El nombre de Buenos Aires


por P. Carlos Buela, ve.
Fuente: Instituto del Verbo Encarnado


1. El acto de nominar

Dios al comienzo de los tiempos dio al hombre el poder de imponerles nombres a todos los vivientes (cf. Gn 2, 19-20). En el año 1536 de nuestra era cristiana, cuando el muy magnífico señor y Adelantado don Pedro de Mendoza impuso el nombre de Santa María del Buen Aire al puerto fundado por él, no hacía más que prolongar con el gesto el señorío dado por Dios al hombre sobre la creación.

El granadino, don Pedro, al bautizar dándole un título creaba una ciudad hasta aquel momento inexistente, la distingue de todas las otras, la constituye con realidad propia y singular, así permite que sea conocida y apellidada en el mundo entero, identificando a sus pobladores y arraigándolos a la misma, y la proyecta hacia el futuro con personalidad propia.

2. El nombre elegido

Y eligió llamarla con el de la Virgen: El nombre de la Virgen era María (Lc 1, 27) . Nombre escogido por Dios desde toda la eternidad para la Virgen, e inspirado por Él mismo a los progenitores para la Niña que el Cielo les dio cual flor de Jerusalem, y ha corrido de siglo en siglo apareciendo como «el más vivo reflejo de la sonrisa de la divinidad» (G. Roschini) para con el hombre, nombre que "abarca y simboliza / en la expresión que encierra / cuanto la débil existencia hechiza, / cuanto del sumo cielo a ver alcanza / el mísero mortal desde la tierra" (José Zorrilla).

Los nombres marianos, a semejanza de los nombres bíblicos teóforos, son expresión de confiada invocación, de agradecimiento y alabanza, de impetración y afecto ilimitado hacia la Reina de cielos y tierra. La imposición de estas denominaciones manifiestan la firme creencia del bautizante (don Pedro de Mendoza llevaba en su escudo nobiliario el lema: «Ave María, gratia plena»), la relación directa y personal con la Virgen, su corazón lleno de afectos y la intensidad de los sentimientos para con Ella, la invencible certeza en la protección maternal y lo hace como prenda y augurio de felicidad. El hecho épico del bautizo de la nueva ciudad exhala, incuestionablemente, un perfume de fragante piedad, de tierna devoción y de viril afecto hacia la Madre de Dios y de los hombres.

3. Uso posterior del título

Casi inmediatamente, la costumbre, que tiende a acortar los nombres largos, impuso solamente el título de la advocación: ¡Buenos Aires! Ya la llama así, al parecer, Ulrico Schmidt que había venido con la expedición de Mendoza. Pasó con Santa María de los Buenos Aires lo que ha pasado con tantos lugares como: Rosario, Pilar, Mercedes, Pompeya, Concepción, Milagro, Dolores, Socorro, Candelaria, Victoria, Carmen, La Paz, Asunción, La Piedad, etc., nombres todos de la Virgen Santa.

No deja de ser muy curioso que, no obstante haber dado el vizcaíno don Juan de Garay a la ciudad el título de la Santísima Trinidad y reservado para el puerto el nombre de la Virgen María el 11 de junio de 1580, haya primado la denominación del puerto sobre la ciudad.

Ello, tal vez, porque las gentes ya estaban acostumbradas al primer nombre, o porque la función principal de la ciudad era la de ser puerto (aún hoy día, se llama porteño el nacido en Buenos Aires por la circunstancia de ser ésta una localidad portuaria), o incluso—y quizá sea la razón más profunda—, porque Dios en su providencia tenía dispuesto lo que tan bien señala San Luis María Grignion de Montfort que, al no subsistir las razones por las cuales Dios ocultó a la Virgen durante la vida terrena, «Dios quiere revelar y descubrir a María, la obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos».

4. Origen de la advocación

La imagen original de la advocación epónima, Nuestra Señora de los Buenos Aires, se encuentra en Cagliari (Cerdeña), que era posesión española en la época de descubrimiento de América, en el convento de la Merced.

En 1370, una nave que se dirigía de España a Italia debido a una tempestad tuvo que arrojar al mar cantidad de bultos. Uno de ellos no se hundió sino que flotando delante de la nave y a la que parecía guiar, llegó a la costa de Cagliari, al abrir la caja se encuentran con una hermosa imagen de la Virgen María, de madera, con un Niño Jesús sonriente y rozagante que sostiene un globo representando el mundo en el brazo izquierdo, y en la mano derecha portaba un cirio encendido Luego, se le colocó—debido a un hecho portentoso—una nave o carabela, cuyo palo mayor es el cirio. Este está encendido porque así lo encontraron cuando abrieron la caja. La hermosa talla de puro estilo griego bizantino, probablemente haya tenido como primitiva advocación, según señala don Guillermo Gallardo, la de la Candelaria.

A esta imagen, según opinión de algunos, se la bautizó con el nombre de Bonaria (Buen aire) porque Fray Carlos Catalán, mercedario, fundador del convento, había profetizado que con la llegada de una imagen de la Virgen se limpiaría la ciudad de malaria (repárese en la palabra) y «buenos aires soplarán en esta tierra»; según otros, se la bautizó con el nombre de Bonaria porque así se llamaba la colina sobre la cual se levanta el convento mercedario.

Pronto se constituyó en Protectora y Patrona de los navegantes. Su fama pasó a España, por acción de los padres mercedarios y de los mismos navegantes españoles. Famosa fue la Cofradía de Mareantes de Sevilla, que tenía por titular a Santa María de los Buenos Aires, que no desconocía don Pedro de Mendoza, a quien en su testamento llama «Patrona y Abogada de todos sus fechos».

Gracias a la meritísima labor de Fray José Márquez, O. de M., se levanta un hermoso templo de estilo gótico italiano en honor de Nuestra Señora de los Buenos Aires, en avenida Gaona y Espinosa, en la ciudad que lleva su nombre, y al cual es un deber peregrinar.

Aún en el supuesto de que la denominación de la imagen original le adviniera del lugar, bíblicamente se encuentran serias razones por las cuales muy conveniente es esta advocación de Myriam de Judá: ¡Buenos Aires!, "Bello nombre—dice E. Larreta—, nombre de carabela venturosa. Henchido, soleado el velamen; blanco por sotavento; rubio por barlovento; la Virgen pintada en la lona. Bonanza".

5. Sentido teológico del título

¡Buenos Aires!: Porque la Virgen Inmaculada venció al "príncipe que ejerce su potestad sobre este aire, que es el espíritu que al presente domina en los hijos rebeldes" (Ef 2, 2); porque la Madre del Verbo, asunta a los cielos en cuerpo y alma, se adelantó a la final resurrección y fue "al encuentro del Señor en los aires" (1 Tes 4, 17); porque a medida que vayan pasando los tiempos y en la medida en que nos vayamos acercando al fin de los tiempos, Santa María ha de ir resplandeciendo cada vez más en misericordia, en fuerza y en gracia, defendiendo a los elegidos de los males postreros, uno de los cuales es la plaga en el aire: El séptimo ángel derramó su copa sobre el aire (Ap 16,17) y una humareda infernal oscurecerá el sol y el aire (Ap 9, 2) .

La Madre de Jesucristo, en su título de Buenos Aires, lleva la candela ardiendo en la mano para recordarnos a nosotros los hombres, sus hijos, de manera especial en las épocas de confusión y tinieblas, que Ella es Hija de Dios Padre que es un fuego devorador (Hb 12, 29); que es Madre de Dios Hijo, "Lumen de lumine", que ha de venir en medio de una llama de fuego (2 Tes 1, 8) y que saldrán de sus ojos como llamas de fuego (Ap 1,14; 2,18; 19,12); que es Esposa de Dios Espíritu Santo, que descendió sobre Ella y los Apóstoles en forma de lenguas de fuego (Hech 2, 3); en una palabra, que Ella es Templo y Sagrario de la Santísima Trinidad y que la devoción a Ella—si es auténtica—termina en la gloria del Dios Uno y Trino, en cuyo honor se fundara la ciudad aledaña al puerto de Santa María del Buen Aire.

La llama de la vela nos recuerda que el Hijo que lleva en sus brazos es la luz del mundo (Jn 8, 12) y que quien lo siga de verdad no andará en tinieblas (cf. ídem). Evoca al cirio pascual que representa a Cristo resucitado para nuestra justificación (Rom 4, 25) en cuya luz encendieron, nuestros padres y padrinos de bautismo, los cirios que, en nombre nuestro, recibieron y llevaron, para hacer patente que Dios nos ha llamado de las tinieblas a su admirable luz (1 Pe 2, 9), haciéndonos por el bautismo hijos de la luz (1 Tes 5, 5), más aún, luz en el Señor (Ef 5, 8). El cirio encendido que empuña María de Buenos Aires nos grita que debemos revestirnos de las armas de la luz (Rom 13,12) ¿cuáles? las que nos dieron en el bautismo de Jesucristo en el Espíritu Santo y en el fuego (Mt 3,11)- es la luz de la fe que nos hace permanecer firmes como si viéramos al Invisible (cfr. Hb 11, 27), de manera especial en los últimos tiempos en que los hombres apostatarán de la fe (1 Tim 4,1); es el fuego del amor: He venido a traer fuego a la tierra ¿y qué he de querer sino que arda? (Lc 12, 49), particularmente cuando por el exceso de la maldad se enfriará la caridad de muchos (Mt 24,12).

La Santísima Virgen velando por nosotros nos alecciona: Dios es luz y en El no hay tiniebla alguna (1 Jn 1, 5) y clama diciéndonos a todos y cada uno: reaviva el fuego del don de Dios que está en ti (2 Tim 1, 6), da el fruto de la luz (que) consiste en toda bondad, justicia y verdad (Ef 5, 9), sé apóstol de mi Hijo: Brille vuestra luz delante de los hombres (Mt 5, 16) .

Además, la Señora de Buenos Aires sostiene con su brazo una nave que significa la Iglesia militante, bogando a través del mar agitado de los tiempos, como el Arca de Noé (cf. 2 Pe 2,5), de allí que se la llame Madre de la Iglesia, tiene, también, un místico y profundo sentido vocacional: ¡Navega mar adentro! (Lc 5,4), de allí que se la llame Madre de las Vocaciones, ya que no sólo lleva a buen puerto sino que además, empuja a la más extraordinaria aventura que el hombre pueda realizar... ¡entregarse del todo a Dios!; tiene un sentido apostólico Echad la red a la derecha de la barca... y no podían arrastrarla por la muchedumbre de los peces (Jn 21,6), de allí que sea Reina de los Apóstoles y Estrella de la evangelización; asimismo, significa la gracia de la perseverancia final —que le pedimos en cada Ave María "ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte", por eso la Virgen es "esperanza nuestra" que tenemos como segura y firme ancla de nuestra alma (Hb 6, 19), al respecto enseña S. S. Juan XXIII: «Quien, agitado por las borrascas de este mundo, rehúsa asirse a la mano auxiliadora de María, pone en peligro su salvación». De manera especial, los hombres la buscarán como protectora al fin de los tiempos cuando las naciones estén aterradas por los bramidos del mar y la agitación de las olas (Lc 21, 25), cuando sean destruidas la tercera parte de las naves (Ap 8, 9), cuando se cumpla lo profetizado: Todo piloto y navegante, los marineros y cuantos bregan en el mar... clamaron... ¡Ay, ay de la ciudad grande, en la cual se enriquecieron todos cuantos tenían navíos en el mar...! (Ap 18, 18-19) cuando los hombres no sostengan el buen combate con fe y buena conciencia y "naufraguen en la fe" (cf. 1 Tim 1, 19).

Finalmente, aunque se deduce de todo lo dicho, recordemos que la Reina del Plata nos conduce a su Hijo Jesucristo, Rey de Reyes y Señor de los Señores. Para separar a la Virgen de Jesús o a Jesús de la Virgen, deberíamos serruchar la imagen original, ya que "la Virgen y el Niño... son de un solo trozo de madera" (Fray José Brunet, O. de M.) y, al parecer, de algarrobo. ¡Ambos, indisolublemente unidos, en el alma y corazón de Buenos Aires!

6. Proyección del acto fundacional

Este es el hecho esplendoroso y profético: La Santísima Virgen María dio su nombre al nuevo puerto recostado sobre la margen derecha del Río de la Plata. Luego, con el mismo nombre de la Madre de Dios se denominó la ciudad, constituyéndose así la Virgen en fundadora de la misma y hoy, a las puertas del tercer milenio, esta ciudad tiene el santo orgullo de ser la única megalópolis de todo el ámbito de la cristiandad –más aún, del planeta–, de ostentar el nombre sencillo y fuerte, dulce y espléndido de la humilde Virgen de Nazaret que dio carne de su carne y sangre de su sangre para que el Hijo de Dios, el Verbo eterno, se hiciera hombre en sus purísimas entrañas. Con ese mismo nombre se creó la Diócesis el 30 de mayo de 1620, se erigió la Arquidiócesis el 5 de marzo de 1865 y fue designada como Primada de la República Argentina el 29 de enero de 1936. Da nombre, también, al primer Estado argentino, la Provincia de Buenos Aires, la más importante, la más poblada y la más extensa de la República con 307.569 Km2 de superficie. Más aún, por ley del Congreso Nacional del 20 de setiembre de 1880 fue declarada capital de la República Argentina, es decir, cabeza del país, siendo sede de los poderes supremos. En la actualidad, más de 25 millones de argentinos tienen a la ciudad de María, Madre en el Belén y en el Calvario, por capital federal y al susurrar su nombre la invocan, aún sin saberlo.

Debemos agregar que la Pontificia Universidad Católica Argentina, que existe desde hace más de 22 años y que ya ha dado más de 8.500 graduados a la Patria, se precia en llevar su nombre y tiene el alto honor de tenerla por augusta y celestial Patrona.

¿Será vano el deseo de anhelar que la Madre de Jesús, en su título de Buenos Aires, tenga en nuestra Patria la fiesta litúrgica propia los 24 de abril?

¿Habrá alguien que pensará que está pasada de moda esta advocación reservándola sólo para la época de las carabelas? ¿Olvidará acaso que estamos en la época de los grandes barcos, de los portaaviones, de los submarinos nucleares y que todos sus navegantes desean—al igual que sus antepasados—llegar a buen puerto? ¿Olvidará, acaso, el auge de los deportes náuticos y aéreos que necesitan de buenos vientos y mar apacible? ¿No recordarán la actual importancia del transporte aéreo con sus navegantes, sus naves espaciales, sus aeronaves y sus aeropuertos con su necesidad imperiosa de bonanza? ¿No es importante todo el inmenso conjunto de las comunicaciones, de la telegrafía, telefonía, télex, televisión, radiofonía —sea en sus ondas largas o cortas, frecuencia modulada, bandas especiales, radioaficionados, etc.— incluso vía satélite, cuyas ondas, que cruzan los aires, deben llegar a destino sin interferencias y al servicio de la verdad, el bien y la belleza? ¿Acaso es baladí el actualísimo problema ecológico de la "polución ambiental", del "smog", que clama para que los hombres no hagamos malos los buenos aires, absolutamente indispensables para la salud humana y para la conservación de los recursos naturales? ¿Y la necesidad de serenidad, de paz, de que amaine la tempestad de los espíritus en tantos rincones de la tierra?

La Reina de Buenos Aires tiene una palabra muy propia que decir a todo este fulgurante mundo de actualísimas realidades humanas.

7. ¿Sólo un apelativo?

