Mes de María: Día 25

Visión de Sor Dominica del Paraíso
(de San Alfonso Mª de Ligorio: Las Glorias de María)

Se lee en la vida de Sor Dominica del Paraíso, escrita por el P. Ignacio de Niente, dominico, que en un pueblecito llamado Paraíso, cerca de Florencia, nació esta virgencita de padres pobres. Desde muy niña comenzó a servir a la Madre de Dios. Ayunaba en su honor todos los días de la semana y los sábados daba a los pobres el alimento que se había quitado de la boca, y esos mismos días recogía en el huerto y por los campos todas las flores que podía y se las ponía a una imagen de la Virgen con el niño que tenía en casa.


Veamos con cuántos favores recompensó esta agradecidísima Señora los obsequios que su sierva le ofrecía. Estaba un día, cuando tenía los diez años, asomada a la ventana, cuando vio en la calle una señora de noble aspecto y un niño con ella, y los dos extendían la mano en gesto de pedir limosna. Fue a buscar el pan, y sin que abriera la puerta los vio delante de sí, y advirtió que el niño traía llagados el costado, los pies y las manos.

“Decidme, señora –preguntó Dominica–, ¿quién ha maltratado a este niño de tal modo?” Repuso la madre: “Ha sido el amor”. Dominica, encantada de la incomparable belleza y angelical modestia del niño le preguntó si le dolían mucho las llagas. El niño le respondió con una celestial sonrisa. La señora, mirando una imagen de María con el niño en los brazos, preguntó a Dominica: “Dime, hija mía, ¿quién te mueve a coronarla de flores?” “Me mueve, señora –respondió la niña– el amor que tengo a Jesús y a María”. “¿Cuánto los amas?” “Los amo cuanto puedo”. “Y ¿cuánto puedes?” “Cuanto ellos me ayudan”. “Prosigue, hija mía –acabó diciendo la señora–, prosigue amándolos, que ya verás cómo te lo premian en el cielo”.

La niña comenzó a sentir n suavísimo olor que salía de las llagas del niño. “Señora –preguntó a la madre–, ¿con qué ungüento le ungís las llagas? ¿Se puede comprar?” “Se puede comprar –le respondió la señora– con fe y buenas obras”. Entonces Dominica le ofreció un pan. “Este niño –repuso la madre– se alimenta con amor; dile que amas a Jesús, y te colmará de gozo”. El niño, al oír la palabra amor, se mostró muy contento y dirigiéndose a Dominica le preguntó: “¿Cuánto amas a Jesús?” “Le amo tanto –contestó la niña– que día y noche estoy pensando en él y todo mi afán es darle gusto en todo lo que pueda”. “Ámalo mucho –respondió el niño– que el amor te enseñará lo que debes hacer para agradarle”.

Se iba acrecentando la intensidad del aroma de las llagas, hasta que Dominica, fuera de sí, exclamó: “Dios mío, esta fragancia me va a hacer morir de amor. Si tan suave es este aroma, ¿cómo será el del paraíso?” De pronto, se trocó la escena: la madre apareció ataviada como una reina vestida de clarísima luz; el niño muy hermoso y bello, del todo resplandeciente. Tomó las flores de la imagen de la Virgen y las esparció sobre la cabeza de Dominica. Ella, al reconocer a Jesús y a María, se postró en tierra como extasiada, adorándolos.

Andando el tiempo, la joven tomó el hábito de santo Domingo. Murió en olor de santidad el año 1553.

Oración de entrega total a Dios
Santa María, que desde niña,
fuiste la criatura más amada de Dios.
Así como al presentarte en el templo
te consagraste pronto y del todo,
a la gloria y amor de tu Señor,
así quisiera yo ofrecerte
los primeros años de mi vida,
y consagrarme por entero a tu servicio,
santa y dulce Señora.

Pero son vanos mis deseos
cuando he perdido tantos años
sirviendo al mundo y sus caprichos
despreocupado de Dios y de ti.
Detesto el tiempo en que viví sin amarte.
Pero mejor comenzar tarde que nunca.

Ante ti me presento, María,
y me consagro para siempre a tu servicio.
Como tú, quiero entregarme al Creador.
Te consagro, Reina mía, mi entendimiento
para pensar siempre en el amor que mereces,
te consagro mi lengua para alabarte
y mi corazón para amarte.

Acepta, Virgen bendita, la ofrenda
que este pobre pecador te presenta.
Acéptala por la inefable alegría
que sintió tu corazón
al consagrarte a Dios en el templo.
Si tarde me pongo a servirte,
debo recuperar el tiempo perdido
redoblando mi amor y mis obsequios.

Ayúdame con tu poderosa intercesión.
Madre de misericordia, fortalece mi flaqueza;
alcánzame de Jesús perseverancia
y valor para serte siempre fiel.
Que habiéndote servido en esta vida,
pueda ir a bendecirte
y alabarte por siempre en el cielo. Amén.

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