Congreso del Rosario

Conferencia de Fr. Ennio Staid, o.p.
dictada en el Congreso Internacional del Rosario 2003
Córdoba Argentina



Para un dominico hablar del Rosario a otros hermanos y hermanas de la misma familia no sólo es difícil sino, al menos para mí, embarazoso. No pertenezco a América Latina, no hablo otro idioma que el mío, no soy un teólogo famoso, no tengo ideas que puedan agregarle novedades al Rosario. El único motivo que me ha impulsado a responder afirmativamente a la invitación recibida es, y creo que no es poco, mi gran amor a esta devoción tan querida por nuestra familia religiosa. Además, si se me permite una breve divagación, puedo afirmar que mi vocación dominica nació desde chico. La historia es simpática porque afirma que Dios logra escribir derecho también sobre los renglones torcidos de nuestra existencia.

Yo nací en una ciudad de la provincia de Roma y crecí en una calle pecaminosa, así la llamaban mis conciudadanos. Pecaminosa porque nuestra casa estaba situada entre dos burdeles. Entre otras cosas mis padres eran en verdad demasiado pobres para saciar el hambre de ocho bocas famélicas. Fui, por lo tanto, criado en la calle y acostumbrado a buscar comida donde era posible encontrarla.

No quiero afligir a la asamblea con la historia de un chico pobre (a los pobres en América latina los conocen bien) sino contarles mi encuentro con la Virgen María y su Rosario.
Como es fácil imaginar, no frecuentaba la parroquia y nadie me había enseñado a rezar. El encuentro, realmente sorprendente, sucedió un día que había decidido escalar una pared y depredar, desnudar un árbol de cerezas (tal vez, sin saberlo, estaba ya en relación con nuestras raíces: aunque si San Agustín había preferido las peras...).

El árbol en cuestión estaba en el jardín de una casa que pertenecía a las hermanas de la caridad utilizada como residencia para las hermanas ancianas. El robo de las cerezas me pareció fácil ya sea por la pared no muy alta, o bien porque las propietarias eran viejitas vestidas de manera cómica. El hecho fue simple la primera vez, pero, como todo ladrón que se respete, volví a.... delinquir al día siguiente. Esta segunda vez, sin embargo, una vieja hermana se había apostado detrás de un arbusto y, cuando bajé del árbol ella, realmente vieja pero con las manos todavía robustas, me tomó por un brazo y me dijo: “feo bribón, ¿quieres ir al infierno?”. Yo la miré aterrado, pero descaradamente respondí: “si” y ella, tratando de asustarme más, me dijo: “¿por qué quieres ir al infierno?” “Porque todos dicen que soy un diablillo” respondí.

La hermana sonrió, y en vez de darme una cachetada que pensaba que merecía, me llevó delante de la imagen de la Virgen. Extrajo de sus enormes bolsillos una corona del Rosario y me la regaló. Yo entonces pensé que aquella hermana estaba loca, de hecho en vez de golpearme me regalaba un collar. En aquel tiempo nunca había visto una corona del Rosario. Para hacerla breve, la hermana se convirtió en mi amiga y me enseñó a rezar con aquella corona. Siempre veo su rostro dulce y sus palabras quedaron gravadas para siempre en mi corazón: “si eres siempre fiel en el uso de la corona bendita, ciertamente no irás al infierno, sino que nos veremos en el paraíso cerca de la Virgen”.

La hermana murió al año siguiente. Yo me convertí en un hombre, me recibí y, por muchos años frecuenté sólo ocasionalmente la iglesia pero NUNCA olvidé rezar el Rosario. Así, nunca dejé la corona bendita, a través de la cual la Virgen me tuvo atado a Ella. Como ven, venció Ella. Porque no sólo me convertí en sacerdote sino Dominico, no sólo Dominico, sino también, por muchos años, promotor del Rosario en mi Provincia religiosa y, para los chicos, el promotor nacional del Rosario viviente de Italia.

Les conté esta historia porque no tengo ninguna intención de hacer una conferencia sobre el Rosario; el hablarles tiene el solo fin de estimularnos recíprocamente para que todos los hijos de Santo Domingo sientan la responsabilidad de hacer conocer y amar esta espléndida oración que, desde mi punto de vista, muchos Dominicos no aman tanto como antes.