El nombre dado al poblado fue tan sólo un simple apelativo, o, más bien, ¿fue, es y será el indicador de una característica especial, signo de una misión especial y, tal vez, su singularidad más honda? Pensamos más bien, que esto último es lo exacto. Recordando S. S. Pío XII su estadía con nosotros, 13 años después de haber estado en Luján como peregrino, decía: «Al entrar en aquella Basílica... nos pareció que habíamos llegado al fondo del alma del gran pueblo argentino» y más recientemente S. S. Juan Pablo II refiriéndose a Hispanoamérica afirmó: «Todo este inmenso continente vive su unidad espiritual gracias al hecho de que Tú eres la Madre».

Creemos que el nombre de la Madre de la Iglesia, dado por los fundadores a la capital de nuestra Patria, marca la característica religiosa de nuestro pueblo, su más honda peculiaridad y es una invitación permanente a ser fieles a las exigencias de la luz hecha fuego, que nos guía desde los brazos de la Virgen de los Buenos Aires. ¡Más de 25 millones de argentinos al conjuro de su nombre la evocan, la llaman y la recuerdan!

8. Saltando los siglos

Un Pablo con ansias de luz y sed de redención recaló en Puertos Buenos (Hech 27, 8), un Pedro y un Juan, como apóstoles de "la última cruzada" (Vicente Sierra) plantaron la cruz en estas tierras cercanas al puerto de Buenos Aires para que llegara aquí la redención de Cristo. Y así de Mendoza y de Garay, imitando al de Tarso, trajeron aquí el espíritu del Cid y de Pelayo, de Isabel y de Fernando, de Recaredo y de Santiago. ¡Cuántos de nuestros jóvenes de hoy, que viven según el señorío cristiano, son auténticos herederos de estos "hijos dalgos"!

Han pasado 400 años desde la segunda y definitiva fundación de Santa María del Buen Aire. La aldea se ha convertido en megalópolis. El antiguo villorrio hizo estallar sus límites por los cuatro costados, incluso, ganándole terreno al río "ancho como el mar". Hoy los subterráneos serpentean en sus entrañas; poderosos aviones surcan su cielo; grandes barcos llegan a sus muelles; cientos de miles de autos pisan sus calles; sus altos edificios parecen tocar las nubes; cientos de ondas de radio y TV atraviesan su aire; la traza de nuevas autopistas cambian a diario su fisonomía; las decenas de habitantes se han convertido en millones... Estamos en los umbrales del año 2000.

En estos 400 años la Virgen Madre nunca jamás nos abandonó de sus manos, ni nos dejó caer de junto a su corazón.

Cuando otros pueblos ya se han entregado totalmente a la fría tecnocracia o al esclavizante materialismo, la ciudad de Santa María de los Buenos Aires se dispone, como signo de gratitud y reconocimiento perpetuo, a erigir la Cruz en el Río de la Plata de casi 200 metros de alto, como memorial del 4to. Centenario de la 2da. Fundación y el ler. Centenario de su Federalización constituyendo, además, el cumplimiento del voto del XXXII Congreso Eucarístico Internacional realizado en Buenos Aires en 1934 (podría sumarse el recuerdo de la primera vez que un Papa nos visita, dado caso de que ocurra, como se prevé). Frente a la descomposición espiritual del mundo actual, esta decisión adquiere caracteres de epopeya. ¿No es éste un acto trascendente que rememora aquellos épicos fundacionales y que ha de marcar, indeleblemente, el rostro cristiano de la urbe?

Ya tenemos la Cruz del Sur que nos cobija desde el Cielo. Pronto tendremos, gracias a Dios, la Cruz del Río que ha de ser el crisma que unja la ciudad en su puerto como la frente del confirmado, "la marca de los elegidos" (cf. Ap 7,3) . El mismo isótopo, emblema o logotipo elegido por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires para la celebración de los 400 años ¿no representa la cruz alegórica del sentimiento e inspiración confesional de don Juan de Garay, y su continuidad a través de los siglos?

La Madre de Buenos Aires seguirá estando al pie de la Cruz (cf. Jn 19, 25) cobijando a los argentinos por hijos y nosotros aceptándola de Jesucristo en Cruz por Madre: "Hijo, he ahí a tu Madre" y diciéndole con el poeta:

"Nuestra Señora de los Buenos Aires:
Antes de que aparezca el Anticristo,
Pídele a Dios que funde a Buenos Aires
Por tercera vez, pero en Jesucristo".
(Francisco L. Bernardez)


La Cruz en el Río, una gracia más de la Madre, Nuestra Señora de los Buenos Aires, será para todos los argentinos signo de alianza con Dios –así lo marcará su trazo vertical emergiendo del agua y dirigiéndose hacia el cielo–, y señal de compromiso responsable frente a todo hermano, en especial al más necesitado –como lo expresará en su línea horizontal de amplio abrazo de amor–. Tarea diaria para desarrollar los talentos recibidos de Dios, luz indefectible que ilumine los senderos de los próximos siglos para nuestros descendientes, estandarte y corona, gracia y gloria. Cruz que dejará una impronta indeleble en la ciudad y en la Nación toda y que en su muda elocuencia gritará: ¡Buenos Aires, con este signo vencerás!.

Sepa el pueblo argentino estar a la altura de su misión.
Buenos Aires, junio de 1980

Del discurso de Paulo VI


Al final de la sesión del Concilio Vaticano II
en el que se proclama a María, Madre de la Iglesia

1. Nuestro pensamiento, venerables hermanos, no puede menos de elevarse, con sentimientos de sincera y filial gratitud, a la Virgen Santa, a Aquella que queremos considerar protectora de este Concilio, testigo de nuestros trabajos, nuestra amabilísima consejera, pues a Ella, como celestial Patrona, juntamente con San José, fueron confiados por el Papa Juan XXIII, desde el comienzo, los trabajos de nuestras sesiones ecuménicas1.

2. Animados por estos mismos sentimientos, el año pasado quisimos ofrecer a María Santísima un solemne acto de culto en común, reuniéndonos en la basílica Liberiana, en torno a la imagen venerada con el glorioso título de Salus Populi Romani.

3. Este año, el homenaje de nuestro Concilio se presenta más precioso y significativo. Con la promulgación de la actual Constitución*, que tiene como vértice y corona todo un capítulo dedicado a la Virgen, justamente podemos afirmar que la presente sesión se clausura como un incomparable himno de alabanza en honor de Maria.

4. Es, en efecto, la primera vez -y decirlo Nos llena el corazón de profunda emoción- que un Concilio Ecuménico presenta una síntesis tan extensa de la doctrina católica sobre el puesto que María Santísima ocupa en el misterio de Cristo y de la Iglesia.

5. Esto corresponde a la meta que este Concilio se ha prefijado: manifestar la faz de la Santa Iglesia, a la que María está íntimamente unida, y de la cual, como egregiamente se ha afirmado, es «la parte mayor, la parte mejor, la parte principal y más selecta»2.

6. La realidad de la Iglesia ciertamente no se agota en su estructura jerárquica, en su liturgia, en sus sacramentos, ni en sus ordenamientos jurídicos. Su esencia íntima, la principal fuente de su eficacia santificadora, se debe buscar en su mística unión con Cristo; unión que no podemos pensarla separada de Aquélla que es la Madre del Verbo Encarnado, y que Cristo mismo quiso tan íntimamente unida a Él para nuestra salvación. Y ciertamente que debe encuadrarse en la visión de la Iglesia la contemplación amorosa de las maravillas que Dios ha obrado en su Santa Madre. Y el conocimiento de la doctrina verdaderamente católica sobre María será siempre la clave de la exacta comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia.

7. La reflexión sobre estas íntimas relaciones de María con la Iglesia, tan claramente establecidas por la actual Constitución conciliar, Nos permite creer que éste es el momento más solemne y más apropiado para dar satisfacción a un voto que, señalado por Nos al término de la sesión anterior, han hecho suyo muchísimos Padres Conciliares, pidiendo insistentemente una declaración explícita, durante este Concilio, de la función maternal que la Virgen ejerce sobre el pueblo cristiano. A este fin hemos creído oportuno consagrar en esta misma sesión pública un título en honor de la Virgen, sugerido por diferentes partes del orbe católico, y particularmente entrañable para Nos, pues con síntesis maravillosa expresa el puesto privilegiado que este Concilio ha reconocido a la Virgen en la Santa Iglesia.

8. Así, pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, así de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título.

9. Se trata de un título, venerables hermanos, que no es nuevo para la piedad de los cristianos; antes bien, con este nombre de Madre, y con preferencia a cualquier otro, los fieles y la Iglesia entera acostumbran a dirigirse a María. Ciertamente que ese título pertenece a la esencia genuina de la devoción a María, encontrando su justificación en la dignidad misma de la Madre del Verbo Encarnado.

10. La divina maternidad es, en efecto, el fundamento de su especial relación con Cristo y de su presencia en la economía de la salvación operada por Cristo, y también constituye el fundamento principal de las relaciones de María con la Iglesia, por ser Madre de Aquél que, desde el primer instante de la Encarnación en su seno virginal, unió a Sí mismo, como a Cabeza, su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. María, pues, como Madre de Cristo, es Madre también de todos los fieles y de todos los pastores, es decir, de toda la Iglesia.

11. Con ánimo, por lo tanto, lleno de confianza y amor filial elevamos a Ella la mirada, no obstante nuestra indignidad y flaqueza. Ella, que nos dio con Cristo la fuente de la gracia, no dejará de socorrer a la Iglesia ahora, cuando, floreciendo en la abundancia de los dones del Espíritu Santo, se consagra con nuevo y más empeñado entusiasmo a su misión salvadora.

12. Nuestra confianza se aviva y confirma, aún más, al considerar los vínculos estrechos que ligan al género humano con nuestra Madre celestial. Aun en medio de la riqueza en maravillosas prerrogativas con que Dios la ha honrado, para hacerla digna Madre del Verbo Encarnado, está muy próxima a nosotros. Hija de Adán, como nosotros, y, por lo tanto, Hermana nuestra con los lazos de la naturaleza, es, sin embargo, una criatura preservada del pecado original en previsión de los méritos de Cristo, y que a los privilegios obtenidos une la virtud personal de una fe total y ejemplar, mereciendo el elogio evangélico: «Bienaventurada, porque has creído». En su vida terrenal realizó la perfecta figura del discípulo de Cristo, espejo de todas las virtudes, y encarnó las bienaventuranzas evangélicas proclamadas por Cristo. Por lo cual, toda la Iglesia, en su incomparable variedad de vida y de obras, encuentra en Ella la más auténtica forma de la perfecta imitación de Cristo.

13. Por lo tanto, esperamos que con la promulgación de la Constitución sobre la Iglesia, sellada por la proclamación de María Madre de la Iglesia, es decir, de todos los fieles y pastores, el pueblo cristiano se dirigirá con mayor confianza y con fervor mayor a la Virgen Santísima y le tributará el culto y honor que le corresponden.

14. En cuanto a nosotros, ya que entramos en el aula conciliar, a invitación del Papa Juan XXIII, el 11 de octubre de 1962, a una con María, Madre de Jesús, salgamos, ahora, al final de la tercera sesión, de este mismo templo, con el nombre santísimo y gratísimo de María, Madre de la Iglesia.

15. En señal de gratitud por la amorosa asistencia que nos ha prodigado durante este último periodo conciliar, que cada uno de vosotros, venerables hermanos, se comprometa a mantener alto en el pueblo cristiano el nombre y el honor de María, señalando en Ella el modelo de la fe y plena correspondencia a toda invitación de Dios, el modelo de la plena asimilación de la doctrina de Cristo y de su caridad, para que todos los fieles, unidos en el nombre de la Madre común, se sientan cada vez más firmes en la fe y en la adhesión a Cristo, y a la vez fervorosos en la caridad para con los hermanos, promoviendo el amor a los pobres, la adhesión a la justicia, la defensa de la paz. Como ya exhortaba el gran San Ambrosio: Viva en cada uno el espíritu de María para ensalzar al Señor: reine en cada uno el alma de María para gloriarse en Dios3.

16. Especialmente queremos que aparezca con toda claridad que María, humilde sierva del Señor, se relaciona completamente con Dios y con Cristo, único Mediador y Redentor nuestro. E igualmente que se expliquen la naturaleza verdadera y la finalidad del culto mariano en la Iglesia, especialmente donde hay muchos hermanos separados, de forma que cuantos no forman parte de la comunidad católica comprendan que la devoción a María, lejos de ser un fin en sí misma, es un medio esencialmente ordenado para orientar las almas hacia Cristo, y de esta forma unirlas al Padre, en el amor del Espíritu Santo.

17. Al paso que elevamos nuestro espíritu en ardiente oración a la Virgen, para que bendiga el Concilio Ecuménico y a toda la Iglesia, acelerando la hora de la unión entre todos los cristianos, nuestra mirada se abre a los ilimitados horizontes del mundo entero, objeto de las más vivas atenciones del Concilio Ecuménico, y que nuestro predecesor, Pío XII, de viva memoria, no sin una inspiración del Altísimo, consagró solemnemente al Corazón Inmaculado de María. Creemos oportuno, particularmente hoy, recordar este acto de consagración. Con este fin hemos decidido enviar próximamente, por medio de una misión especial, la Rosa de Oro al santuario de la Virgen de Fátima, muy querido no sólo por la noble nación portuguesa -siempre, pero especialmente hoy, apreciada por Nos-, sino también conocido y venerado por los fieles de todo el mundo católico. Así es como también Nos pretendemos confiar a los cuidados de la Madre celestial toda la familia humana, con sus problemas y sus afanes, con sus legítimas aspiraciones y ardientes esperanzas.

18. Virgen María Madre de la Iglesia,

te recomendamos toda la Iglesia, nuestro Concilio Ecuménico.

19. Tú, «Socorro de los obispos», protege y asiste a los obispo, en su misión apostólica, y a todos aquellos, sacerdotes, religiosos y seglares, que con ellos colaboran en su arduo trabajo.

20. Tú, que por tu mismo divino Hijo, en el momento de su muerte redentora, fuiste presentada como Madre al discípulo predilecto, acuérdate del pueblo cristiano que se confía a Ti.

21. Acuérdate de todos tus hijos; presenta sus preces ante Dios; conserva sólida su fe; fortifica su esperanza; aumenta su caridad.

22. Acuérdate de los que viven en la tribulación, en las necesidades, en los peligros, especialmente de los que sufren persecución y se encuentran en la cárcel por la fe. Para ellos, Virgen Santísima, solicita la fortaleza y acelera el ansiado día de su justa libertad.

23. Mira con ojos benignos a nuestros hermanos separados, y dígnate unirlos, Tú, que has engendrado a Cristo, puente de unión entre Dios y los hombres.

24. Templo de la luz sin sombra y sin mancha, intercede ante tu Hijo Unigénito, Mediador de nuestra reconciliación con el Padre4, para que perdone todas nuestras faltas y aleje de nosotros toda discordia, dando a nuestros ánimos la alegría de amar.

25. Finalmente, a tu Corazón Inmaculado encomendamos todo el género humano; condúcelo al conocimiento del único y verdadero Salvador, Cristo Jesús; aleja de él los males del pecado, concede a todo el mundo la paz en la verdad, en la justicia, en la libertad y en el amor.

26. Y haz que toda la Iglesia, al celebrar esta gran asamblea ecuménica, pueda elevar al Dios de las misericordias el majestuoso himno de alabanza y agradecimiento, el himno de gozo y alegría, puesto que grandes cosas ha obrado el Señor por medio de Ti, oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.

