interiormente. Proceden de la palabra de Dios o de hombres santos. Cuando las rezamos, debemos sumergir nuestra alma en ellas. De ese modo, forman nuestro pensamiento y nuestra expresión, nuestra manera de ver las cosas y toda nuestra actitud interior».

Este esfuerzo de transformación espiritual une en su raíz todas las formas de oración: las litúrgicas y las populares, las comunitarias y las privadas. Al pedirle un día su opinión sobre la primacía de unas formas de oración sobre otras, me contestó, sin vacilar, que, tras la publicación de El espíritu de la liturgia, se apresuró a escribir el Via Crucis y El Rosario de Nuestra Señora –dos formas tradicionales de piedad popular–, para dejar bien claro que el alma creyente necesita vías distintas para llegar a Dios.


El Rosario, espacio de intimidad y elevación religiosa

El Rosario es una forma de oración que repite insistentemente diversas plegarias, con voluntad de crear un clima de contemplación en torno a los misterios de la vida de Jesús y de María. Lo que se intenta, ante todo, en ese rezo es estar con el Señor en compañía de María; alabarle y suplicarle una y otra vez, y crear así un espacio de oración. Al rezar el Rosario de forma suplicante y contemplativa a la par, nos sumergimos en el ámbito de vida espiritual for- mado por el encuentro de Jesús y María, espacio viviente de donación y receptividad, iluminación y comprensión, amistad y paz.

Esta forma de oración nos instala en la encrucijada impresionante de dos ámbitos sagrados: la vida de Jesús y la de María. Permanecer en este ámbito de adhesión espiritual íntima nos produce un sentimiento de plenitud gozosa, pues los seres humanos necesitamos vernos acogidos en ámbitos de vida plena. Sobre todo cuando nos vemos desvalidos, faltos de hogar espiritual y descentrados como personas, nos conforta sobremanera entrar en un reino donde impera el amor incondicional y la entrega. El Rosario nos ofrece este espacio de reposo y acogimiento, en el cual permanecemos tranquilos en un clima de amistad y confianza.
«Permanecer en él hace bien», indica Guardini, que debió, en cierta manera, al Rosario su vocación sacerdotal. Nos hace bien porque, al instalarnos en ese cruce de vidas santas, abrimos un espacio interior propicio para acoger la vida divina. Si queremos rezar debidamente el Rosario y darle todo su valor, hemos de reposar el ánimo y ajustarlo al ritmo de una repetición creativa, bien seguros de que no nos limitamos a insistir en lo mismo, sino que creamos un ámbito de súplica, de contemplación, de inmersión en el ámbito de la vida divina.

Las palabras, al ser repetidas con esta intención creativa, se convierten en vehículos de una realidad nueva que las sobrevuela: el espacio de meditación, súplica y veneración que se está fundando. Las palabras pronunciadas durante el rezo del Rosario se vuelven, en algún modo, transparentes y dan libertad a nuestro espíritu para vivir una vida espiritual intensa y variada: podemos imaginarnos escenas del Nuevo Testamento y vivirlas comprometidamente, expresar sentimientos, hacer peticiones, elevar el corazón a la Trinidad en el Gloria, intensificar la unión con Jesús en el Padrenuestro, unirnos estrechamente a la Madre en el Avemaría... En verdad, la oración es «el ámbito más íntimo de la vida cristiana».


Valor expresivo de la repetición en el lenguaje poético

La repetición es, desde los antiguos griegos, una categoría estética muy fecunda, y, como tal, una fuente inagotable de belleza y expresividad. Repetir un contenido es impertinente en el lenguaje prosaico o signitivo. Resulta, en cambio, sumamente elocuente en el lenguaje poético, creador de ámbitos expresivos.

En un claustro monástico, cada columna tiene, a veces, un mensaje propio merced a la expresividad del capitel. Pero su función en el conjunto del claustro supera con mucho ese mensaje individual. Participa en la creación de un ámbito de calma y armonía, al hilo de una marcha sosegada y, a menudo, silenciosa. La función esencial de columnas y arcos es ritmar nuestro paso para crear un clima de sosiego. Si queremos vivir el claustro, hemos de recorrerlo pausadamente, con el ritmo que nos marcan las columnas y los arcos, y bien atentos al ámbito de paz que contribuyen a crear. Visto con la debida sensibilidad, el claustro nos habla poéticamente y nos invita a la participación.

En el Gloria de su gran Misa en si menor, Juan Sebastián Bach repite 33 veces «Et in terra pax hominibus bonae volunta- tis», no para insistir en un mismo contenido, sino para sumergirnos en el ámbito de paz que Jesús nos ofrece. El lenguaje poético encarna aquello que dice, lo plasma en ámbitos expresivos y nos invita a morar en ellos.

De forma análoga, al rezar el Rosario repetimos diversas plegarias una y otra vez para instaurar un ámbito de piedad, de sosegada meditación e invocación reposada, y permanecer activamente en él. Rezar así –indica Guardini– requiere una paciencia amorosa, como la de quien se adentra en una realidad excelsa y no ceja hasta que la conoce de cerca y la convierte en su hogar. Quien oriente su vida hacia lo santo y sumerja su alma en el rezo del Rosario descubrirá pronto la excelencia de esta oración y su poder para elevar nuestro espíritu y transformarlo.

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