El 16 de octubre de 2002 el papa Juan Pablo II escribió una carta apostólica sobre el Santo Rosario que suscitó el interés de la prensa y la televisión de todo el mundo. Pero lo que más hizo furor, sobretodo para aquellos que nunca rezan el Rosario, fue la novedad introducida por el papa. Desgraciadamente sólo quien nunca hace nada no es criticado. La novedad consiste, como ya saben, en introducir otros cinco misterios a los quince existentes. Por lo tanto Juan Pablo II propone esta innovación con mucha discreción, sin querer imponer y sin querer alterar la estructura tradicional del Rosario.

Si estamos aquí reunidos en un congreso, no es para estudiar juntos la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae que, como documento, es de una gran simplicidad y es, al menos para mí, una carta que sale desde el corazón del Papa, de su experiencia de oración, de su amor por la madre de Jesús. El texto es de una gran envergadura espiritual, y fue cuidado en los mínimos detalles, claro en la exposición, profundo en el contenido, rico en temas para la reflexión y la meditación. En él el Papa habla de Jesús y de María con una sorprendente naturalidad, casi con una íntima familiaridad, conseguida a través de una vida entera de contemplación y de oración. De hecho él confiesa que el rezo del Rosario lo acompañó siempre a través del curso de su existencia.

Si solamente aplaudimos lo que el Papa escribió, creo que no le hacemos un buen servicio, sino que lo honraremos si empeñamos éstas horas a nuestra disposición buscando juntos un camino para relanzar esta espléndida oración.

Por mi parte me permitiré trazar las pistas de trabajo sobre las cuales podremos discutir, sin pretender agotar el argumento; incluso pueden ser un punto de partida para una renovación del Rosario, un nuevo empuje, un punto de reflexión y un subsidio para la predicación. El Rosario, de hecho, es un simple predicar rezando. No se debería dejar al Papa solo hablando del Rosario; la exhortación debe servir para estimular, para vivir y para hablar de esta práctica piadosa, tan querida por la Virgen además de los sumos pontífices, también los obispos, los sacerdotes, las monjas, las hermanas y todos los agentes de pastoral, pero en modo particular, la gran familia de Santo Domingo.

La Oración

Todos conocemos la dificultad de la oración en general. Rezar es un trabajo difícil, no porque esté más allá de nuestras capacidades, sino porque es un trabajo que no termina nunca. Rezar es la obra más difícil y sin un verdadero maestro de la oración, es realmente difícil rezar. Este Maestro es el Espíritu Santo. Él es el único capaz de hablar al corazón de cada uno de nosotros y hacer surgir un grito, un llanto, un gemido que es ya una oración, si bien imperfecta. La verdadera maravillosa oración es la de alabanza. En este sentido también María es maestra. Ella en su cántico alaba a Dios y le agradece por todo lo que ha recibido.

Pero, además del Espíritu Santo y la Santísima Virgen, aquí en la tierra es difícil de encontrar verdaderos maestros de oración. Hay personas que nos dan la posibilidad de interrogarnos acerca de la oración y a veces puede ser útil que alguno nos cuente su experiencia. Pero después, si la oración es realmente, como decía Carlo Carretto, “hacer el amor con Dios”, entonces tampoco la guía basta; es más, a menudo podría ser un obstáculo para una relación que es sólo nuestra, a nuestra relación nupcial. No es suficiente hablar continuamente de Dios en nuestros encuentros, es necesario sentir su presencia y ponernos, como María, a la escucha de su palabra.

Existen muchas maneras de rezar

En el primer libro de Samuel se cuenta la historia de Ana, mamá de Samuel, y de cómo el profeta Helí, observándola rezar, se convence de que la mujer estaba borracha porque el profeta la veía mover solamente los labios. Helí la creyó borracha y la reprendió (1Sam 1,9-18). En realidad Dios escuchó su llanto de mujer estéril y aquella oración mascullada por una persona marginada por ser incapaz de generar hijos: Ana dio a luz a Samuel.

Otras veces asistimos a oraciones solemnes, desde el punto de vista de la liturgia casi perfectas, donde no es difícil ver a los participantes conmoverse hasta las lágrimas. Pero, ¿ quién puede decir que estas celebraciones sean mejores a los ojos de Dios que aquellas proferidas por Ana?.

El profeta Amós advertía sobre un cierto modo muy exterior de rezar: “Así dice el Señor: Yo detesto, rechazo sus fiestas y no me agradan sus reuniones, incluso si me ofrecen holocaustos, no me gustan sus dones y las víctimas engordadas como pacificación Yo no las miro. Alejen de mí el resonar de tus cantos” (Am. 5,21-23).