1 Cf. A.A.S. 53 (1961) 37 ss., 211 ss., 54 (1962), 727.
2. Rupett. In Apoc 1, 7, 12; PL 169, 1043.
3 S. Ambr. Exp. in Luc 2, 26; PL 15, 1642.
4 Rom 5, 11.

Lumen Gentium (Vaticano II)



Constitución Dogmática Lumen Gentium
21 de noviembre de 1964


CAPÍTULO VIII

LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA, MADRE DE DIOS,
EN EL MISTERIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA



I. INTRODUCCIÓN

La Santísima Virgen María en el misterio de Cristo

52. El benignísimo y sapientísimo Dios, al querer llevar a término la redención del mundo, "cuando llegó la plenitud del tiempo, envió a su Hijo hecho de mujer... para que recibiésemos la adopción de hijos" (Gal 4,4-5). "El cual por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, descendió de los cielos, y se encarnó por obra del Espíritu Santo de María Virgen". Este misterio divino de salvación se nos revela y continúa en la Iglesia, a la que el Señor constituyó como su Cuerpo, y en ella los fieles, unidos a Cristo, su Cabeza, en comunión con todos sus Santos, deben también venerar la memoria, "en primer lugar, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo".

La Santísima Virgen y la Iglesia

53. En efecto, la Virgen María, que según el anuncio del ángel recibió al Verbo de Dios en su corazón y en su cuerpo y entregó la vida al mundo, es conocida y honrada como verdadera Madre de Dios Redentor. Redimida de un modo eminente, en atención a los futuros méritos de su Hijo y a El unida con estrecho e indisoluble vínculo, está enriquecida con esta suma prerrogativa y dignidad: ser la Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu santo; con un don de gracia tan eximia, antecede con mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas. Al mismo tiempo ella está unida en la estirpe de Adán con todos los hombres que han de ser salvados; más aún, es verdaderamente madre de los miembros de Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella cabeza, por lo que también es saludada como miembro sobreeminente y del todo singular de la Iglesia, su prototipo y modelo destacadísimo en la fe y caridad y a quien la Iglesia católica, enseñada por el Espíritu Santo, honra con filial afecto de piedad como a Madre amantísima.

Intención del Concilio

54. Por eso, el Sacrosanto Sínodo, al exponer la doctrina de la Iglesia, en la cual el Divino Redentor, realiza la salvación, quiere aclarar cuidadosamente tanto la misión de la Bienaventurada Virgen María en el misterio del Verbo Encarnado y del Cuerpo Místico, como los deberes de los hombres redimidos hacia la Madre de Dios, Madre de Cristo y Madre de los hombres, en especial de los creyentes, sin que tenga la intención de proponer una completa doctrina de María, ni tampoco dirimir las cuestiones no llevadas a una plena luz por el trabajo de los teólogos. Conservan, pues, su derecho las sentencias que se proponen libremente en las Escuelas católicas sobre Aquélla, que en la Santa Iglesia ocupa después de Cristo el lugar más alto y el más cercano a nosotros.

II. OFICIO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN EN LA ECONOMÍA
DE LA SALVACIÓN

La Madre del Mesías en el Antiguo Testamento

55. La Sagrada Escritura del Antiguo y del Nuevo Testamento y la venerable Tradición, muestran en forma cada vez más clara el oficio de la Madre del Salvador en la economía de la salvación y, por así decirlo, lo muestran ante los ojos. Los libros del Antiguo Testamento describen la historia de la Salvación en la cual se prepara, paso a paso, el advenimiento de Cristo al mundo. Estos primeros documentos, tal como son leídos en la Iglesia y son entendidos bajo la luz de una ulterior y más plena revelación, cada vez con mayor claridad, iluminan la figura de la mujer Madre del Redentor; ella misma, bajo esta luz es insinuada proféticamente en la promesa de victoria sobre la serpiente, dada a nuestros primeros padres caídos en pecado (cf. Gen 3,15). Así también, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre será Emmanuel (Is 7,14; Miq 5,2-3; Mt 1,22-23). Ella misma sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que de El esperan con confianza la salvación. En fin, con ella, excelsa Hija de Sión, tras larga espera de la primera, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva economía, cuando el Hijo de Dios asumió de ella la naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los misterios de su carne.

María en la Anunciación

56. El Padre de las Misericordias quiso que precediera a la Encarnación la aceptación de parte de la Madre predestinada, para que así como la mujer contribuyó a la muerte, así también contribuirá a la vida. Lo cual vale en forma eminente de la Madre de Jesús, que dio al mundo la vida misma que renueva todas las cosas y que fue adornada por Dios con dones dignos de tan gran oficio. Por eso, no es extraño que entre los Santos Padres fuera común llamar a la Madre de Dios toda santa e inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura. Enriquecida desde el primer instante de su concepción con esplendores de santidad del todo singular, la Virgen Nazarena es saludada por el ángel por mandato de Dios como "llena de gracia" (cf. Lc 1,28), y ella responde al enviado celestial: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). Así María, hija de Adán, aceptando la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús, y abrazando la voluntad salvífica de Dios con generoso corazón y sin impedimento de pecado alguno, se consagró totalmente a sí misma, cual, esclava del Señor, a la Persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la Redención con El y bajo El, por la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, los Santos Padres estima a María, no como un mero instrumento pasivo, sino como una cooperadora a la salvación humana por la libre fe y obediencia. Porque ella, como dice San Ireneo, "obedeciendo fue causa de la salvación propia y de la del género humano entero". Por eso, no pocos padres antiguos en su predicación, gustosamente afirman: "El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe" ; y comparándola con Eva, llaman a María Madre de los vivientes, y afirman con mayor frecuencia: "La muerte vino por Eva; por María, la vida".

La Santísima Virgen y el Niño Jesús

57. La unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte; en primer término, cuando María se dirige a toda prisa a visitar a Isabel, es saludada por ella a causa de su fe en a salvación prometida, y el precursor saltó de gozo (cf. Lc 1,41-45) en el seno de su Madre; y en la Natividad, cuando la Madre de Dios, llena de alegría, muestra a los pastores y a los Magos a su Hijo primogénito, que lejos de disminuir consagró su integridad virginal. Y cuando, ofrecido el rescate de los pobres, lo presentó al Señor en el Templo, oyó al mismo tiempo a Simeón que anunciaba que el Hijo sería signo de contradicción y que una espada atravesaría el alma de la Madre para que se manifestasen los pensamientos de muchos corazones (cfr. Lc 2,34-35). Al Niño Jesús perdido y buscado con dolor, sus padres lo hallaron en el templo, ocupado en las cosas que pertenecían a su Padre, y no entendieron su respuesta. Mas su Madre conservaba en su corazón, meditándolas, todas estas cosas (cf. lc., 2,41-51).

La Santísima Virgen en el ministerio público de Jesús

58. En la vida pública de Jesús, su Madre aparece significativamente; ya al principio durante las nupcias de Caná de Galilea, movida a misericordia, consiguió por su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cf. Jn 2,1-11). En el decurso de su predicación recibió las palabras con las que el Hijo (cf. Lc 2,19-51), elevando el Reino de Dios sobre los motivos y vínculos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados a los que oían y observaban la palabra de Dios como ella lo hacía fielmente (cf. Mc 3,35; Lc 11, 27-28). Así también la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz, en donde, no sin designio divino, se mantuvo de pie (cf. Jn 19, 25), se condolió vehementemente con su Unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima engendrada por Ella misma, y, por fin, fue dada como Madre al discípulo por el mismo Cristo Jesús, moribundo en la Cruz con estas palabras: "¡Mujer, he ahí a tu hijo!" (Jn19,26-27).

La Santísima Virgen después de la Ascensión de Jesús

59. Como quiera que plugo a Dios no manifestar solemnemente el sacramento de la salvación humana antes de derramar el Espíritu prometido por Cristo, vemos a los Apóstoles antes del día de Pentecostés "perseverar unánimemente en la oración con las mujeres, y María la Madre de Jesús y los hermanos de éste" (Act 1,14); y a María implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo, quien ya la había cubierto con su sombra en la Anunciación. Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejará más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan (Ap19,16) y vencedor del pecado y de la muerte.

III. LA SANTÍSIMA VIRGEN Y LA IGLESIA

María, esclava del Señor,
en la obra de la redención y de la santificación

60. Unico es nuestro Mediador según la palabra del Apóstol: "Porque uno es Dios y uno el Mediador de Dios y de los hombres, un hombre, Cristo Jesús, que se entregó a Sí mismo como precio de rescate por todos" (1 Tim 2,5-6). Pero la misión maternal de María hacia los hombres, de ninguna manera obscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del Divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo.

Maternidad espiritual de María

61. La Santísima Virgen, predestinada, junto con la Encarnación del Verbo, desde toda la eternidad, cual Madre de Dios, por designio de la Divina Providencia, fue en la tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor, y en forma singular la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras El moría en la Cruz, cooperó en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia.

María, Mediadora

62. Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación, y lo mantuvo sin vacilación al pie de la Cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso, la Santísima Virgen en la Iglesia es invocada con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, se entiende de manera que nada quite ni agregue a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador.

Porque ninguna criatura puede compararse jamás con el Verbo Encarnado nuestro Redentor; pero así como el sacerdocio de Cristo es participado de varias maneras tanto por los ministros como por el pueblo fiel, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en formas distintas en las criaturas, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única. La Iglesia no duda en atribuir a María un tal oficio subordinado: lo experimenta continuamente y lo recomienda al corazón de los fieles para que, apoyados en esta protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador.

María, como Virgen y Madre, tipo de la Iglesia

63. La Virgen Santísima, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, con la que está unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y dones, está unida también íntimamente a la Iglesia. la Madre de Dios es tipo de la Iglesia, orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo. Porque en el misterio de la Iglesia que con razón también es llamada madre y virgen, la Bienaventurada Virgen María la precedió, mostrando en forma eminente y singular el modelo de la virgen y de la madre, pues creyendo y obedeciendo engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y esto sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como una nueva Eva, practicando una fe, no adulterada por duda alguna, no a la antigua serpiente, sino al mensaje de Dios. Dio a luz al Hijo a quien Dios constituyó como primogénito entre muchos hermanos (Rom 8,29), a saber, los fieles a cuya generación y educación coopera con amor materno.

Fecundidad de la Virgen y de la Iglesia

64. Ahora bien, la Iglesia, contemplando su arcana santidad e imitando su caridad, y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, también ella es hecha Madre por la palabra de Dios fielmente recibida: en efecto, por la predicación y el bautismo engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. Y también ella es virgen que custodia pura e íntegramente la fe prometida al Esposo, e imitando a la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo conserva virginalmente la fe íntegra, la sólida esperanza, la sincera caridad.

Virtudes de María que debe imitar la Iglesia

65. Mientras que la Iglesia en la Santísima Virgen ya llegó a la perfección, por la que se presenta sin mancha ni arruga (cf. Ef 5,27), los fieles, en cambio, aún se esfuerzan en crecer en la santidad venciendo el pecado; y por eso levantan sus ojos hacia María, que brilla ante toda la comunidad de los elegidos, como modelo de virtudes. La Iglesia, reflexionando piadosamente sobre ella y contemplándola en la luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración entra más profundamente en el sumo misterio de la Encarnación y se asemeja más y más a su Esposo. Porque María, que habiendo entrado íntimamente en la historia de la Salvación, en cierta manera en sí une y refleja las más grandes exigencias de la fe, mientras es predicada y honrada atrae a los creyentes hacia su Hijo y su sacrificio hacia el amor del Padre. La Iglesia, a su vez, buscando la gloria de Cristo, se hace más semejante a su excelso tipo, progresando continuamente en la fe, la esperanza y la caridad, buscando y bendiciendo en todas las cosas la divina voluntad. Por lo cual, también en su obra apostólica, con razón, la Iglesia mira hacia aquella que engendró a Cristo, concebido por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen, precisamente para que por la Iglesia nazca y crezca también en los corazones de los fieles. La Virgen en su vida fue ejemplo de aquel afecto materno, con el que es necesario estén animados todos los que en la misión apostólica de la Iglesia cooperan para regenerar a los hombres.

IV. CULTO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN EN LA IGLESIA

Naturaleza y fundamento del culto

66. María, que por la gracia de Dios, después de su Hijo, fue ensalzada por encima todos los ángeles y los hombres, en cuanto que es la Santísima Madre de Dios, que intervino en los misterios de Cristo, con razón es honrada con especial culto por la Iglesia. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos la Santísima Virgen es venerada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles en todos sus peligros y necesidades acuden con sus súplicas. Especialmente desde el Sínodo de Efeso, el culto del Pueblo de Dios hacia María creció admirablemente en la veneración y en el amor, en la invocación e imitación, según palabras proféticas de ella misma: "Me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque hizo en mí cosas grandes el que es poderoso" (Lc 1,48). Este culto, tal como existió siempre en la Iglesia, aunque es del todo singular, difiere esencialmente del culto de adoración, que se rinde al Verbo Encarnado, igual que al Padre y al Espíritu Santo, y contribuye poderosamente a este culto. Pues las diversas formas de la piedad hacia la Madre de Dios, que la Iglesia ha aprobado dentro de los límites de la doctrina santa y ortodoxa, según las condiciones de los tiempos y lugares y según la índole y modo de ser de los fieles, hacen que, mientras se honra a la Madre, el Hijo, por razón del cual son todas las cosas (cf. Col 1,15-16) y en quien tuvo a bien el Padre que morase toda la plenitud (Col 1,19), sea mejor conocido, sea amado, sea glorificado y sean cumplidos sus mandamientos.

Espíritu de la predicación y del culto

67. El Sacrosanto Sínodo enseña en particular y exhorta al mismo tiempo a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto, sobre todo litúrgico, hacia la Santísima Virgen, como también estimen mucho las prácticas y ejercicios de piedad hacia ella, recomendados en el curso de los siglos por el Magisterio, y que observen religiosamente aquellas cosas que en los tiempos pasados fueron decretadas acerca del culto de las imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los Santos. Asimismo exhorta encarecidamente a los teólogos y a los predicadores de la divina palabra que se abstengan con cuidado tanto de toda falsa exageración, como también de una excesiva estrechez de espíritu, al considerar la singular dignidad de la Madre de Dios. Cultivando el estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y Doctores y de las liturgias de la Iglesia bajo la dirección de Magisterio, ilustren rectamente los dones y privilegios de la Santísima Virgen, que siempre están referidos a Cristo, origen de toda verdad, santidad y piedad, y, con diligencia, aparten todo aquello que sea de palabra, sea de obra, pueda inducir a error a los hermanos separados o a cualesquiera otros acerca de la verdadera doctrina de la Iglesia. Recuerden, pues, los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un afecto estéril y transitorio, ni en vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, por la que somos conducidos a conocer la excelencia de la Madre de Dios y somos excitados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes.

V. MARÍA, SIGNO DE ESPERANZA CIERTA Y CONSUELO
PARA EL PUEBLO DE DIOS PEREGRINANTE

María, signo del pueblo de Dios

68. Entre tanto, la Madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma es la imagen y principio de la Iglesia que ha de ser consumada en el futuro siglo, así en esta tierra, hasta que llegue el día del Señor (cf., 2 Pe 3,10), antecede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante como signo de esperanza y de consuelo.

