Mes de María: Día 29

Muerte dichosa de san Estanislao de Kostka
(de San Alfonso Mª de Ligorio: Las Glorias de María)

Mientras vivía este santo joven, consagrado por completo al amor de María, sucedió que el primero de agosto de aquel año oyó un sermón del P. Pedro Canisio en el que éste, predicando a los novicios de la Compañía de Jesús, inculcó a todos el gran consejo de vivir cada día como si fuera el último de su vida, después del cual dijo san Estanislao a sus compañeros que aquel consejo tan especial para él había sido como la voz de Dios, pues iba a morir ese mismo mes. Dijo esto o porque Dios se lo reveló o porque tuvo una especie de presentimiento interior, como se verá por lo que acaeció.

Cuatro días después fue, en compañía del P. Sa, a Santa María la Mayor, y hablando de la próxima fiesta de la Asunción le dijo: “Padre, yo pienso que en ese día se ve en el cielo un nuevo paraíso al contemplarse la gloria de la Madre de Dios coronada como reina del cielo y de la tierra y colocada muy cerca del Señor sobre todos los coros de los ángeles. Y si es verdad que todos los años, como lo tengo por cierto, se renueva la fiesta en el cielo, espero presenciar la de este año en el paraíso”.

Habiéndole tocado en suerte a san Estanislao por su protector del mes el glorioso mártir san Lorenzo, ese día escribió una carta a su madre María en que rogaba le obtuviera la gracia de contemplar su fiesta en el paraíso. El día de san Lorenzo comulgó y suplicó al santo que presentara aquella carta a la Madre de Dios interponiendo su intercesión para que María santísima le escuchase. Y he aquí que al terminar el día tuvo un poco de fiebre, que aunque ligera él tomó como señal cierta de que había obtenido la gracia de la próxima muerte. Al acostarse dijo, sonriente y jubiloso: “Ya no me levantaré de esta cama”. Y al padre Acquaviva le añadió: “Padre mío, creo que san Lorenzo me ha obtenido de María la gracia de encontrarme en el cielo en la fiesta de la Asunción”.

Pero nadie hizo caso de estas cosas. Llegó la vigilia de la fiesta y el mal seguía leve, pero el santo le dijo a un hermano que la noche siguiente ya estaría muerto, a lo que el hermano le respondió: “Más milagro se requiere para morir de tan pequeño mal que para curar”. Pero pasado el mediodía le asaltó un mortal desfallecimiento, con sudor frío y decaimiento general de fuerzas.

Acudió el superior, al que Estanislao suplicó le hiciera poner sobre la tierra desnuda para morir como penitente. Para contentarlo, lo pusieron en el suelo sobre una estera. Luego se confesó y recibió el santo viático, no sin lágrimas de los presentes, pues al entrar en la estancia el Santísimo Sacramento lo vieron resplandeciente y destellando por los ojos celestial alegría y la cara inflamada de santo ardor que lo asemejaba a un serafín.

Recibió también la santa unción, y entre tanto alzaba los ojos al cielo y otras veces contemplaba y estrechaba con afecto contra su pecho la imagen de María. Le dijo un padre que para qué aquel rosario en la mano si no podía rezarlo, y le respondió: “Me sirve de consuelo siendo cosa de la Virgen María”. “Cuánto más –le respondió el padre– le consolará el verla y besar su mano en el cielo”. Entonces el santo, con el rostro arrebolado, elevó las manos, manifestando de ese modo el ansia de encontrarse presto en su presencia.

Luego se le apareció su amada Madre, como él mismo lo declaró a los presentes, y poco antes del alba del día 15 de agosto expiró sin estertores, como un santo, con los ojos fijos en el cielo. Los presentes le acercaron la imagen de la Virgen y viendo que no hacía ninguna demostración comprendieron que su alma había volado al cielo junto a su amada Reina.

Oración confiando en la protección de María
María, señora y madre nuestra,
has dejado la tierra y subido al cielo,
donde estás sentada como reina
sobre los coros de los ángeles.
Como de ti canta la Iglesia:
”Has sido exaltada sobre los coros angélicos
en el reino celestial”.

Nosotros, pecadores, sabemos
que no somos dignos de tenerte
en este valle de tinieblas.
Pero sabemos también que en tu grandeza
no te has olvidado
de nosotros, miserables pecadores;
y con ser sublimada a tanta gloria,
no se ha perdido sino acrecentado
tu compasión hacia nosotros,
los pobres hijos de Adán.

Desde tu excelso trono de reina
vuelve, María, hacia nosotros
esos tus ojos misericordiosos
y ten piedad de nosotros.
Recuerda que al dejar esta tierra
prometiste acordarte de nosotros.
Míranos y socórrenos.
Ya ves cuántas tempestades
tendremos que arrostrar
hasta que lleguemos al final de nuestra vida.

Por los méritos de tu asunción, consíguenos
la santa perseverancia en la amistad divina
para que salgamos finalmente de este mundo
en la gracia de Dios
y así podamos llegar un día
a besar tus plantas en el paraíso
y, unidos a los bienaventurados,
alabar y cantar tus glorias
como lo mereces. Amén.

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