La Misa


La Importancia de la Misa
por el Dr. Jorge Lobo Aragón


Nos acostumbramos a la misa; la vivimos distraídamente, aún al momento de la Eucaristía que, como dice el concilio Vaticano II, es la cumbre de la vida cristiana. Tenemos que saber que en la misa estamos unidos a Jesús y entre nosotros, no por un deseo nuestro, no por la intención que nosotros pongamos sino porque ahí hay un misterio, una realidad que nos supera: porque Dios lo quiere.

El Señor en la última cena celebra con sus apóstoles el banquete pascual. Era una oportunidad en que los judíos acostumbraban rezar salmos y hacían una solemne acción de gracias. Esa solemne acción de gracias es el origen del canon actual de la misa. Pero aquella ocasión Jesús sorprendió a todos, de sobremesa, con gestos nuevos, con palabras nuevas que no estaban en la liturgia judía. El Señor consagró su propio cuerpo y su propia sangre anticipando el sacrificio que tendría lugar el día siguiente, en el Calvario.

A este “embrión” de la misa la Iglesia lo ha ido completando a lo largo de los siglos, agregando unas oraciones, quitando otras. Aquella oportunidad se hizo el lavatorio de los pies, que no hacemos hoy, pero es evidente que debemos conservar el espíritu con que el Señor lo hizo: esa actitud humilde de servicio a los demás, de preocupación por los otros, de entrega, que nos recuerda que debemos ser un don para los demás.

Tenemos que tomarnos el tiempo necesario para examinarnos: cómo es mi misa; tengo o no una actitud participativa. Tenemos que preparar el alma para cada misa. Mientras vamos a la iglesia tratar de convertirnos a esa realidad que vamos a vivir, que es importantísima y que – evidentemente – nunca vamos a comprender en su plenitud.

La misa no es perfecta porque técnicamente la conozcamos y sepamos cuándo hay que pararse y cuándo arrodillarse, sino porque interiormente estamos dispuestos a formar con los otros el Cuerpo Místico de Cristo, aunque sea una iglesia en la que no conozcamos a nadie, en la que entremos por primera vez. Esta disposición a la unidad es mucho más importante que el cantar juntos y que el ponernos de pie y que todas las actitudes exteriores, porque es comprender que, como Jesús, tenemos que estar abiertos a los demás, que nuestra vida no es solo nuestra; que no podemos apropiarnos de nuestra vida de manera egoísta sino compartirla con los demás.

Comenzamos la misa presentándonos ante el Señor y ante la comunidad eclesial con la mayor humildad: hemos pecado. Somos débiles y lo reconocemos públicamente. Lo reconoce el sacerdote, lo reconoce el obispo y lo reconoce el papa. Normalmente, en la vida no hacemos esto. Ocultamos nuestros defectos, nuestras flaquezas; las disimulamos. En cambio en la misa comenzamos con un acto de sinceramiento: “Antes de celebrar estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados”. Antes de empezar, antes que nada, tenemos que ponernos delante del Señor con nuestras llagas tales como son. No le hablemos a Dios del pecado en abstracto; le hablemos de nuestros pecados, del mío que Dios conoce y que yo reconozco. Y le digamos: “Señor, Tú que has curado a tantos, ayúdame a salir de esto. Quien mejor que Tú, que eres mi Padre y que me amas”.

Después los kiries; después esa oración que se llama “regia” porque pedimos por lo verdaderamente importante, nuestra salvación por los méritos de Jesucristo. Normalmente en la misa de los domingos sigue el Gloria y después preparamos el alma para acoger en nosotros la palabra de Dios: liturgia de la Palabra. Las lecturas y luego el Evangelio que nos pone en contacto con lo que Jesús hacía y decía. El Evangelio es una riqueza que el Señor nos ha dejado, no para que la oigamos ni para que la aprendamos de memoria sino para que la hagamos vida. Y cuanto más la conocemos, y cuanto más la vivimos, más riqueza le encontramos.

La homilía; y el Credo. En el Credo toda la comunidad, que ya ha escuchado el mensaje del Evangelio, dice: “compartimos esa fe”.