María interceda por la unión de los cristianos

69. Ofrece gran gozo y consuelo para este Sacrosanto Sínodo, el hecho de que tampoco falten entre los hermanos separados quienes tributan debido honor a la Madre del Señor y Salvador, especialmente entre los orientales, que corren parejos con nosotros por su impulso fervoroso y ánimo devoto en el culto de la siempre Virgen Madre de Dios. Ofrezcan todos los fieles súplicas insistentes a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que ella, que asistió con sus oraciones a la naciente Iglesia, ahora también, ensalzada en el cielo sobre todos los bienaventurados y los ángeles en la comunión de todos los santos, interceda ante su Hijo para que las familias de todos los pueblos tanto los que se honran con el nombre de cristianos, como los que aún ignoran al Salvador, sean felizmente congregados con paz y concordia en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad.

Haydn


El célebre compositor Haydn (1732-1809), maestro de Beethoven y autor de 188 Sinfonías, cuya música es alabada en todo el mundo, decía a sus admiradores: «No me feliciten a mí. La música que compongo me viene inspirada de lo Alto. Cuando me hallo componiendo una obra y siento que de repente se me va la inspiración, mi remedio es tomar en mi mano la camándula y empezar a rezar el Rosario. Después de unas cuantas Avemarías me vienen las ideas y melodías por montones; y a veces en tal abundancia, que no me alcanza el tiempo para anotarlas todas».

Nª Srª del Huerto


por la Hna. María de Roncesvalles
Fuente: ive.org

El origen de la devoción y del culto de Nuestra Señora del Huerto se remonta a fines de 1400.

En la primavera de 1493 la ciudad de Génova (Italia) es aquejada por una gravísima epidemia. Chiávari, una amena y pequeña ciudad construida sobre la costa de levante, tenía cotidianas comunicaciones con Génova y por lo tanto no permanece inmune a dicha epidemia.

La señora María de la familia de los Quercio, una piadosa mujer del suburbio de Rupinaro, iluminada por una fe profunda acude a la Madre de Dios y le promete una señal de público reconocimiento si permanecía inmune del tremendo flagelo.

Su esperanza no fue defraudada, la mujer resultó inmune de la epidemia. En señal de gratitud a María Santísima mandó pintar su imagen en medio de los dos santos protectores de los afectados por la peste, San Sebastián y San Roque. Y a fin de que los que pasaran pudiesen más fácilmente alabarla, pensó en hacer pintar la imagen no ya en una Iglesia sino en un lugar público, en un muro a lo largo de los huertos que en aquél entonces se extendían desde el Palacio del Capitán hasta la marina. Confió el encargo a Benito Borzone.

Siguiendo las indicaciones de la señora, el pintor logró expresar de un modo admirable la idea de la bondad y del poder de María. Representa a la Virgen en el acto de estrechar en su seno con la mano izquierda al Niño Jesús, que se toma de su cuello, mientras que con la mano derecha sostiene alzado el pequeño brazo del Hijo para bendecir a la ciudad o a cualquiera que tuviera la gracia de pasar delante de Ella.

En torno a la cabeza de la Virgen se leen las palabras del saludo angélico: Ave gratia plena, y, más en alto la frase bíblica: Hortus Conclusus.

La nueva imagen suscitó enseguida una nueva devoción, pero el culto a María del Huerto se mantenía siempre privado.

En 1528 la peste volvió otra vez a la Liguria y también a Chiávari, este peligro despertó más la devoción y la atención hacia la sagrada imagen. Fue entonces cuando se edificó un altar a los pies del nicho para permitir al público asistir al Santo Sacrificio.

El cuadro, a pesar de estar expuesto a la lluvia, al sol, a las exhalaciones marinas conservaba toda la frescura de sus pinturas.

La aparición de María en el huerto de Chiávari respondía al designio de la Providencia que quería suscitar un despertar en la fe y en la piedad mediante el culto de María, Mediadora y Corredentora del género humano.

María concedió una lluvia de dones y gracias: curaciones de enfermedades, extinción de odios y enemistades y conquistó el corazón aún de los incrédulos. La fama de estas maravillas se divulgó acrecentando más la devoción entre los chiavareses y las poblaciones vecinas, de tal manera que se originó una reforma general de vida.

Fueron desterradas las diversiones ilícitas; se volvió a la devoción, a una enmienda en el lenguaje, a la sinceridad en las obras, a la prontitud en los actos religiosos, a la oración. Fueron a postrarse delante de la imagen aquellos que la habían profanado con sus juegos y blasfemias.


La fisura


El pequeño muro sobre el cual se había pintado la imagen de María amenazaba derrumbarse a causa del deterioro del tiempo y la intemperie. En efecto en el nicho apareció una fisura como de un dedo de ancho, que, atravesando transversalmente la imagen por el lado derecho de la cabeza iba a terminar en el flanco izquierdo, de tal modo que dejaba intacto al Niño Jesús.

El pueblo temía que el nicho se derrumbase, pero después de una aparición de María a un joven, el muro se restauró por sí solo. De la peligrosa fisura no quedó mas que una señal apenas visible, y esto fue como un testimonio del prodigio de la aparición. Los que testificaron declararon que después de haber desaparecido ésta, la imagen de María aparecía más hermosa.

A pesar de todos estos signos hubo quienes se opusieron a ver todo esto como un instrumento providencial en los designios de Dios para dar un nuevo impulso al culto de María. Sin embargo el pueblo al seguir dando testimonio de lo que la Virgen había hecho en favor de ellos logró que se rindiera el homenaje debido a María. El día 27 de julio de 1610 se congregó todo el pueblo para un acto de pública veneración. Después del canto de las letanías, entonadas por el vicario, hizo el primer panegírico de la Virgen del Huerto el Padre Gavanto, uno de los más insignes teólogos de entonces.

Con el consentimiento del Vicario, en lugar del simple nicho se construyó una capilla, para preservar mejor la sagrada imagen de los peligros de la intemperie. El 25 de marzo de 1612 el canónigo Bartolomé Chiappe celebraba en la capilla de la Virgen del Huerto la primer Misa solemne.

Finalmente se decidió construir una nueva Iglesia que fuera una digna respuesta de las muestras de predilección que María hacía a los del pueblo. El 1 de julio de 1613 se puso la primera piedra del templo de María del Huerto, bendecida por Mons. Papiniano Denalio, vicario general de la curia de Génova. Dentro de la piedra fue encerrada una medalla de plata representando a la Virgen del Huerto.

Los trabajos para la erección del Santuario requirieron años y a menudo fueron suspendidos por falta de fondos. Para poder continuar con esta obra contribuyó mucho la familia Costaguta, que se comprometió a levantar el Coro y la Capilla Mayor a sus expensas. La inauguración con la bendición del templo se hizo el 23 de noviembre de 1633.

Terminada la construcción del Santuario se iniciaron enseguida los preparativos para el traslado de la sagrada imagen a la capilla central, al puesto de honor. Se fijó como fecha el día 8 de septiembre de 1634. Al alba del día 8 de septiembre empiezan las solemnes funciones y enseguida la imponente procesión: la imagen de María del Huerto sacada del viejo muro y encerrada en un marco de gruesas pizarras, pasó por primera vez por las calles de Chiávari en medio de un pueblo jubiloso llevando por todas partes la bendición de su Divino Hijo.

Ad Cæli Reginam (Pío XII)


Carta Encíclica de Pío XII
Sobre la Realeza de María
11 de octubre de 1954

A la Reina del Cielo, ya desde los primeros siglos de la Iglesia católica, elevó el pueblo cristiano suplicantes oraciones e himnos de loa y piedad, así en sus tiempos de felicidad y alegría como en los de angustia y peligros; y nunca falló la esperanza en la Madre del Rey divino, Jesucristo, ni languideció aquella fe que nos enseña cómo la Virgen María, Madre de Dios, reina en todo el mundo con maternal corazón, al igual que está coronada con la gloria de la realeza en la bienaventuranza celestial.

Y ahora, después de las grandes ruinas que aun ante Nuestra vista han destruido florecientes ciudades, villas y aldeas; ante el doloroso espectáculo de tales y tantos males morales que amenazadores avanzan en cenagosas oleadas, a la par que vemos resquebrajarse las bases mismas de la justicia y triunfar la corrupción, en este incierto y pavoroso estado de cosas Nos vemos profundamente angustiados, pero recurrimos confiados a nuestra Reina María, poniendo a sus pies, junto con el Nuestro, los sentimientos de devoción de todos los fieles que se glorían del nombre de cristianos.

INTRODUCCIÓN


2. Place y es útil recordar que Nos mismo, en el primer día de noviembre del Año Santo, 1950, ante una gran multitud de Eminentísimos Cardenales, de venerables Obispos, de Sacerdotes y de cristianos, llegados de las partes todas del mundo -decretamos el dogma de la Asunción de la Beatísima Virgen María al Cielo[i], donde, presente en alma y en cuerpo, reina entre los coros de los Ángeles y de los Santos, a una con su unigénito Hijo. Además, al cumplirse el centenario de la definición dogmática -hecha por Nuestro Predecesor, Pío IX, de ilustre memoria- de la Concepción de la Madre de Dios sin mancha alguna de pecado original, promulgamos[ii] el Año Mariano, durante el cual vemos con suma alegría que no sólo en esta alma Ciudad -singularmente en la Basílica Liberiana, donde innumerables muchedumbres acuden a manifestar públicamente su fe y su ardiente amor a la Madre celestial- sino también en toda las partes del mundo vuelve a florecer cada vez más la devoción hacia la Virgen Madre de Dios, mientras los principales Santuarios de María han acogido y acogen todavía imponentes peregrinaciones de fieles devotos.

Y todos saben cómo Nos, siempre que se Nos ha ofrecido la posibilidad, esto es, cuando hemos podido dirigir la palabra a Nuestros hijos, que han llegado a visitarnos, y cuando por medio de las ondas radiofónicas hemos dirigido mensajes aun a pueblos alejados, jamás hemos cesado de exhortar a todos aquellos, a quienes hemos podido dirigirnos, a amar a nuestra benignísima y poderosísima Madre con un amor tierno y vivo, cual cumple a los hijos.

Recordamos a este propósito particularmente el Radiomensaje que hemos dirigido al pueblo de Portugal, al ser coronada la milagrosa Virgen de Fátima[iii], Radiomensaje que Nos mismo hemos llamado de la "Realeza" de María[iv].

3. Por todo ello, y como para coronar estos testimonios todos de Nuestra piedad mariana, a los que con tanto entusiasmo ha respondido el pueblo cristiano, para concluir útil y felizmente el Año Mariano que ya está terminando, así como para acceder a las insistentes peticiones que de todas partes Nos han llegado, hemos determinado instituir la fiesta litúrgica de la "Bienaventurada María Virgen Reina".

Cierto que no se trata de una nueva verdad propuesta al pueblo cristiano, porque el fundamento y las razones de la dignidad real de María, abundantemente expresadas en todo tiempo, se encuentran en los antiguos documentos de la Iglesia y en los libros de la sagrada liturgia.

Mas queremos recordarlos ahora en la presente Encíclica para renovar las alabanzas de nuestra celestial Madre y para hacer más viva la devoción en las almas, con ventajas espirituales.

I. Tradición
4. Con razón ha creído siempre el pueblo cristiano, aun en los siglos pasados, que Aquélla, de la que nació el Hijo del Altísimo, que reinará eternamente en la casa de Jacob[v] y [será] Príncipe de la Paz[vi], Rey de los reyes y Señor de los señores[vii], por encima de todas las demás criaturas recibió de Dios singularísimos privilegios de gracia. Y considerando luego las íntimas relaciones que unen a la madre con el hijo, reconoció fácilmente en la Madre de Dios una regia preeminencia sobre todos los seres.

Por ello se comprende fácilmente cómo ya los antiguos escritores de la Iglesia, fundados en las palabras del arcángel San Gabriel que predijo el reinado eterno del Hijo de María[viii], y en las de Isabel que se inclinó reverente ante ella, llamándola Madre de mi Señor[ix], al denominar a María Madre del Rey y Madre del Señor, querían claramente significar que de la realeza del Hijo se había de derivar a su Madre una singular elevación y preeminencia.

5. Por esta razón San Efrén, con férvida inspiración poética, hace hablar así a María: Manténgame el cielo con su abrazo, porque se me debe más honor que a él; pues el cielo fue tan sólo tu trono, pero no tu madre. ¡Cuánto más no habrá de honrarse y venerarse a la Madre del Rey que a su trono![x]. Y en otro lugar ora él así a María: ... virgen augusta y dueña, Reina, Señora, protégeme bajo tus alas, guárdame, para que no se gloríe contra mí Satanás, que siembra ruinas, ni triunfe contra mí el malvado enemigo[xi].


-San Gregorio Nacianceno llama a María Madre del Rey de todo el universo, Madre Virgen, [que] ha parido al Rey de todo el mundo[xii]. Prudencio, a su vez, afirma que la Madre se maravilló de haber engendrado a Dios como hombre sí, pero también como Sumo Rey[xiii].


-Esta dignidad real de María se halla, además, claramente afirmada por quienes la llaman Señora, Dominadora, Reina. -Ya en una homilía atribuida a Orígenes, Isabel saluda a María Madre de mi Señor, y aun la dice también: Tú eres mi señora[xiv].


-Lo mismo se deduce de San Jerónimo, cuando expone su pensamiento sobre las varias "interpretaciones" del nombre de "María": Sépase que María en la lengua siriaca significa Señora[xv]. E igualmente se expresa, después de él, San Pedro Crisólogo: El nombre hebreo María se traduce Domina en latín; por lo tanto, el ángel la saluda Señora para que se vea libre del temor servil la Madre del Dominador, pues éste, como hijo, quiso que ella naciera y fuera llamada Señora[xvi].


-San Epifanio, obispo de Constantinopla, escribe al Sumo Pontífice Hormidas, que se ha de implorar la unidad de la Iglesia por la gracia de la santa y consubstancial Trinidad y por la intercesión de nuestra santa Señora, gloriosa Virgen y Madre de Dios, María[xvii].


-Un autor del mismo tiempo saluda solemnemente con estas palabras a la Bienaventurada Virgen sentada a la diestra de Dios, para que pida por nosotros: Señora de los mortales, santísima Madre de Dios[xviii].


-San Andrés de Creta atribuye frecuentemente la dignidad de reina a la Virgen, y así escribe: (Jesucristo) lleva en este día como Reina del género humano, desde la morada terrenal (a los cielos) a su Madre siempre Virgen, en cuyo seno, aun permaneciendo Dios, tomó la carne humana[xix]. Y en otra parte: Reina de todos los hombres, porque, fiel de hecho al significado de su nombre, se encuentra por encima de todos, si sólo a Dios se exceptúa[xx].


-También San Germán se dirige así a la humilde Virgen: Siéntate, Señora: eres Reina y más eminente que los reyes todos, y así te corresponde sentarte en el puesto más alto[xxi]; y la llama Señora de todos los que en la tierra habitan[xxii].


-San Juan Damasceno la proclama Reina, Dueña, Señora[xxiii] y también Señora de todas las criaturas[xxiv]; y un antiguo escritor de la Iglesia occidental la llama Reina feliz, Reina eterna, junto al Hijo Rey, cuya nivea cabeza está adornada con áurea corona[xxv].


-Finalmente, San Ildefonso de Toledo resume casi todos los títulos de honor en este saludo: ¡Oh Señora mía!, ¡oh Dominadora mía!: tú mandas en mí, Madre de mi Señor..., Señora entre las esclavas, Reina entre las hermanas[xxvi].

6. Los Teólogos de la Iglesia, extrayendo su doctrina de estos y otros muchos testimonios de la antigua tradición, han llamado a la Beatísima Madre Virgen Reina de todas las cosas creadas, Reina del mundo, Señora del universo.

