La oración del Rosario...


...nos invita a ser discípulos y misioneros
Carta pastoral de Mons. José Luis Mollaghan,
arzobispo de Rosario
con ocasión de las celebraciones patronales

Rosario, 7 de octubre de 2007

A los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos de la Arquidiócesis de Rosario:

Me dirijo cordialmente a ustedes, al celebrar en este mes la fiesta de Nuestra Señora del Rosario y el mes del Rosario. La finalidad de esta Carta pastoral tiene relación, por una parte, con la devoción al Rosario, que le da su nombre a esta advocación mariana, que celebramos además en el mes de las fiestas patronales de nuestra Arquidiócesis y de esta Ciudad de Rosario, llamada así en honor a la Santísima Virgen.

Por otra parte, deseo hacer referencia a nuestra condición de discípulos y misioneros, de la que nos hablara recientemente el Santo Padre Benedicto XVI, y que fue considerada por la Va. Conferencia General de los Obispos de Latinoamérica y el Caribe. Este llamado recibido en el bautismo se renueva en nuestro interior de diversas maneras, como por ejemplo al rezar el Rosario, mediante esta oración tan querida por la Iglesia; por lo que deseo tenerla muy presente en esta ocasión.

Justamente después de rezar el Rosario en el Santuario de Aparecida, el Santo Padre les decía a quienes participaban en la oración del Rosario, invitándolos a ser profundamente misioneros y llevar la buena nueva del Evangelio: “Hoy es ella quien orienta nuestra meditación; ella nos enseña a rezar. Es ella quien nos muestra el modo de abrir nuestra mente y nuestro corazón a la fuerza del Espíritu Santo, que viene para ser comunicado al mundo entero” (Benedicto XVI, Santuario de Aparecida, 12.V.2007).

Descubrir el sentido del Rosario en nuestra vida cristiana y rezarlo diariamente nos ayuda a crecer y nos invita a vivir como discípulos y misioneros, de la mano de María.


DISCÍPULOS Y MISIONEROS

1. Peregrinar con el Rosario en los misterios de la vida de Cristo

En el mes de octubre, la Iglesia nos invita a rezar el Rosario, y en nuestra Arquidiócesis a invocar a Nuestra Madre, con el nombre y el título de Nuestra Señora del Rosario. Como lo dijera el Santo Padre Juan Pablo II hace veinte años, al visitar esta Ciudad y Arquidiócesis que lleva su nombre, “me conmueve esta advocación de Santa María, que evoca en el ánimo de los fieles la oración mariana por excelencia” (Juan Pablo II, Homilía, Rosario 11.IV.1987).

Así como, desde la anunciación, el silencio de María le permitió recibir y responder con fidelidad a la voz del Ángel; así también la fe de María, la acompañó a lo largo de toda su camino terreno, peregrinando en los misterios de Cristo.

El Rosario también es de algún modo como una peregrinación. Una peregrinación espiritual, a la que estamos invitados a recorrer contemplando los misterios de la vida de Jesús.

Así, a lo largo de los quince misterios, rezamos siguiendo sus pasos, desde la Anunciación, hasta la Coronación de la Virgen, como en los momentos luminosos de la vida del Señor, que completan los misterios que ya conocíamos. La meditación de cada uno de ellos es una profunda oración, y nos mueve a “contemplar con María el rostro de Cristo”. Ellos nos permiten ahondar en la “la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio” (Juan Pablo II, Rosario de la Virgen María, Int.).

Dentro nuestro, mediante la acción de la gracia, el recuerdo continuo de los misterios de Dios, lo hace también más presente y cercano. “Esta familiaridad con el misterio de Jesús es facilitada por el rezo del Rosario, donde el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor…” (Benedicto XVI, Santuario de Aparecida, 12.V.2007; DA 271).