Los sicólogos y sociólogos ateos podrían deducir del comportamiento de Ana dos conclusiones; la primera, la misma del profeta Helí: “¡está borracha!”, la segunda, de acuerdo con nuestros tiempos, colocaría a Ana en el número de personas ignorantes, las cuales, incapaces de una auténtica oración, se pueden conformar con prácticas inocuas pero inútiles, como el Rosario. En cambio la oración de Ana es verdadera: aún si aparentemente es incomprensible, susurrada con los labios, quizás también como atontada por el sueño, es la oración que alcanza a Dios. En vez, aquellas que nosotros consideramos grandiosas manifestaciones, clamorosos signos de un esperado despertar religioso, imponentes demostraciones de triunfo cristiano, pueden convertirse en abominables a los ojos del Señor, prácticas exteriores incapaces de instaurar un diálogo auténtico con Dios.

En realidad nadie puede decir: “recé bien, o recé mal”.

Excusas para no rezar

Todos hemos conocido gente que sostiene que es mejor no rezar que hacerlo mal. Y hemos escuchado a otros sostener que para rezar es necesario sentirlo, tener ganas. Estos son los sostenedores de la “autenticidad”. Si no se es auténtico no se es. Para mí esta gente no tiene ganas de hacer nada y mucho menos de rezar. Piensen en una mamá que diga a su hijo: “mamá es una mujer auténtica y ya que no tengo ganas de prepararte la comida me voy a dormir”.

Quien razona así no sabe, o no quiere saber, que cosa es el deber. La oración es la primera respuesta que tiene el cristiano hacia su Creador. Ella no depende de los estados de ánimo personales. No se puede rezar sólo cuando se tiene ganas. En este caso se termina por transformar la oración en un gesto estético, en una actividad emotiva. La oración cristiana es una actividad que tiene una objetividad esencial y no depende del individuo si es verdad que el protagonista de la oración es el Espíritu. En consecuencia la autenticidad de la oración no depende de nuestro estado de ánimo. A menudo es una dura lucha en la cual participa todo el ser: cuerpo y alma.

No tengo tiempo para rezar

La tarea que tenemos como predicadores es aquella de reafirmar, con fuerza, nuestro dominio sobre el tiempo. El hombre es patrón de su tiempo y no al revés.

El tiempo es un ídolo de nuestra cultura, una fuerza que nos domina y nos obliga a ponernos a su servicio. El cristiano, por el contrario, debe tener el coraje de afirmar con las palabras y con la vida su dominio sobre el tiempo. Cuidado con dejarnos arrastrar por los eventos y por el tiempo que transcurre. Debemos defender con fuerza un espacio de tiempo para dedicar al diálogo con Dios, a la oración. Lo se pueden dedicar a esta relación con el creador los retazos de tiempo, es necesario consagrarle un momento preciso y privilegiado de la jornada. No es suficiente sostener que he rezado cuando hice bien mi deber. Nadie se casaría con una persona que hace bien su trabajo, pero después no hace nunca una caricia, no habla con su mujer, con su hijo o con su amigo, no les brinda su propio tiempo.

Es verdad que en nuestra sociedad, en nuestra vida de gente de ciudad, todo contribuye a que nunca haya tiempo para detenerse, pero yo estoy convencido que los ociosos, aquellos que tienen tanto tiempo a su disposición, tampoco son hombres y mujeres de oración. Supe que el padre Lagrange, el fundador de la escuela bíblica de los Dominicos en Jerusalén, todos los días encontraba tiempo para estudiar la Biblia, leer los diarios y rezar el Rosario. En los años en los que fui promotor del Rosario tuve una celadora, entre las más activas, que tenía once hijos y a quien le preguntara de donde sacaba el tiempo para ir a misa y decir el Rosario entero todos los días, respondía imperturbable: “¿Cómo haría con once hijos si no tomara fuerza de la Eucaristía y del rezo del Santo Rosario?”.

Entiendo que este “cara a cara” es fatigoso y, a veces, provoca cansancio, pero es juestamente a partir de este cansancio que debe iniciarse el esfuerzo de comunicación en la fe con el Señor. Sólo entonces sabremos liberarnos del ritmo frenético de la vida y encontraremos en el diálogo interior la paz y la unidad de nuestra persona. Por otro lado la oración no tiene justificaciones, como tampoco las tiene el amor. Para el creyente, para quien tiene fe o la busca atientas, es natural encontrarse en la oración. San Basilio le escribía a un amigo: “Si me amas, háblame; si no tienes nada que decirme, háblame lo mismo para decirme que no tienes nada que decirme, pero háblame lo mismo”.