7. Los Sumos Pastores de la Iglesia creyeron deber suyo el aprobar y excitar con exhortaciones y alabanzas la devoción del pueblo cristiano hacia la celestial Madre y Reina.

Dejando aparte documentos de los Papas recientes, recordaremos que ya en el siglo séptimo Nuestro Predecesor San Martín llamó a María nuestra Señora gloriosa, siempre Virgen[xxvii]; San Agatón, en la carta sinodal, enviada a los Padres del Sexto Concilio Ecuménico, la llamó Señora nuestra, verdadera y propiamente Madre de Dios[xxviii]; y en el siglo octavo, Gregorio II en una carta enviada al patriarca San Germán, leída entre aclamaciones de los Padres del Séptimo Concilio Ecuménico, proclamaba a María Señora de todos y verdadera Madre de Dios y Señora de todos los cristianos[xxix].

Recordaremos igualmente que Nuestro Predecesor, de ilustre memoria, Sixto IV, en la bula Cum praexcelsa[xxx], al referirse favorablemente a la doctrina de la inmaculada concepción de la Bienaventurada Virgen, comienza con estas palabras: Reina, que siempre vigilante intercede junto al Rey que ha engendrado. E igualmente Benedicto XIV, en la bula Gloriosae Dominae[xxxi] llama a María Reina del Cielo y de la tierra, afirmando que el Sumo Rey le ha confiado a ella, en cierto modo, su propio imperio.

Por ello San Alfonso de Ligorio, resumiendo toda la tradición de los siglos anteriores, escribió con suma devoción: Porque la Virgen María fue exaltada a ser la Madre del Rey de los reyes, con justa razón la Iglesia la honra con el título de Reina[xxxii].

II. Liturgia
8. La sagrada Liturgia, fiel espejo de la enseñanza comunicada por los Padres y creída por el pueblo cristiano, ha cantado en el correr de los siglos y canta de continuo, así en Oriente como en Occidente, las glorias de la celestial Reina.

9. Férvidos resuenan los acentos en el Oriente: Oh Madre de Dios, hoy eres trasladada al cielo sobre los carros de los querubines, y los serafines se honran con estar a tus órdenes, mientras los ejércitos de la celestial milicia se postran ante Ti[xxxiii]. -Y también: Oh justo, beatísimo [José], por tu real origen has sido escogido entre todos como Esposo de la Reina Inmaculada, que de modo inefable dará a luz al Rey Jesús[xxxiv]. Y además: Himno cantaré a la Madre Reina, a la cual me vuelvo gozoso, para celebrar con alegría sus glorias... Oh Señora, nuestra lengua no te puede celebrar dignamente, porque Tú, que has dado a la luz a Cristo Rey, has sido exaltada por encima de los serafines. ... Salve, Reina del mundo, salve, María, Señora de todos nosotros[xxxv]. -En el Misal Etiópico se lee: Oh María, centro del mundo entero..., Tú eres más grande que los querubines plurividentes y que los serafines multialados. ... El cielo y la tierra están llenos de la santidad de tu gloria[xxxvi].

10. Canta la Iglesia Latina la antigua y dulcisima plegaria "Salve Regina", las alegres antífonas "Ave Regina caelorum", "Regina caeli laetare alleluia" y otras recitadas en las varias fiestas de la Bienaventurada Virgen María: Estuvo a tu diestra como Reina, vestida de brocado de oro[xxxvii]; La tierra y el cielo te cantan cual Reina poderosa[xxxviii]; Hoy la Virgen María asciende al cielo; alegraos, porque con Cristo reina para siempre[xxxix].

A tales cantos han de añadirse las Letanías Lauretanas que invitan al pueblo católico diariamente a invocar como Reina a María; y hace ya varios siglos que, en el quinto misterio glorioso del Santo Rosario, los fieles con piadosa meditación contemplan el reino de María que abarca cielo y tierra.

11. Finalmente, el arte, al inspirarse en los principios de la fe cristiana, y como fiel intérprete de la espontánea y auténtica devoción del pueblo, ya desde el Concilio de Efeso, ha acostumbrado a representar a María como Reina y Emperatriz que, sentada en regio trono y adornada con enseñas reales, ceñida la cabeza con corona, y rodeada por los ejércitos de ángeles y de santos, manda no sólo en las fuerzas de la naturaleza, sino también sobre los malvados asaltos de Satanás. La iconografía, también en lo que se refiere a la regia dignidad de María, se ha enriquecido en todo tiempo con obras de valor artístico, llegando hasta representar al Divino Redentor en el acto de ceñir la cabeza de su Madre con fúlgica corona.

12. Los Romanos Pontífices, favoreciendo a esta devoción del pueblo cristiano, coronaron frecuentemente con la diadema, ya por sus propias manos, ya por medio de Legados pontificios, las imágenes de la Virgen Madre de Dios, insignes tradicionalmente en la pública devoción.

III. Razones teológicas


13. Como ya hemos señalado más arriba, Venerables Hermanos, el argumento principal, en que se funda la dignidad real de María, evidente ya en los textos de la tradición antigua y en la sagrada Liturgia, es indudablemente su divina maternidad. De hecho, en las Sagradas Escrituras se afirma del Hijo que la Virgen dará a luz: Será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin[xl]; y, además, María es proclamada Madre del Señor[xli]. Síguese de ello lógicamente que Ella misma es Reina, pues ha dado vida a un Hijo que, ya en el instante mismo de su concepción, aun como hombre, era Rey y Señor de todas las cosas, por la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo.

San Juan Damasceno escribe, por lo tanto, con todo derecho: Verdaderamente se convirtió en Señora de toda la creación, desde que llegó a ser Madre del Creador[xlii]; e igualmente puede afirmarse que fue el mismo arcángel Gabriel el primero que anunció con palabras celestiales la dignidad regia de María.

14. Mas la Beatísima Virgen ha de ser proclamada Reina no tan sólo por su divina maternidad, sino también en razón de la parte singular que por voluntad de Dios tuvo en la obra de nuestra eterna salvación.

¿Qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave -como escribía Nuestro Predecesor, de feliz memoria, Pío XI- que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista adquirido a costa de la Redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador; "Fuisteis rescatados, no con oro o plata, ... sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un Cordero inmaculado"[xliii]. No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo "por precio grande"[xliv] nos ha comprado[xlv].

Ahora bien, en el cumplimiento de la obra de la Redención, María Santísima estuvo, en verdad, estrechamente asociada a Cristo; y por ello justamente canta la Sagrada Liturgia: Dolorida junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo estaba Santa María, Reina del cielo y de la tierra[xlvi].

Y la razón es que, como ya en la Edad Media escribió un piadosísimo discípulo de San Anselmo: Así como... Dios, al crear todas las cosas con su poder, es Padre y Señor de todo, así María, al reparar con sus méritos las cosas todas, es Madre y Señor de todo: Dios es el Señor de todas las cosas, porque las ha constituido en su propia naturaleza con su mandato, y María es la Señora de todas las cosas, al devolverlas a su original dignidad mediante la gracia que Ella mereció[xlvii]. La razón es que, así como Cristo por el título particular de la Redención es nuestro Señor y nuestro Rey, así también la Bienaventurada Virgen [es nuestra Señora y Reina] por su singular concurso prestado a nuestra redención, ya suministrando su sustancia, ya ofreciéndolo voluntariamente por nosotros, ya deseando, pidiendo y procurando para cada uno nuestra salvación[xlviii].

15. Dadas estas premisas, puede argumentarse así: Si María, en la obra de la salvación espiritual, por voluntad de Dios fue asociada a Cristo Jesús, principio de la misma salvación, y ello en manera semejante a la en que Eva fue asociada a Adán, principio de la misma muerte, por lo cual puede afirmarse que nuestra redención se cumplió según una cierta "recapitulación"[xlix], por la que el género humano, sometido a la muerte por causa de una virgen, se salva también por medio de una virgen; si, además, puede decirse que esta gloriosísima Señora fue escogida para Madre de Cristo precisamente para estar asociada a El en la redención del género humano[l] "y si realmente fue Ella, la que, libre de toda mancha personal y original, unida siempre estrechísimamente con su Hijo, lo ofreció como nueva Eva al Eterno Padre en el Gólgota, juntamente con el holocausto de sus derechos maternos y de su maternal amor, por todos los hijos de Adán manchados con su deplorable pecado"[li]; se podrá de todo ello legítimamente concluir que, así como Cristo, el nuevo Adán, es nuestro Rey no sólo por ser Hijo de Dios, sino también por ser nuestro Redentor, así, según una cierta analogía, puede igualmente afirmarse que la Beatísima Virgen es Reina, no sólo por ser Madre de Dios, sino también por haber sido asociada cual nueva Eva al nuevo Adán.

Y, aunque es cierto que en sentido estricto, propio y absoluto, tan sólo Jesucristo -Dios y hombre- es Rey, también María, ya como Madre de Cristo Dios, ya como asociada a la obra del Divino Redentor, así en la lucha con los enemigos como en el triunfo logrado sobre todos ellos, participa de la dignidad real de Aquél, siquiera en manera limitada y analógica. De hecho, de esta unión con Cristo Rey se deriva para Ella sublimidad tan espléndida que supera a la excelencia de todas las cosas creadas: de esta misma unión con Cristo nace aquel regio poder con que ella puede dispensar los tesoros del Reino del Divino Redentor; finalmente, en la misma unión con Cristo tiene su origen la inagotable eficacia de su maternal intercesión junto al Hijo y junto al Padre.

No hay, por lo tanto, duda alguna de que María Santísima supera en dignidad a todas las criaturas, y que, después de su Hijo, tiene la primacía sobre todas ellas. Tú finalmente -canta San Sofronio- has superado en mucho a toda criatura... ¿Qué puede existir más sublime que tal alegría, oh Virgen Madre? ¿Qué puede existir más elevado que tal gracia, que Tú sola has recibido por voluntad divina?[lii]. Alabanza, en la que aun va más allá San Germán: Tu honrosa dignidad te coloca por encima de toda la creación: Tu excelencia te hace superior aun a los mismos ángeles[liii]. Y San Juan Damasceno llega a escribir esta expresión: Infinita es la diferencia entre los siervos de Dios y su Madre[liv].

16. Para ayudarnos a comprender la sublime dignidad que la Madre de Dios ha alcanzado por encima de las criaturas todas, hemos de pensar bien que la Santísima Virgen, ya desde el primer instante de su concepción, fue colmada por abundancia tal de gracias que superó a la gracia de todos los Santos.

Por ello -como escribió Nuestro Predecesor Pío IX, de f. m., en su Bula- Dios inefable ha enriquecido a María con tan gran munificencia con la abundancia de sus dones celestiales, sacados del tesoro de la divinidad, muy por encima de los Ángeles y de todos los Santos, que Ella, completamente inmune de toda mancha de pecado, en toda su belleza y perfección, tuvo tal plenitud de inocencia y de santidad que no se puede pensar otra más grande fuera de Dios y que nadie, sino sólo Dios, jamás llegará a comprender[lv].

17. Además, la Bienaventurada Virgen no tan sólo ha tenido, después de Cristo, el supremo grado de la excelencia y de la perfección, sino también una participación de aquel influjo por el que su Hijo y Redentor nuestro se dice justamente que reina en la mente y en la voluntad de los hombres. Si, de hecho, el Verbo opera milagros e infunde la gracia por medio de la humanidad que ha asumido, si se sirve de los sacramentos, y de sus Santos, como de instrumentos para salvar las almas, ¿cómo no servirse del oficio y de la obra de su santísima Madre para distribuirnos los frutos de la Redención?

Con ánimo verdaderamente maternal -así dice el mismo Predecesor Nuestro, Pío IX, de ilustre memoria- al tener en sus manos el negocio de nuestra salvación, Ella se preocupa de todo el género humano, pues está constituida por el Señor Reina del cielo y de la tierra y está exaltada sobre los coros todos de los Ángeles y sobre los grados todos de los Santos en el cielo, estando a la diestra de su unigénito Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, con sus maternales súplicas impetra eficacísimamente, obtiene cuanto pide, y no puede no ser escuchada[lvi].

A este propósito, otro Predecesor Nuestro, de feliz memoria, León XIII, declaró que a la Bienaventurada Virgen María le ha sido concedido un poder casi inmenso en la distribución de las gracias[lvii]; y San Pío X añade que María cumple este oficio suyo como por derecho materno[lviii].

18. Gloríense, por lo tanto, todos los cristianos de estar sometidos al imperio de la Virgen Madre de Dios, la cual, a la par que goza de regio poder, arde en amor maternal.

Mas, en estas y en otras cuestiones tocantes a la Bienaventurada Virgen, tanto los Teólogos como los predicadores de la divina palabra tengan buen cuidado de evitar ciertas desviaciones, para no caer en un doble error; esto es, guárdense de las opiniones faltas de fundamento y que con expresiones exageradas sobrepasan los límites de la verdad; mas, de otra parte, eviten también cierta excesiva estrechez de mente al considerar esta singular, sublime y -más aún- casi divina dignidad de la Madre de Dios, que el Doctor Angélico nos enseña que se ha de ponderar en razón del bien infinito, que es Dios[lix].

Por lo demás, en este como en otros puntos de la doctrina católica, la "norma próxima y universal de la verdad" es para todos el Magisterio, vivo, que Cristo ha constituido "también para declarar lo que en el depósito de la fe no se contiene sino oscura y como implícitamente"[lx].

19. De los monumentos de la antigüedad cristiana, de las plegarias de la liturgia, de la innata devoción del pueblo cristiano, de las obras de arte, de todas partes hemos recogido expresiones y acentos, según los cuales la Virgen Madre de Dios sobresale por su dignidad real; y también hemos mostrado cómo las razones, que la Sagrada Teología ha deducido del tesoro de la fe divina, confirman plenamente esta verdad. De tantos testimonios reunidos se entreforma un concierto, cuyos ecos resuenan en la máxima amplitud, para celebrar la alta excelencia de la dignidad real de la Madre de Dios y de los hombres, que ha sido exaltada a los reinos celestiales, por encima de los coros angélicos[lxi].

IV. Institución de la fiesta
20. Y ante Nuestra convicción, luego de maduras y ponderadas reflexiones, de que seguirán grandes ventajas para la Iglesia si esta verdad sólidamente demostrada resplandece más evidente ante todos, como lucerna más brillante en lo alto de su candelabro, con Nuestra Autoridad Apostólica decretamos e instituimos la fiesta de María Reina, que deberá celebrarse cada año en todo el mundo el día 31 de mayo. Y mandamos que en dicho día se renueve la consagración del género humano al Inmaculado Corazón de la bienaventurada Virgen María. En ello, de hecho, está colocada la gran esperanza de que pueda surgir una nueva era tranquilizada por la paz cristiana y por el triunfo de la religión.

Procuren, pues, todos acercarse ahora con mayor confianza que antes, todos cuantos recurren al trono de la gracia y de la misericordia de nuestra Reina y Madre, para pedir socorro en la adversidad, luz en las tinieblas, consuelo en el dolor y en el llanto, y, lo que más interesa, procuren liberarse de la esclavitud del pecado, a fin de poder presentar un homenaje insustituible, saturado de encendida devoción filial, al cetro real de tan grande Madre.