Por esto, rezar los misterios del Rosario, “que brota de la fuente límpida del texto evangélico” (Benedicto XVI, Santuario de Aparecida, 12.V.2007) es un modo de crecer en la fe, como seguidores fieles y oyentes; y a la vez, rezarlos con otros, es una forma de anunciar el Evangelio y hacerlo más presente en nuestra vida.

Rezar el Rosario es también un modo de responder al llamado del Señor, que nos invita a vivir como discípulos y misioneros suyos.

2. Como María, conocer y contemplar sus misterios en forma amistosa nos hace crecer como seguidores y discípulos de Cristo

Al conocimiento y a la contemplación de Cristo sólo se llega por el Espíritu, escuchando, como discípulos, la voz del Padre, que nos habla, pues nadie conoce al Hijo sino el Padre (Mt. 11,27).

Esa misma acción del Espíritu, le permitió a la Santísima Virgen, aún antes de concebir a Jesús en su vientre, recibirlo en su mente y en su corazón; antes de concebir corporalmente a su hijo, lo concibió en su espíritu (cfr. San León Magno, Sermones, en la Natividad del Señor, 2. 3: PL 54, 191-192).

A la vez que María contemplaba con profunda fe y guardaba en su corazón de discípula, el anuncio del Ángel; fiel a la profunda vivencia de la encarnación, y dócil al Espíritu, preparó en su seno virginal y en su corazón el nacimiento de su Hijo.

Esta vivencia se hizo aún más gozosa en Belén, iluminando todo su ser de Madre. La Virgen María podría meditar a partir de allí los acontecimientos de la vida de su Hijo, que se iban a suceder, y también los de su propia vida, a la luz de las palabras del ángel y del nacimiento del Redentor.

Como discípula fiel, el recuerdo permanente de las Palabras del ángel, hicieron más visible en su vida la misión salvadora de Jesucristo, su Hijo, uniéndose íntimamente a Él; y al que contempló asiduamente a lo largo de su vida; como en el pesebre, al darlo a luz en Belén, en la presentación en el Templo, en las bodas de Caná, en el dolor de la cruz y en la alegría de la Resurrección.

Nosotros también estamos llamados a ser discípulos. Ser discípulo no es solo aprender la doctrina de un maestro. Es “dejarse atraer siempre, con renovado asombro por Dios que nos amó y nos ama primero (cfr. 1 Juan 4,10)” (Benedicto XVI, ibidem); es contemplarlo, identificarse con él, seguirlo y llevarlo en el corazón. Esta identidad hace al discípulo cercano, y también amigo de su maestro.

El seguimiento de Cristo tiene como meta asimilarse a Cristo, y de este modo llegar a la unión con Dios; una unión que ante todo es invitación suya, que también exige nuestra respuesta.

De esta manera, al contemplar sus misterios en el Rosario, con sus gozos y sus dolores, con su gloria y su luz, podemos seguirlo, animarnos a ser suyos, estimulados por la esperanza y la fuerza en el camino.

Esta oración que renovamos cada día nos permite encontrarnos con Jesús, contemplar sus imágenes en nuestra vida, acercarnos a Él, y tenerlo presente con los ojos de fe, así como descubrir su acción salvadora.

Como nos dice el Documento de Aparecida, “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” (D.A 29).

De aquí, que esta forma de oración, nos ayuda a crecer en la amistad con Jesús, y a ser parecidos a El, por medio de María. “…nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen al meditar los misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos ejemplos de vida humilde, pobre, escondida, paciente y perfecta” (Bartolomé Longo, I Quindici Sabati del Santísimo Rosario, 27, ed. Pompeya, 1916, pag. 27).

Al rezar el Rosario, podemos decir con Juan Pablo II: “si la repetición del Ave María se dirige directamente a María, el acto de amor, con Ella y por Ella, se dirige a Jesús” (El Rosario de la Virgen María, nº 26), que nos atrae a sí, y nos ofrece la paz que conquistó para nosotros.