Con la oración de los fieles abrimos el alma a todas las necesidades, porque no podemos despreocuparnos de nuestros hermanos. Sus necesidades son mis necesidades.

La procesión de las ofrendas tiene un origen muy antiguo. En tiempos en que los fieles se acercaban al altar llevando sus ofrendas de pan y vino, y también de frutas, miel, aceite, queso, leche, verduras para ayudar a los pobres, los diáconos llevaban todo, ponían el vino en un recipiente grande y el pan sobre un lienzo, dejaban a un costado los alimentos y se lavaban las manos. Este es el origen del lavatorio de los dedos que hace el celebrante en la misa. Esta ceremonia de procesión con todos los víveres fue suprimida en la Edad Media por la dificultad de manejar una concurrencia numerosa. Se la ha reinstalado en forma simplificada, simbólica, en las misas actuales.

Después el celebrante presenta el pan y el vino y nos presentamos nosotros, con nuestra realidad de “hombres viejos”’, como dice San Pablo, para ser convertidos en hombres nuevos, en otros Cristos. Por la misma fuerza de la consagración del pan y el vino, vamos a convertirnos también nosotros.

En el prefacio decimos que es nuestro deber y salvación dar gracias siempre y en todo lugar. Si tenemos el corazón oprimido, esto ilumina nuestro momento de dolor. Jesucristo no es el “remediador de situaciones” sino el consolador. Sabe lo que necesitamos y lo quiere conceder porque es, sobre todo, padre.

En la consagración le pedimos a Dios que venga y nos convierta para que podamos convertir a nuestros hermanos; para ser instrumentos de conversión, para que los demás crean, se convenzan de que Dios sigue amando a los hombres. Dios ama a mis padres, a mi marido, a mis hijos, a mis amigos, a mis vecinos, a mi mucama. ¿Cómo van a saberlo ellos?: viendo cómo los amo, cómo los considero, con qué seriedad lo tomo. Cada cristiano es un instrumento que Dios tiene para llegar a los demás.

Pedimos por la Iglesia, por todo el mundo y después por los difuntos, parte también de la Iglesia, la Iglesia purgante; después por los que estamos ahí, y terminamos con esa explosión de alabanza: con Él, por Él y en Él.

Después viene la comunión, que es unión con el Padre y con los hijos de ese Padre. Este momento de la Comunión comienza con el Padrenuestro, que rezado en esta circunstancia tiene la función de potenciar una actitud de comunión. Soy hijo de Dios y hermano de los hombres. He muerto al hombre viejo en la consagración y he nacido al hombre nuevo, el hombre del Padrenuestro, hijo de Dios, amigo de Dios y amigo de todos los hombres por quienes Jesús muere. Y cada uno de nosotros recibe al Señor que nos entrega la esencia de su vida trinitaria, tal como es la vida trinitaria. En la Santísima Trinidad el Padre no afirma orgulloso su paternidad: la pierde muriendo, desapareciendo en el Hijo, y el Hijo en el Padre en una relación fortísima, inmensa, eterna, infinita, que es el Espíritu Santo. Dios, a través de la Eucaristía, quiere transmitirnos esto, hacernos capaces de este esfuerzo de unidad. Si esta actitud de unidad no ha ido creciendo durante la misa, si no hemos ido preparando el alma, si no hay en nosotros el “clima” adecuado, nuestra alma no es un lugar adecuado para que el Señor pueda estar. Estamos en una pasividad somnolienta y aburrida y no en una comunidad viva en la que se concrete nuestra redención. La comunión es el alimento para dinamizar nuestra vida. No recibimos a Jesús con la lengua sino con el alma, un alma hermanada con todos. Jesús se ha quedado en la Eucaristía para ser mi alimento, mi alimento, mi fortaleza. La mía. El amor de Dios es personal.

“La Eucaristía” -dice Juan Pablo II- “es un encuentro amoroso con Dios. Pero es también un derecho que tiene Jesús para estar con nosotros”. Esto, ¿lo hemos pensado? O sea que si digo “no quiero comulgar” no sólo estoy privándome de algo infinitamente valioso sino que estoy cometiendo una injusticia con Jesús, que Él si quiere comulgar, sí quiere entrar en mí y tener un encuentro íntimo conmigo, su hijo.