Sean frecuentados sus templos por las multitudes de los fieles, para en ellos celebrar sus fiestas; en las manos de todos esté la corona del Rosario para reunir juntos, en iglesias, en casas, en hospitales, en cárceles, tanto los grupos pequeños como las grandes asociaciones de fieles, a fin de celebrar sus glorias. En sumo honor sea el nombre de María más dulce que el néctar, más precioso que toda joya; nadie ose pronunciar impías blasfemias, señal de corrompido ánimo, contra este nombre, adornado con tanta majestad y venerable por la gracia maternal; ni siquiera se ose faltar en modo alguno de respeto al mismo.


Se empeñen todos en imitar, con vigilante y diligente cuidado, en sus propias costumbres y en su propia alma, las grandes virtudes de la Reina del Cielo y nuestra Madre amantísima. Consecuencia de ello será que los cristianos, al venerar e imitar a tan gran Reina y Madre, se sientan finalmente hermanos, y, huyendo de los odios y de los desenfrenados deseos de riquezas, promuevan el amor social, respeten los derechos de los pobres y amen la paz.


Que nadie, por lo tanto, se juzgue hijo de María, digno de ser acogido bajo su poderosísima tutela si no se mostrare, siguiendo el ejemplo de ella, dulce, casto y justo, contribuyendo con amor a la verdadera fraternidad, no dañando ni perjudicando, sino ayudando y consolando.

21. En muchos países de la tierra hay personas injustamente perseguidas a causa de su profesión cristiana y privadas de los derechos humanos y divinos de la libertad: para alejar estos males de nada sirven hasta ahora las justificadas peticiones ni las repetidas protestas. A estos hijos inocentes y afligidos vuelva sus ojos de misericordia, que con su luz llevan la serenidad, alejando tormentas y tempestades, la poderosa Señora de las cosas y de los tiempos, que sabe aplacar las violencias con su planta virginal; y que también les conceda el que pronto puedan gozar la debida libertad para la práctica de sus deberes religiosos, de tal suerte que, sirviendo a la causa del Evangelio con trabajo concorde, con egregias virtudes, que brillan ejemplares en medio de las asperezas, contribuyan también a la solidez y a la prosperidad de la patria terrenal.

22. Pensamos también que la fiesta instituida por esta Carta encíclica, para que todos más claramente reconozcan y con mayor cuidado honren el clemente y maternal imperio de la Madre de Dios, pueda muy bien contribuir a que se conserve, se consolide y se haga perenne la paz de los pueblos, amenazada casi cada día por acontecimientos llenos de ansiedad. ¿Acaso no es Ella el arco iris puesto por Dios sobre las nubes, cual signo de pacífica alianza?[lxii]. Mira al arco, y bendice a quien lo ha hecho; es muy bello en su resplandor; abraza el cielo con su cerco radiante y las Manos del Excelso lo han extendido[lxiii]. Por lo tanto, todo el que honra a la Señora de los celestiales y de los mortales -y que nadie se crea libre de este tributo de reconocimiento y de amor- la invoque como Reina muy presente, mediadora de la paz; respete y defienda la paz, que no es la injusticia inmune ni la licencia desenfrenada, sino que, por lo contrario, es la concordia bien ordenada bajo el signo y el mandato de la voluntad de Dios: a fomentar y aumentar concordia tal impulsan las maternales exhortaciones y los mandatos de María Virgen.

Deseando muy de veras que la Reina y Madre del pueblo cristiano acoja estos Nuestros deseos y que con su paz alegre a los pueblos sacudidos por el odio, y que a todos nosotros nos muestre, después de este destierro, a Jesús que será para siempre nuestra paz y nuestra alegría, a Vosotros, Venerables Hermanos, y a vuestros fieles, impartimos de corazón la Bendición Apostólica, como auspicio de la ayuda de Dios omnipotente y en testimonio de Nuestro amor.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de la Maternidad de la Virgen María, el día 11 de octubre de 1954, decimosexto de Nuestro Pontificado. PIO XII


Notas
[i] Cf. const. apost. Munificentissimus Deus: A.A.S. 32 (1950), 753 ss.
[ii] Cf. enc. Fulgens corona: A.A.S. 35 (1953) 577 ss.
[iii] Cf. A.A.S. 38 (1946) 264 ss.
[iv] Cf. Osservat. Rom., 19 maggio 1946.
[v] Luc. 1, 32.
[vi] Is. 9, 6.
[vii] Apoc. 19, 16.
[viii] Cf. Luc. 1, 32. 33.
[ix] Luc. 1, 43.
[x] S. Ephraem Hymni de B. María (ed. Th. J. Lamy t. 2, Mechliniae, 1886) hymn. XIX, p. 624.
[xi] Idem Orat. ad Ssmam. Dei Matrem: Opera omnia (ed. Assemani t. 3 [graece] Romae, 1747, p. 546).
[xii] S. Greg. Naz. Poemata dogmatica XVIII v. 58 PG 37, 485.
[xiii] Prudent. Dittochaeum XXVII PL 60, 102 A.
[xiv] Hom. in S. Luc. hom. VII (ed. Rauer Origines' Werke t. 9, 48 [ex "catena" Macarii Chrysocephali]). Cf. PG 13, 1902 D.
[xv] S. Hier. Liber de nominibus hebraeis: PL 23, 886.
[xvi] S. Petrus Chrysol., Sermo 142 De Annuntiatione B.M.V.: PL 52, 579 C; cf. etiam 582 B; 584 A: "Regina totius exstitit castitatis".
[xvii] Relatio Epiphani ep. Constantin. PL 63, 498 D.
[xviii] Encomium in Dormitionem Ssmae. Deiparae [inter opera S. Modesti] PG 86, 3306 B.
[xix] S. Andreas Cret., Hom. 2 in Dormitionem Ssmae. Deiparae: PG 97, 1079 B.
[xx] Id., Hom. 3 in Dormit. Ssmae. Deip.: PG 97, 1099 A.
[xxi] S. Germanus In Praesentationem Sanctissimae Deiparae 1 PG 98, 303 A.
[xxii] Id., ibid. 2 PG 98, 315 C.
[xxiii] S. Ioannes Damasc., Hom. 1 In Dormitionem B.M.V.: PG 96, 719 A.
[xxiv] Id. De fide orthodoxa 4, 14 PG 44, 1158 B.
[xxv] De laudibus Mariae [inter opera Venantii Fortunati] PL 88, 282 B. 283 A.
[xxvi] Ildefonsus Tolet. De virginitate perpetua B.M.V.: 96, 58 A.D.
[xxvii] S. Martinus I, epist. 14 PL 87, 199-200 A.
[xxviii] S. Agatho PL 87, 1221 A.
[xxix] Hardouin Acta Conc. 4, 234.238 PL 89, 508 B.
[xxx] Syxtus IV, bulla Cum praeexcelsa d. d. 28 febr. 1476.
[xxxi] Benedictus XIV, bulla Gloriosae Dominae d. d. 27 sept. 1748.
[xxxii] S. Alfonso Le glorie di Maria, 1, 1, 1.
[xxxiii] Ex liturgia Armenorum: in festo Assumpt., hym. ad Mat.
[xxxiv] Ex Menaeo (byzant.): Dominica post Natalem, in Canone, ad Mat.
[xxxv] Officium hymni (in ritu byzant.).
[xxxvi] Missale Aethiopicum: Anaphora Dominae nostrae Mariae, Matris Dei.
[xxxvii] Brev. Rom.: Versic. sexti Resp.
[xxxviii] Festum Assumpt., hymn. Laud.
[xxxix] Ibid., ad Magnificat II Vesp.
[xl] Luc. 1, 32. 33.
[xli] Ibid. 1, 43.
[xlii] S. Ioannes Damasc. De fide orthodoxa 4, 14 PG 94, 1158 B.
[xliii] 1 Pet. 1, 18. 19.
[xliv] 1 Cor. 6, 20.
[xlv] Pius XI, enc. Quas primas: A.A.S. 17 (1925), 599.
[xlvi] Festum septem dolorum B. M. V., tractus.
[xlvii] Eadmerus De excellentia V. M., 11 PL 159, 508 A.B.
[xlviii] Suárez De mysteriis vitae Christi disp. 22, sect. 2 (ed. Vives 19, 327).
[xlix] S. Iren. Adv. haer. 4, 9, 1 PG 7, 1175 B.
[l] Pius XI, epist. Auspicatus profecto: A.A.S. 25 (1933), 80.
[li] Pius XII, enc. Mystici Corporis: A.A.S. 35 (1943), 247.
[lii] S. Sophronius In Annuntiationem B. M. V.: PG 87, 3238 D. 3242 A.
[liii] S. Germanus, Hom. 2 in Dormitionem B. M. V.: PG 98, 354 B.
[liv] S. Ioannes Damasc., Hom. 1 in Dormitionem B. M. V.: PG 96, 715 A.
[lv] Pius IX, bulla Ineffabilis Deus: Acta Pii IX 1, 597. 598.
[lvi] Ibid., 618.
[lvii] Leo XIII, enc. Adiutricem populi: A.A.S. 28 (1895-1896), 130.
[lviii] Pius X, enc. Ad diem illum: A.A.S. 36 (1903-1904), 455.
[lix] Sum. Theol. 1, 25, 6, ad 4.
[lx] Pius XII, enc. Humani generis: A.A.S. 42 (1950), 569.
[lxi] Brev. Rom.: Festum Assumpt. B. M. V.
[lxii] Cf. Gen. 9, 13.
[lxiii] Eccli. 43, 12-13.

Oh, Señora mía


Oración de San Luis Gonzaga

(1568-1591)


Oh Señora mía, Santa María:
hoy y todos los días y en la hora de mi muerte,
me encomiendo a tu bendita fidelidad y singular custodia,
y pongo en el seno de tu misericordia
mi alma y mi cuerpo;
te recomiendo toda mi esperanza y mi consuelo,
todas mis angustias y miserias,
mi vida y el fin de ella:
para que por tu santísima intercesión,
y por tus méritos,
todas mis obras vayan dirigidas y dispuestas
conforme a tu voluntad y a la de tu Hijo.
Amén.

Salutación mariana

por el P. Antonio Escobar y Mendoza
(español, 1589-1669)


Gabriel al suelo la rodilla inclina;
Sálvete Dios, la dice, Virgen bella;
Sálvete Dios, aurora matutina;
Sálvete Dios, resplandeciente estrella;
Sálvete Dios, Jerusalén divina;
Sálvete Dios, fructífera doncella;
Sálvete Dios, ciudad fortalecida;
Sálvete Dios, morada de la vida.


Sálvete Dios, favor de aprisionados;
Sálvete Dios, consuelo de afligidos;
Sálvete Dios, ciudad de desterrados;
Sálvete Dios, ganancia de perdidos;
Sálvete Dios, amparo de olvidados;
Sálvete Dios, salud de perseguidos;
Sálvete Dios, de tristes alegría;
Sálvete Dios, purísima María.

Ineffabilis Deus (Pío IX)


Carta apostólica de Pío IX
Sobre la Inmaculada Concepción
8 de diciembre de 1854


1. María en los planes de Dios.
El inefable Dios, cuya conducta es misericordia y verdad, cuya voluntad es omnipotencia y cuya sabiduría alcanza de límite a límite con fortaleza y dispone suavemente todas las cosas, habiendo, previsto desde toda la eternidad la ruina lamentabilísima de todo el género humano, que había de provenir de la transgresión de Adán, y habiendo decretado, con plan misterioso escondido desde la eternidad, llevar al cabo la primitiva obra de su misericordia, con plan todavía más secreto, por medio de la encarnación del Verbo, para que no pereciese el hombre impulsado a la culpa por la astucia de la diabólica maldad y para que lo que iba a caer en el primer Adán fuese restaurado más felizmente en el segundo, eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una Madre, para que su unigénito Hijo, hecho carne de ella, naciese, en la dichosa plenitud de los tiempos, y en tanto grado la amó por encima de todas las criaturas, que en sola ella se complació con señaladísima benevolencia. Por lo cual tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos los celestiales carismas, sacada del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los án­geles y santos, que Ella, absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios.

Y, por cierto era convenientísimo que brillase siempre adornada de los resplandores de la perfectísima santidad y que re­portase un total triunfo de la antigua serpiente, enteramente inmune aun de la misma mancha de la culpa original, tan venerable Madre, a quien Dios Padre dispuso dar a su único Hijo, a quien ama como a sí mismo, engendrado como ha sido igual a sí de su corazón, de tal manera que naturalmente fuese uno y el mismo Hijo común de Dios Padre y de la Virgen, y a la que el mismo Hijo en persona determinó hacer sustancialmente su Madre y de la que el Espíritu Santo quiso e hizo que fuese concebido y naciese Aquel de quien él mismo procede.



2. Sentir de la Iglesia respecto a la concepción inmaculada.

Ahora bien, la Iglesia católica, que, de continuo ense­ñada por el Espíritu Santo, es columna y fundamento firme de la verdad, jamás desistió de explicar, poner de manifiesto y dar calor, de variadas e ininterrumpidas maneras y con hechos cada vez más espléndidos, a la original inocencia de la augusta Virgen, junto con su admirable santidad, y muy en conso­nancia con la altísima dignidad de Madre de Dios, por tenerla como doctrina recibida de lo alto y contenida en el depó­sito de la revelación. Pues esta doctrina, en vigor desde las más antiguas edades, íntimamente inoculada en los espíritus de los fieles, y maravillosamente propagada por el mundo católico por los cuidados afanosos de los sagrados prelados, espléndidamente la puso de relieve la Iglesia misma cuando no titubeó en proponer al público culto y veneración de los fieles la Concepción de la misma Virgen.
Ahora bien, con este glorioso hecho, por cierto presentó al culto la Concepción de la misma Virgen como algo singular, maravilloso y muy distinto de los principios de los demás hombres y perfectamente santo, por no celebrar la Iglesia, sino festividades de los santos. Y por eso acostumbró a emplear en los oficios eclesiásticos y en la sagrada liturgia aún las mismísimas palabras que emplean las divinas Escrituras tratando de la Sabiduría increada y describiendo sus eternos orígenes, y aplicarla a los principios de la Virgen, los cuales habían sido predeterminados con un mismo decreto, juntamente con la encarnación de la divina Sabiduría.

Y aun cuando todas estas cosas, admitidas casi universalmente por los fieles, manifiesten con qué celo haya mantenido también la misma romana Iglesia, madre y maestra de todas las iglesias, la doctrina de la Concepción Inmaculada de la Virgen, sin embargo de eso, los gloriosos hechos de esta Iglesia son muy dignos de ser uno a uno enumerados, siendo como es tan grande su dignidad y autoridad, cuanta absolutamente se debe a la que es centro de la verdad y unidad católica, en la cual sola ha sido custodiada inviolablemente la religión y de la cual todas las demás iglesias han de recibir la tradición de la fe. Así que la misma romana Iglesia no tuvo más en el corazón que profesar, propugnar, propagar y defender la Concepción Inmaculada de la Virgen, su culto y su doctrina, de las maneras más significativas.



