Meditaciones sobre la Virgen María


por Pablo Diácono

(siglo VIII)


Nunca se poseerá un lenguaje lo suficientemente sublime para celebrar dignamente las grandezas de la Virgen, por la que fue devuelta la vida al mundo, que se consumía en las ligaduras de la antigua muerte.

Ella es la rama del árbol de Jessé, la Virgen que debía ser Madre, el jardín que recibirá el germen celeste, la fuente sagrada sobre la que el cielo ha puesto su sello, esa Mujer cuya virginidad ha producido la alegría del mundo.

El padre de los hombres cayó en la muerte por el veneno de la serpiente enemiga; el veneno que le alcanzó ha infectado también a toda su raza, y la ha herido con una llaga profunda.

Pero el Creador, lleno de compasión por su obra, y viendo desde lo alto del cielo el seno de la Virgen limpio de toda mancha, quiso servirse de él para dar al mundo, que moría bajo el peso del pecado, la alegría de la salvación.

Gabriel, enviado desde el cielo, viene a traer a la casta Virgen el mensaje eternamente preparado; el seno de la joven, que se hace amplio como un cielo, contiene de repente al que llena el mundo.

Ella permanece virgen, y se hace madre; el Creador de la tierra acaba de nacer sobre la tierra; se ha roto el poder del terrible enemigo del hombre, y una luz nueva ilumina todo el universo.

¡Gloria, honor, potestad a la real Trinidad, Dios único! ¡Y que la Trinidad reine para siempre por los siglos de los siglos!

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