Después nos despiden diciéndonos que vayamos en paz. Tenemos que ir a vivir afuera lo que hemos vivido en la misa.

Sabemos que después del Concilio hay cristianos que añoran la misa en latín, el silencio, el recogimiento. Es posible que tengan razón y deben inspirarnos respeto. Pero no vale la pena que nos detengamos a discutir esto porque sería anteponer el rito al contenido. Los ritos, los modos, deben ser suficientemente claros y expresivos del contenido, pero lo importante es dar el paso con el alma.

La Iglesia ha ido modificando cosas por razones prácticas. Por ejemplo, el canto del Agnus Dei se puso en su momento para dar tiempo al celebrante a cortar el pan en trozos y poder distribuirlo. Después esto se hizo más práctico llevando el pan cortado en láminas finas, todas iguales.

Las actitudes particulares, individuales, como el quedarnos de rodillas después de la consagración o después de la comunión, no son aconsejables porque rompen un poco el clima comunitario que la Iglesia quiere imprimir a la liturgia para llevarnos a la unidad, que es la expresión suprema del cristianismo. Entonces, hay que procurar no romper la unidad con actitudes particulares.

Hay un momento, después del Orate Fratres, antes del diálogo que precede al Prefacio (“El Señor esté con vosotros - Y con tu espíritu - Levantemos los corazones - Los tenemos en el Señor”) en que antes no nos poníamos de pie. Hace veinte años no nos poníamos de pie. Y hay que pararse, porque empieza una oración de petición (“Recibe señor estos bienes que te ofrecemos...”) y las oraciones de petición se rezan de pie. Hay tres en la misa: la primera después del Yo pecador del comienzo, con la que no hay problema porque ya estamos de pie; la segunda es después del Orate, y la tercera al final de la misa, cuando el celebrante, antes de las últimas oraciones, después del silencio que sigue a la comunión, dice “Oremos”.

Entonces, cuando el celebrante dice “Orad hermanos para que este sacrificio mío que es también vuestro sea agradable a Dios Padre todopoderoso”, contestamos “El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda la santa Iglesia”. Entonces nos ponemos de pie.

Claro que es importante recordar que nuestra participación en la misa es mucho más que la sola conformidad externa a ciertas oraciones y a ciertas ceremonias. La misa es, sobre todo, la acción del Calvario que realizamos con Jesús. Jesús actualiza el momento del Calvario. Lo renueva, hace que suceda hoy. Tenemos que hacernos uno con Jesús; uno con Él en su acto de amor y uno con Él en su función de víctima. ¿Qué significa hacernos víctimas? Significa decirle desde el fondo de nuestro corazón: “Tómame, Señor; soy tuyo sin condiciones. Haz conmigo lo que quieras: vivir, trabajar, sufrir o morir; lo que Tú quieras eso es lo que yo quiero. Haz que yo cumpla el plan que tienes para mí aunque tengas que golpearme fuerte para que encaje en mi lugar”.

Este pensamiento, de entregarnos a Dios sin condiciones, tal vez nos dé un poco de miedo. Tal vez no seamos capaces de tener, con sinceridad, una entrega tan completa. Entonces, si no podemos, en vez de decir “Señor, soy tuyo sin condiciones”, digamos “Señor, dame la generosidad de querer ser tuyo sin condiciones”’. Entregarnos parcialmente como víctimas es mejor que no entregarnos nada. Dios verá con misericordia nuestra cobardía y, con su gracia, nos elevará al nivel de fortaleza que ahora no tenemos.

(Una indicación práctica: ¿cuál es el momento de pasar a comulgar? Cuando el celebrante ha terminado de comulgar bajo las dos especies. Antes, no debe volar una mosca. No nos movemos, ni empezamos a cantar, nada).

Seamos conscientes de que la misa es lo más importante que sucede cada día en nuestra vida. Mientras esto no lo vivamos a fondo vamos a tener una carencia de cielo; una lástima. El Señor sabe que somos teóricos, desde los fariseos hasta nosotros, y quiere romper ese cascarón que tenemos; quiere que comprendamos lo que hay dentro de este misterio que es la misa.

Tucumán (Argentina), 4 de febrero de 2009

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