3. Favor prestado por los papas al culto de la Inmaculada.

Muy clara y abiertamente por cierto testimonian y declaran esto tantos insignes hechos de los Romanos Pontífices, nuestros predecesores, a quienes en la persona del Príncipe de los Apóstoles encomendó el mismo Cristo Nuestro Señor el supremo cuidado y potestad de apacentar los corderos y las ovejas, de robustecer a los hermanos en la fe y de regir y gobernar la universal Iglesia. Ahora bien, nuestros predecesores se gloriaron muy mucho de establecer con su apostólica autoridad, en la romana Iglesia la fiesta de la Concepción, y darle más auge y esplendor con propio oficio y misa propia, en los que clarísimamente se afirmaba la prerrogativa de la inmunidad de la mancha hereditaria, y de promover y ampliar con toda suerte de industrias el culto ya establecido, ora con la concesión de indulgencias, ora con el permiso otorgado a las ciudades, provincias y reinos de que tomasen por patrona a la Madre de Dios bajo el título de la Inmaculada Concepción, ora con la aprobación de sodalicios, congregaciones, institutos religiosos fundados en honra de la Inmaculada Concepción, ora alabando la piedad de los fundadores de monasterios, hospitales, altares, templos bajo el título de la Inmaculada Concepción, o de los que se obligaron con voto a defender valientemente la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios.
Grandísima alegría sintieron además en decretar que la, festividad de la Concepción debía considerarse por toda la Iglesia exactamente como la de la Natividad, y que debía celebrarse por la universal Iglesia con octava, y que debía ser guardada santamente por todos como las de precepto, y que había de haber capilla papal en nuestra patriarcal basílica Liberiana anualmente el día dedicado a la Concepción de la Virgen. Y deseando fomentar cada día más en las mentes de los fieles el conocimiento de la doctrina de la Concepción Inmaculada de María Madre de Dios y estimularles al culto y veneración de la mis­ma Virgen concebida sin mancha original, gozáronse en conceder, con la mayor satisfacción posible, permiso para que públicamente se proclamase en las letanías lauretanas, y en él mismo prefacio de la misa, la Inmaculada Concepción de la Virgen, y se estableciese de esa manera con la ley misma de orar la norma de la fe.
Nos, además, siguiendo fielmente las huellas de tan grandes predecesores, no sólo tuvimos por buenas y aceptamos todas las cosas piadosísima y sapientísimamente por los mismos establecidas, sino también, recordando lo determinado por Sixto IV, dimos nuestra autorización al oficio propio de la Inmaculada Concepción y de muy buen grado concedimos su uso a la universal Iglesia.



4. Débese a los papas la determinación exacta del culto de la Inmaculada

Mas, como quiera que las cosas relacionadas con el culto está intima y totalmente ligadas con su objeto, y no pueden permanecer firmes en su buen estado si éste queda envuelto en la vaguedad y ambigüedad, por eso nuestros predecesores romanos Pontífices, qué se dedicaron con todo esmero al esplendor del culto de la Concepción, pusieron tam­bién todo su empeño en esclarecer e inculcar su objeto y doctrina. Pues con plena claridad enseñaron que se trataba de festejar la concepción de la Virgen, y proscribieron, como falsa y muy lejana a la mente de la Iglesia, la opinión de los que opinaban y afirmaban que veneraba la Iglesia, no la concepción, sino la santificación. Ni creyeron que debían tratar con suavidad a los que, con el fin de echar por tierra la doctrina de la Inmaculada Concepción de la Virgen, distinguiendo entre el primero o y segundo instante y momento de la concepción, afirmaban que ciertamente se celebraba la concepción, mas no en el primer instante y momento. Pues nuestros mismos predecesores juzgaron que era su deber defender y propugnar con todo celo, como verdadero Objeto del culto, la festividad de la Concepción de la santísima Virgen, y concepción en el primer instante.
De ahí las palabras verdaderamente decisivas con que Alejandro VII, nuestro predecesor, declaró la clara mente de la Iglesia, diciendo: Antigua por cierto es la piedad de los fieles cristianos para con la santísima Madre Virgen María, que sienten que su alma, en el pri­mer instante de su creación e infusión en el cuerpo, fue preservada inmune de la mancha del pecado original, por singular gracia y privilegio de Dios, en atención a los méritos de su hijo Jesucristo, redentor del género humano, y que, en este sentido, veneran y celebran con solemne ceremonia la fiesta de su Concepción. (Const. "Sollicitudo omnium Ecclesiarum", 8 de diciembre de 1661).

Y, ante todas cosas, fue costumbre también entre los mismos predecesores nuestros defender, con todo cuidado, celo y esfuerzo, y mantener incólume la doctrina de la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios. Pues no solamente no toleraron en modo alguno que se atreviese alguien a mancillar y censurar la doctrina misma, antes, pasando más adelante, clarísima y repetidamente declararon que la doctrina con la que profesamos la Inmaculada Concepción de la Virgen era y con razón se tenía por muy en armonía con el culto eclesiástico y por antigua y casi universal, y era tal que la romana Iglesia se había encargado de su fomento y defensa y que era dignísima que se le diese cabida en la sagrada liturgia misma y en las oraciones públicas



5. Los papas prohibieron la doctrina contraria.

Y, no contentos con esto, para que la doctrina misma de la Concepción Inmaculada de la Virgen permaneciese intacta, prohibieron severamente que se pudiese defender pública o privadamente la opinión contraria a esta doctrina y quisieron acabar con aquella a fuerza de múltiples golpes mortales. Esto no obstante, y a pesar de repetidas y clarísimas declaraciones, pasaron a las sanciones, para que estas no fueran vanas.
Todas estas cosas comprendió el citado predecesor nuestro Alejandro VII con estas palabras:"Nos, considerando que la Santa Romana Iglesia celebra solemnemente la festividad de la Inmaculada siempre Virgen María, y que dispuso en otro tiempo un oficio especial y propio acerca de esto, conforme a la piadosa, devota, y laudable práctica que entonces emanó de Sixto IV, Nuestro Predecesor: y queriendo, a ejemplo de los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, favorecer a esta laudable piedad y devoción y fiesta, y al culto en consonancia con ella, y jamás cambiado en la Iglesia Romana después de la institución del mismo, y (queriendo), además, salvaguardar esta piedad y devoción de venerar y celebrar la Santísima Virgen preservada del pecado original, claro está, por la gracia proveniente del Espíritu Santo; y deseando conservar en la grey de Cristo la unidad del espíritu en los vínculos de la paz (Efes. 4, 3), apaciguados los choques y contiendas y, removidos los escándalos: en atención a la instancia a Nos presentada y a las preces de los mencionados Obispos con los cabildos de sus iglesias y del rey Felipe y de sus reinos; renovamos las Constituciones y decretos promulgados por los Romanos Pontífices, Nuestro Predecesores, y principalmente por Sixto IV, Pablo V y Gregorio XV en favor de la sentencia que afirma que el alma de Santa María Virgen en su creación, en la infusión del cuerpo fue obsequiada con la gracia del Espíritu Santo y preservada del pecado original y en favor también de la fiesta y culto de la Concepción de la misma Virgen Madre de Dios, prestado, según se dice, conforme a esa piadosa sentencia, y mandamos que se observe bajo las censuras y penas contenidas en las mismas Constituciones.

Y además, a todos y cada uno de los que continuaren interpretando las mencionadas Constituciones o decretos, de suerte que anulen el favor dado por éstas a dicha sentencia y fiesta o culto tributado conforme a ella, u osaren promover una disputa sobre esta misma sentencia, fiesta o culto, o hablar, predicar, tratar, disputar contra estas cosas de cualquier manera, directa o indirectamente o con cualquier pretexto, aún examinar su definibilidad, o de glosar o interpretar la Sagrada Escritura o los Santos Padres o Doctores, finalmente con cualquier pretexto u ocasión por escrito o de palabra, determinando y afirmando cosa alguna contra ellas, ora aduciendo argumentos contra ellas y dejándolos sin solución, ora discutiendo de cualquier otra manera inimaginable; fuera de las penas y censuras contenidas en las Constituciones de Sixto IV, a las cuales queremos someterles, y por las presentes les sometemos, queremos también privarlos del permiso de predicar, dar lecciones públicas, o de enseñar, y de interpretar, y de voz activa y pasiva en cualesquiera elecciones por el hecho de comportarse de ese modo y sin otra declaración alguna en las penas de inhabilidad perpetua para predicar y dar lecciones públicas, enseñar e interpretar; y que no pueden ser absueltos o dispensados de estas cosas sino por Nos mismo o por Nuestros Sucesores los Romanos Pontífices; y queremos asimismo que sean sometidos, y por las presentes sometemos a los mismos a otras penas infligibles, renovando las Constituciones o decretos de Paulo V y de Gregorio XV, arriba mencionados.

Prohibimos, bajo las penas y censuras contenidas en el Índice de los libros prohibidos, los libros en los cuales se pone en duda la mencionada sentencia, fiesta o culto conforme a ella, o se escribe o lee algo contra esas cosas de la manera que sea, como arriba queda dicho, o se contienen frase, sermones, tratados y disputas contra las mismas, editados después del decreto de Paulo V arriba citado, o que se editaren de la manera que sea en lo porvenir por expresamente prohibidos, ipso facto y sin más declaración."



6. Sentir unánime de los doctos obispos y religiosos.
Mas todos saben con qué celo tan grande fue expuesta, afirmada y defendida esta doctrina de la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre de Dios por las esclarecidísimas familias religiosas y por las más concurridas academias teológicas y por los aventajadísimos doctores en la ciencia de las cosas divinas. Todos, asimismo, saben con qué solicitud tan grande hayan abierta y públicamente profesado los obispos, aun en las mismas asambleas eclesiásticas, que la santísima Madre de Dios, la Virgen María, en previsión de los merecimientos de Cristo Señor Redentor, nunca estuvo sometida al pecado, sino que fue totalmente preservada de la mancha original, y, de consiguiente, redimida de más sublime manera.



7. El concilio de Trento y la tradición,

Ahora bien, a estas cosas se añade un hecho verdaderamente de peso y sumamente extraordinario, conviene a saber: que también el concilio Tridentino mismo, al promulgar el decreto dogmático del pecado original, por el cual estableció y definió, conforme a los testimonios de las sagradas Escrituras y de los Santos Padres y de los recomendabilísimos concilios, que los hombres nacen manchados por la culpa original, sin embargo, solemnemente declaró que no era su intención incluir a la santa e Inmaculada Virgen Madre de Dios en el decreto mismo y en una definición tan amplia. Pues con esta declaración suficientemente insinuaron los Padres tridentinos, dadas las circunstancias de las cosas y de los tiempos, que la misma santísima Virgen había sido librada de la mancha original, y hasta clarísimamente dieron a entender que no podía aducirse fundadamente argumento alguno de las divinas letras, de la tradición, de la autoridad de los Padres que se opusiera en manera alguna a tan grande prerrogativa de la Virgen.

Y, en realidad de verdad, ilustres monumentos de la venerada antigüedad de la Iglesia oriental y occidental vigorosísimamente testifican que esta doctrina de la Concepción Inmaculada de la santísima, Virgen, tan espléndidamente explicada, declarada, confirmada cada vez más por el gravísimo sentir, magisterio, estudio, ciencia y sabiduría de la Iglesia, y tan maravillosamente propagada entre todos los pueblos y naciones del orbe católico, existió siempre en la misma Iglesia como recibida de los antepasados y distinguida con el sello de doctrina revelada.

Pues la Iglesia de Cristo, diligente custodia y defensora de los dogmas a ella confiados, jamás cambia en ellos nada, ni disminuye, ni añade, antes, tratando fiel y sabiamente con todos sus recursos las verdades que la antigüedad ha esbozado y la fe de los Padres ha sembrado, de tal manera trabaja por li­marlas y pulirlas, que los antiguos dogmas de la celestial doctrina reciban claridad, luz, precisión, sin que pierdan, sin embargo, su plenitud, su integridad, su índole propia, y se desarrollen tan sólo según su naturaleza; es decir el mismo dogma, en el mismo sentido y parecer.



8. Sentir de los Santos Padres y de los escri­tores eclesiásticos.

Y por cierto, los Padres y escritores de la Iglesia, adoctrinados por las divinas enseñanzas, no tuvieron tanto en el corazón, en los libros compuestos para explicar las Escrituras, defender los dogmas, y enseñar a los fieles, como el predicar y ensalzar de muchas y maravillosas maneras, y a porfía, la altísima santidad de la Virgen, su dignidad, y su inmunidad de toda mancha de pecado, y su gloriosa victoria del terrible enemigo del humano linaje.



9. El Protoevangelio.

Por lo cual, al glosar las palabras con las que Dios, vaticinando en los principios del mundo los remedios de su piedad dispuestos para la reparación de los mortales, aplastó la osadía de la engañosa serpiente levantó maravillosamente la esperanza de nuestro linaje, diciendo: Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; enseñaron que, con este divino oráculo, fue de antemano designado clara y patentemente el misericordioso Redentor del humano linaje, es decir, el unigénito Hijo de Dios Cristo Jesús, y designada la santísima Madre, la Virgen María, y al mismo tiempo brillantemente puestas de relieve las mismísimas enemistades de entrambos contra el diablo. Por lo cual, así como Cristo, mediador de Dios y de los hombres, asumida la naturaleza humana, borrando la escritura del decreto que nos era contrario, lo clavó triunfante en la cruz, así la santísima Virgen, unida a Él con apretadísimo e indisoluble vínculo hostigando con Él y por Él eternamente a la venenosa serpiente, y de la misma triunfando en toda la línea, trituró su cabeza con el pie inmaculado.



10. Figuras bíblicas de María.

Este eximio y sin par triunfo de la Virgen, y excelentísima inocencia, pureza, santidad y su integridad de toda mancha de pecado e inefable abundancia y grandeza de todas las gracias, virtudes y privilegios, viéronla los mismos Padres ya en el arca de Noé que, providencialmente construida, salió totalmente salva e incólume del común naufragio de todo el mundo; ya en aquella escala que vio Jacob que llegaba de la tierra al cielo y por cuyas gradas subían y bajaban los ángeles de Dios y en cuya cima se apoyaba el mismo Señor; ya en la zarza aquélla que contempló Moisés arder de todas partes y entré el chisporroteo de las llamas no se consumía o se gastaba lo más mínimo, sino que hermosamente reverdecía y florecía; ora en aquella torre inexpugnable al enemigo, de la cual cuelgan mil escudos y toda suerte de armas de los fuertes; ora en aquel huerto cerrado que no logran violar ni abrir fraudes y trampas algunas; ora en aquella resplandeciente ciudad de Dios, cuyos fundamentos se asientan en los montes santos a veces en aquel augustísimo templo de Dios que, aureola­do de resplandores divinos, está lleno, de la gloria de Dios; a veces en otras verdaderamente innumerables figuras de la misma clase, con las que los Padres enseñaron que había sido vaticinada claramente la excelsa dignidad de la Madre de Dios, y su incontaminada inocencia, y su santidad, jamás sujeta a mancha alguna.



11. Los profetas.
Para describir este mismo como compendio de divinos dones y la integridad original de la Virgen, de la que nació Jesús, los mismos [Padres], sirviéndose de las palabras de los profetas, no festejaron a la misma augusta Virgen de otra manera que como a paloma pura, y a Jerusalén santa, y a trono excelso de Dios, y a arca de santificación, y a casa que se construyó la eterna Sabiduría, y a la Reina aquella que, rebosando felicidad y apoyada en su Amado, salió de la boca del Altísimo absolutamente perfecta, hermosa y queridísima de Dios y siempre libre de toda mancha.