Hay días en que mi Rosario brota como un torrente que baja alegre hacia el valle; otras veces me parece un río calmo y majestuoso, pero hay días en los cuales no veo sino pantanos alrededor mío, y sin embargo no claudico, me canso, pero permanezco fiel al compromiso asumido. A veces me adormezco rezando el Rosario y las primeras veces que sucedió tuve escrúpulos; luego me dije que era y es hermosísimo adormecerme con el Rosario en la mano.

¿Oración o acción?

Siempre que hablo con educadores que están convencidos que la acción es más eficaz que la oración, me pasa por la mente la mamá de Samuel.

La polilla que está carcomiendo nuestra sociedad se llama todavía, como en la época de Adán, orgullo: orgullo de poder hacer por cuenta nuestra, orgullo de excluir a Dios de nuestro obrar. Constato en muchas personas un esfuerzo sincero por ayudar al hermano más pobre y menos dotado, pero no veo un compromiso igualmente serio en la búsqueda de la verdad. El riesgo está en que, habiendo partido seguros de encontrar a Dios, no se encuentre más que camaradería y se profesen solamente pseudo evangelios. Sólo la verdad en la caridad nos hace libres.

Siempre hay personas que pretenden interpretar el Evangelio claramente, y otros, sobre todo jóvenes que necesita seguridades. Para los primeros todo está claro y aquello que sabe a viejo es descartado. Así entre las cosas viejas para tirar, sobre las cuales ni siquiera se tiene dudas, encontramos el sentido mismo de la oración y, con la oración, las devociones llamadas secundarias como el Rosario. Aquellos a menudo sostienen que es mejor trabajar media hora por un hermano necesitado que decir por media hora una serie de Ave Marías. Es cierto que el trabajo es algo que podemos controlar y es una obra visible que, en cierto modo, nos recompensa enseguida. No es así con la oración por cuanto confiamos a Otro el bien mayor que se ha hecho. Ciertamente hay cosas que se hacen con la oración y otras que es necesario hacer con nuestro trabajo.

El Rosario es una oración difícil

Una objeción que se siente a menudo es que el Rosario es una oración árida, que facilita la distracción, que es monótona.

Cada oración que sale del corazón y de la inteligencia, antes o después, pasa por la aridez, por la distracción, por la monotonía. Es el momento de la fe que cree pero que no ve.

Santo Tomás definió la fe como un “consentimiento dado por la inteligencia a la verdad divina bajo el impulso de la voluntad movida por la gracia de Dios”. En la oración (cualquier oración) antes o después se hace la experiencia del silencio de Dios, de su discreción. La oración no es la ficha mágica que una vez introducida en la rocola (pasadiscos) nos hace sentir la voz de Dios. Ella nos pone en contacto con lo Invisible. ¿Por qué sorprendernos entonces si no se lo ve?. Nos pone en diálogo con lo Inaccesible, lo Absoluto; ¿por qué entonces sorprenderse si Dios responde a nuestra llamada como Dios?.

También los hebreos esperaban una respuesta a sus oraciones y la habían formulado: “Mándanos un Liberador, un Poderoso que con su brazo destruya a todos los enemigos de Israel”. Dios responde a esta espera, pero no de la manera en que los hebreos se esperaban. Manda un Liberador que se hace siervo, y, en el cúlmen de su popularidad y de su fuerza, se deja crucificar.
El Rosario, como cualquier otra oración, puede volverse árida porque nos hemos hecho una idea de Dios proporcionada a nuestra pequeñez, y en esta presunta imagen de Dios introducimos nuestros egoísmos, proyectamos nuestros deseos terrenales y también nuestra comodidad. ¿Entonces, por qué sorprendernos por la aridez?. Dios responde, pero nosotros que lo esperábamos a la derecha, no logramos reconocerlo cuando se manifiesta a la izquierda. La aridez es no lograr verlo en ninguna parte.

Lo mismo para la distracción y la monotonía. El Rosario ciertamente sufre estos límites, que en el fondo no son límites de la oración en sí misma, sino límites de nuestra sicología y de nuestra fe. Sólo personas orgullosas pueden presumir del hecho de que su oración es inmune a las distracciones. El hombre es aquel que es, y es sabio reconocer la propia vulnerabilidad y debilidad.