3. La oración del Rosario es un compendio del Evangelio: cada misterio nos invita a escuchar y meditar la Palabra de Dios, que nos hace discípulos y misioneros

De este modo, la peregrinación reflejada en el Rosario, que nosotros hacemos con María, nos ayuda a recorrer un camino de discípulos, que transitamos en la fe, y nos hace amigos de Cristo. Él es el maestro que forma a los discípulos., nos educa interiormente para escuchar y asimilar su Palabra, que es la del Padre (Juan 14, 23).

Al contemplar sus misterios, “Creemos y anunciamos ‘la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios’ (Mc 1,1). Como hijos obedientes a la voz del Padre, queremos escuchar a Jesús (cf. Lc 9,35) porque Él es el único Maestro (cf. Mt 23,8). Como discípulos suyos, sabemos que sus palabras son Espíritu y Vida (cf. Jn 6,63.68). Con la alegría de la fe, somos misioneros para proclamar el Evangelio de Jesucristo y, en Él, la buena nueva de la dignidad humana, de la vida, de la familia, del trabajo, de la ciencia y de la solidaridad con la creación.” (DA 103).

Si somos discípulos, debemos tener presente, como nos expresó el Santo Padre Benedicto XVI, que “discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva.” (Discurso inaugural a la V conferencia, 13.V.2007).

Al respecto, nos dice también en Aparecida, que “La Iglesia tiene la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Esto conlleva seguirlo, vivir en intimidad con él, imitar su ejemplo y dar testimonio. Todo bautizado recibe de Cristo, como los Apóstoles, el mandato de la misión:"Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará" (Mc 16, 15). Pues ser discípulos y misioneros de Jesucristo y buscar la vida "en él" supone estar profundamente enraizados en él” (ibidem).

Por estas razones, el deseo de prepararnos para vivir con mayor entusiasmo el llamado de los Obispos en Aparecida, que nos invitan junto a Benedicto XVI, a ser discípulos y misioneros, ya encuentra en nuestro corazón un eco muy favorable, y una inmensa ayuda si nos acercamos a los misterios de Jesús, mediante la oración del Rosario.

Esta oración la podemos ofrecer de un modo especial en el mes de octubre, mes del Rosario, y mes que la Iglesia también dedica a las misiones, y a despertar el espíritu misionero en los fieles.

Como nos dice el Papa en Aparecida: “permanezcan en la escuela de María. Inspírense en sus enseñanzas. Procuren acoger y guardar dentro del corazón las luces que ella, por mandato divino, les envía desde lo alto” (D.A, nº 270).

Los invito a que nuevamente volvamos la mirada y la oración a la Madre del Rosario, a fin de que con Ella podamos recomenzar este camino; recomenzar desde María, y con Ella recomenzar desde Cristo.

Esta oración nos permitirá comprobar en nuestra vida, que el encuentro con Cristo es el que nos hace discípulos y misioneros; ya que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (D.A 12).

- Que durante este mes de octubre y a lo largo del año, se pueda ofrecer cada día en las familias, así como en las parroquias y capillas, una parte de la oración del Rosario en comunidad; como una preparación intensa al llamado a ser discípulos y misioneros, que deseamos ahondar.

- Que podamos visitar a los enfermos en sus casas y hospitales, y recemos personalmente con ellos el Rosario, como un modo de acompañarlos en la oración, y en la enfermedad, con María la Madre de Jesús.

- Que enseñemos la oración del Rosario a los niños, y podamos rezar con ellos esta oración mariana.

- Que ofrezcamos el rezo del Rosario por las intenciones del Papa y por el anuncio del Evangelio en nuestra Arquidiócesis y en la Iglesia en nuestra Patria, para que este siga siendo el primer servicio que podamos ofrecer; especialmente para que se orienten hacia el bien y la verdad las transformaciones culturales, y sociales del momento actual; y se alivie el mal de los que sufren más.

Los saludo fraternalmente con este deseo: Madre del Rosario, que nos guías y fortaleces, se para nosotros una escuela de fe destinada a ser discípulos y misioneros de tu Hijo Jesucristo.



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