12. El Ave María y el Magnificat.

Mas atentamente considerando los mismos Padres y escritores de la Iglesia que la santísima Virgen había sido llamada llena de gracia, por mandato y en nombre del mismo Dios, por el Gabriel cuando éste le anunció la altísima dignidad de Madre de Dios, enseñaron que, con ese singular y solemne saludo, jamás oído, se manifestaba que la Madre de Dios era sede de todas las gracias divinas y que estaba adornada de todos los carismas del divino Espíritu; más aún, que era como tesoro casi infinito de los mismos, y abismo inagotable, de suerte que, jamás sujeta a la maldición y partícipe, juntamente con su Hijo, de la perpetua bendición, mereció oír de Isabel, inspirada por el divino Espíritu: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

De ahí se deriva su sentir no menos claro. que unánime, según el cual la gloriosísima Virgen, en quien hizo cosas grandes el Poderoso, brilló con tal abundancia de todos los dones celestiales, con tal plenitud de gracia y con tal inocencia, que resultó como un inefable milagro de Dios, más aún, como el milagro cumbre de todos los milagros y digna Madre de Dios, y allegándose a Dios mismo, según se lo permitía la condición de criatura, lo más cerca posible, fue superior a toda alabanza humana y angélica.

13. Paralelo entre María y Eva

Y, de consiguiente, para defender la original inocencia y santidad de la Madre de Dios, no sólo la compararon muy frecuentemente con Eva todavía virgen, todavía inocente, todavía incorrupta y todavía no engaña a por as mortíferas asechanzas de la insidiosísima serpiente, sino también la antepusieron a ella con maravillosa variedad de palabras y pensamientos. Pues Eva, miserablemente complaciente con la serpiente, cayó de la original inocencia y se convirtió en su esclava; mas la santísima Virgen aumentando de continuo el don original, sin prestar jamás atención a la serpiente, arruinó hasta los cimientos su poderosa fuerza con la virtud recibida de lo alto.



14. Expresiones de alabanza

Por lo cual jamás dejaron de llamar a la Madre de Dios o lirio entre espinas, o tierra absolutamente intacta, virginal, sin mancha , inmaculada, siempre bendita, y libre de toda mancha de pecado, de la cual se formó el nuevo Adán; o paraíso intachable, vistosísimo, amenísimo de inocencia, de inmortalidad y de delicias, por Dios mismo plantado y defendido de toda intriga de la venenosa serpiente; o árbol inmarchitable, que jamás carcomió el gusano del pecado; o fuente siempre limpia y sellada por la virtud del Espíritu Santo; o divinísimo templo o tesoro de inmortalidad, o la única y sola hija no de la muerte, sino de la vida, germen no de la ira, sino de la gracia, que, por singular providencia de Dios, floreció siempre vigoroso de una raíz corrompida y dañada, fuera de las leyes comúnmente establecidas.
Mas, como si éstas cosas, aunque muy gloriosas, no fuesen suficientes, declararon, con propias y precisas expresiones, que, al tratar de pecados, no se había de hacer la más mínima mención de la santa Virgen María, a la cual se concedió más gracia para triunfar totalmente del pecado; profesaron además que la gloriosísima Virgen fue reparadora de los padres, vivificadora de los descendientes, elegida desde la eternidad, preparada para sí por el Altísimo, vaticinada por Dios cuando dijo a la serpiente: Pondré enemistades entre ti y la mujer, que ciertamente trituró la venenosa cabeza de la misma serpiente, y por eso afirmaron que la misma santísima Virgen fue por gracia limpia de toda mancha de pecado y libre de toda mácula de cuerpo, alma y entendimiento, y que siempre estuvo con Dios, y unida con Él con eterna alianza, y que nunca estuvo en las tinieblas, sino en la luz, y, de consiguiente, que fue aptísima morada para Cristo, no por disposición corporal, sino por la gracia original.

A éstos hay que añadir los gloriosísimos dichos con los que, hablando de la concepción de la Virgen, atestiguaron que la naturaleza cedió su puesto a la gracia, paróse trémula y no osó avanzar; pues la Virgen Madre de Dios no había de ser concebida de Ana antes que la gracia diese su fruto: porque convenía, a la verdad, que fuese concebida la primogénita de la que había de ser concebido el primogénito de toda criatura.



15. ¡¡Inmaculada!!

Atestiguaron que la carne de la Virgen tomada de Adán no recibió las manchas de Adán, y, de consiguiente, que la Virgen Santísima es el tabernáculo creado por el mismo Dios, formado por el Espíritu Santo, y que es verdaderamente de púrpura, que el nuevo Beseleel elaboró con variadas labores de oro, y que Ella es, y con razón se la celebra, como la primera y exclusiva obra de Dios, y como la que salió ilesa de los igníferos dardos del maligno, y como la que hermosa por naturale­za y totalmente inocente, apareció al mundo como aurora brillantísima en su Concepción Inmaculada. Pues no caía bien que aquel objeto de elección fuese atacado, de la universal miseria, pues, diferenciándose inmensamente de los demás, participó de la naturaleza, no de la culpa; más aún, muy mucho convenía que como el unigénito tuvo Padre en el cielo, a quien los serafines ensalzan por Santísimo, tuviese también en la tierra Madre que no hubiera jamás sufrido mengua en el brillo de su santidad.

Y por cierto, esta doctrina había penetrado en las mentes y corazones de los antepasados de tal manera, que prevaleció entre ellos la singular y maravillosísima manera de hablar con la que frecuentísimamente se dirigieron a la Madre de Dios llamándola inmaculada, y bajo todos los conceptos inmaculada, inocente e inocentísima, sin mancha y bajo todos los aspectos, inmaculada, santa y muy ajena a toda mancha, toda pura, toda sin mancha, y como el ideal de pureza e inocencia, más hermosa que la hermosura, mas ataviada que el mismo ornato, mas santa que la santidad, y sola santa, y purísima en el alma y en el cuerpo, que superó toda integridad y virginidad, y sola convertida totalmente en domicilio de todas las gracias del Espíritu Santo, y que, la excepción de sólo Dios, resultó superior a todos, y por naturaleza más hermosa y vistosa y santa que los mismos querubines y serafines y que toda la muchedumbre de los ángeles, y cuya perfección no pueden, en modo alguno, glorificar dignamente ni las lenguas de los ángeles ni las de los hombres.
Y nadie desconoce que este modo de hablar fue trasplantado como espontáneamente, a la santísima liturgia y a los oficios eclesiásticos, y que nos encontramos a cada paso con él y que lo llena todo, pues en ellos se invoca y proclama a la Madre de Dios como única paloma de intachable hermosura, como rosa siempre fresca, y en todos los aspectos purísima, y siempre inmaculada y siempre santa, y es celebrada como la inocencia, que nunca sufrió menoscabo, y, como segunda Eva, que dio a luz al Emmanuel.



16. Universal consentimiento y peticiones de la definición dogmática.

No es, pues, de maravillar que los pastores de la misma Iglesia y los pueblos fieles se hayan gloriado de profesar con tanta piedad, religión y amor la doctrina de la Concepción Inmaculada de la Virgen Madre de Dios, según el juicio de los Padres, contenida en las divinas Escrituras, confiada a la pos­teridad con testimonios gravísimos de los mismos, puesta de relieve y cantada por tan gloriosos monumentos de la veneranda antigüedad, y expuesta y defendida por el sentir soberano y respetabilísima autoridad de la Iglesia, de tal modo que a los mismos no les era cosa más dulce, nada más querido, que agasajar, venerar, invocar y hablar en todas partes con encendidísimo afecto a la Virgen Madre de Dios, concebida sin mancha original.
Por lo cual, ya desde los remotos tiempos, los prelados, los eclesiásticos, las Ordenes religiosas, y aun los mismos emperadores y reyes, suplicaron ahincadamente a esta Sede Apostólica que fuese definida como dogma de fe católica la Inmaculada Concepción de la santísima Madre de Dios. Y estas peticiones se repitieron también en estos nuestros tiempos, y fueron muy principalmente presentadas a Gregorio XVI, nuestro predecesor, de grato recuerdo, y a Nos mismo, ya por los obispos, ya por el clero secular, ya por las familias religiosas, y por los príncipes soberanos y por los fieles pueblos.
Nos, pues, teniendo perfecto conocimiento de todas estas cosas, con singular gozo de nuestra alma y pesándolas seriamen­te, tan pronto como, por un misterioso plan de la divina Providencia, fuimos elevados, aunque sin merecerlo, a esta sublime Cátedra de Pedro para hacernos cargo del gobierno de la universal Iglesia, no tuvimos, ciertamente, tanto en el, corazón, conforme a nuestra grandísima veneración, piedad y amor para con la santísima Madre de Dios, la Virgen María, ya desde la tierna infancia sentidos, como llevar al cabo todas aquellas cosas que todavía deseaba la Iglesia, conviene a saber: dar mayor incremento al honor de la santísima Virgen y poner en mejor luz sus prerrogativas.



17. Labor preparatoria.

Mas queriendo extremar la prudencia, formamos una congregación, de NN. VV. HH. de los cardenales de la S.R.I., distinguidos por su piedad, don de consejo y ciencia de las cosas divinas, y escogimos a teólogos eximios, tanto el clero secular como regular, para que considerasen escrupulosamente todo lo referente a la Inmaculada Concepción de la Virgen y nos expusiesen su propio parecer. Mas aunque, a juzgar por las peticiones recibidas, nos era plenamente conocido el sentir decisivo de muchísimos prelados acerca de la definición de la Concepción Inmaculada de la Virgen, sin embargo, escribimos el 2 de febrero de 1849 en Cayeta una carta encíclica, a todos los venerables hermanos del orbe católico, los obispos, con el fin de que, después de orar a Dios, nos manifestasen también a Nos por escrito cuál era la piedad y devoción de sus fieles para con la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios, y qué sentían mayormente los obispos mismos acerca de la definición o qué deseaban para poder dar nuestro soberano fallo de la manera más solemne posible.

No fue para Nos consuelo exiguo la llegada de las respuestas de los venerables hermanos. Pues los mismos, respondiéndonos con una increíble complacencia, alegría y fervor, no sólo reafirmaron la piedad y sentir propio y de su clero y pueblo respecto de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen, sino también todos a una ardientemente nos pidieron que definiésemos la Inmaculada Concepción de la Virgen con nuestro supremo y autoritativo fallo. Y, entre tanto, no nos sentimos ciertamente inundados de menor gozo cuando nuestros venerables hermanos los cardenales de la S.R.I., que formaban la mencionada congregación especial, y los teólogos dichos elegidos por Nos, después de un diligente examen de la cuestión, nos pidieron con igual entusiasta fervor la definición de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios.

Después de estas cosas, siguiendo las gloriosas huellas de nuestros predecesores, y deseando proceder con omnímoda rectitud, convocamos y celebramos consistorio, en el cual dirigimos la palabra a nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa romana Iglesia, y con sumo consuelo de nuestra alma les oímos pedirnos que tuviésemos a bien definir el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre de Dios.

Así, pues, extraordinariamente confiados en el Señor de que ha llegado el tiempo oportuno de definir la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios la Virgen María, que maravillosamente esclarecen y declaran las divinas Escrituras, la venerable tradición, el perpetuó sentir de la Iglesia, el ansia unánime y singular de los católicos prelados y fieles, los famosos hechos y constituciones de nuestros predecesores; consideradas todas las cosas con suma diligencia, y dirigidas a Dios constantes y fervorosas oraciones, hemos juzgado que Nos, no debíamos, ya titubear en sancionar o definir con nuestro fallo soberano la Inmaculada Concepción de la Virgen, y de este modo complacer a los piadosísimos deseos del orbe católico, y a nuestra piedad con la misma santísima Virgen, y juntamente glorificar y más y más en ella a su unigénito Hijo nuestro Señor Jesucristo, pues redunda en el Hijo el honor y alabanza dirigidos a la Madre.



18. Definición.

Por lo cual, después de ofrecer sin interrupción a Dios Padre, por medio de su Hijo, con humildad y penitencia, nuestras privadas oraciones y las públicas de la Iglesia, para que se dignase dirigir y afianzar nuestra mente con la virtud del Espíritu Santo, implorando el auxilio de toda corte celestial, e invocando con gemidos el Espíritu paráclito, e inspirándonoslo él mismo, para honra de la santa e individua Trinidad, para gloria y prez de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y aumento de la cristiana religión, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra: declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, qué debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano.
Por lo cual, si algunos presumieren sentir en su corazón contra los que Nos hemos definido, que Dios no lo permita, tengan entendido y sepan además que se condenan por su propia sentencia, que han naufragado en la fe, y que se han separado de la unidad de la Iglesia, y que además, si osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho.



19. Sentimientos de esperanza y exhortación final.

Nuestra boca está llena de gozo y nuestra lengua de júbilo, y damos humildísimas y grandísimas gracias a nuestro Señor Jesucristo, y siempre se las daremos, por habernos concedido aun sin merecerlo, el singular beneficio de ofrendar y decretar este honor, esta gloria y alabanza a su santísima Madre. Mas sentimos firmísima esperanza y confianza absoluta de que la misma santísima Virgen, que toda hermosa e inmaculada trituró la venenosa cabeza de la cruelísima serpiente, y trajo la salud al mundo, y que gloria de los profetas y apóstoles, y honra de los mártires, y alegría y corona de todos los santos, y que refugio segurísimo de todos los que peligran, y fidelísima auxiliadora y poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su unigénito Hijo, y gloriosísima gloria y ornato de la Iglesia santo, y firmísimo baluarte destruyó siempre todas las herejías, y libró siempre de las mayores calamidades de todas clases a los pueblos fieles y naciones, y a Nos mismo nos sacó de tantos amenazadores peligros; hará con su valiosísimo patrocinio que la santa Madre católica Iglesia, removidas todas las dificultades, y vencidos todos los errores, en todos los pueblos, en todas partes, tenga vida cada vez más floreciente y vigorosa y reine de mar a mar y del río hasta los términos de la tierra, y disfrute de toda paz, tranquilidad y libertad, para que consigan los reos el perdón, los enfermos el remedio, los pusilánimes la fuerza, los afligidos el consuelo, los que peligran la ayuda oportuna, y despejada la oscuridad de la mente, vuelvan al camino de la verdad y de la justicia los desviados y se forme un solo redil y un solo pastor.

Escuchen estas nuestras palabras todos nuestros queridísimos hijos de la católica Iglesia, y continúen, con fervor cada vez más encendido de piedad, religión y amor, venerando, invocando, orando a la santísima Madre de Dios, la Virgen María, concebida sin mancha de pecado original, y acudan con toda confianza a esta dulcísima Madre de misericordia y gra­cia en todos los peligros, angustias, necesidades, y en todas las situaciones oscuras y tremendas de la vida. Pues nada se ha de temer, de nada hay que desesperar, si ella nos guía, patrocina, favorece, protege, pues tiene para con nosotros un corazón maternal, y ocupada en los negocios de nuestra salvación, se preocupa de todo el linaje humano, constituida por el Señor Reina del cielo y de la tierra y colocada por encima de todos los coros de los ángeles y coros de los santos, situada a la derecha de su unigénito Hijo nuestro Señor Jesucristo, alcanza con sus valiosísimos ruegos maternales y encuentra lo que busca, y no puede, quedar decepcionada.

Finalmente, para que llegué al conocimiento de la universal Iglesia esta nuestra definición de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen María, queremos que, como perpetuo recuerdo, queden estas nuestras letra apostólicas; y mandamos que a sus copias o ejemplares aún impresos, firmados por algún notario público y resguardados por el sello de alguna persona eclesiástica constituida en dignidad, den todos, exactamente el mismo crédito que darían a éstas, si les fuesen presentadas y mostradas.

A nadie, pues, le sea permitido quebrantar esta página de nuestra declaración, manifestación, y definición, y oponerse a ella y hacer la guerra con osadía temeraria. Mas si alguien presumiese intentar hacerlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios y de los santos apóstoles Pedro y Pablo.
Dado el 8 de diciembre de 1854. Pío IX.