La perfección que nos pide Dios no es el perfeccionismo que exigimos nosotros, sino aquella que conoce la humildad y la alegría del perdón, la exaltación del esfuerzo y de la lucha contra nuestras propias mezquindades. Sólo Dios es perfecto, sólo Dios es victorioso... Él no nos pide la victoria sino el esfuerzo cotidiano, incesante y sincero hacia Él.

Por otra parte, la monotonía del Rosario está encuadrada en la monotonía de la vida, confrontada con aquella del corazón que, desde el nacimiento hasta la muerte, repite el mismo latido. Ninguno jamás diría que el ritmo del corazón es monótono y carente de vida... al contrario, sus monótonas pulsaciones son signo de vida.

No existen oraciones más o menos inteligentes, y no se puede creer a quien deja el Rosario porque encontró una oración menos monótona y más inteligente. Si, por alguna extraña magia, se pudiera sumar en un individuo toda la inteligencia de la humanidad, de frente a Dios tendríamos todavía a una criatura, nada, y su ciencia sería necedad a los ojos del Eterno.

No se llega a la oración a través de la inteligencia, y nadie nunca podrá convencernos de haber encontrado la oración sin distracciones y sin monotonías.

La oración es el misterio del corazón del hombre, sediento de su Creador: acto de humildad, acto de amor que los metros de esta tierra nunca podrán medir, porque pertenece a lo eterno.

El Rosario oración de fe

“Recen siempre sin interrupción” (Lc.18,1) nos recomienda la Escritura, y hoy más que nunca es importante rezar para evitar que el cristianismo se reduzca solamente a acción y exterioridad, y la caridad evangélica a pura filantropía. El Rosario es una oración que ofrece una rápida síntesis de todo el misterio salvífico, por lo tanto de la fe.

El cardenal Newmann definió al Rosario: “Un credo hecho oración”, y en este maravilloso y atormentado tiempo postconciliar es más que nunca necesario aferrarse a nuestra fe que es capaz de dar un sentido y una finalidad a nuestra carrera.

El Rosario, en cuanto contemplación del misterio de la salvación, nos lleva a verificar nuestra vida sobre la llamada de Dios al amor. Y de esta manera él se introduce plenamente dando un sentido de plenitud a nuestro obrar.

Con él nos dirigimos a Dios llevándole, a través de María, a nosotros mismos. Tomemos confiados la mano de la Virgen y pidámosle que nos lleve a Jesús. Y a ella, primera entre todos los creyentes, pidámosle de hacernos revivir aquello que ella ha vivido.

El Rosario nos hace caminar con María y maternalmente nos introduce en el misterio mismo de la Trinidad, misterio clarificado en nosotros por Jesucristo, del cual ella es la Madre.

Renovar el modo de presentar el Rosario

El discurso que, sobre todo nosotros dominicos, debemos hacer sobre la oración en general y sobre el Rosario en particular, debe renovarse, siendo nosotros los primeros en tener las ideas claras sobre el valor intrínseco de esta devoción.

No se considera a ningún cirujano brillante y competente solamente porque va a distintas universidades a dictar clases magistrales, sino que adquiere estima cuando se lo ve ejercitar de manera excelente la cirugía. En este caso sus conferencias tienen validez. Lo mismo ocurre para quien habla de la oración pero no la vive en primera persona. Un discurso sobre el Rosario es tanto más válido cuanto más lo vive aquel que lo predica.

Mi padre, que era un obrero modesto, un día sintiendo predicar a un sacerdote sobre el valor de la oración me dijo: “Aquel predicador piensa que yo puedo creer aquello que él no cree”. Parece un juego de palabras, pero es una gran verdad. Los otros se dan cuenta si somos hombres y mujeres de oración.

De todas maneras, el Papa Juan Pablo II con su carta pastoral nos invita a renovar el Rosario. Ya Pablo VI en su exhortación Apostólica Recurrens mensis october abrió el camino a esta renovación. El Papa Montini sostenía que no sólo se podía modificar la presentación de los Misterios, sino también la forma misma, que quedó fijada en el tiempo de San Pío V.

El Concilio Vaticano II nos dió una primera orientación general para la renovación del Rosario donde se dijo, de modo general para las prácticas de piedad: “Que se ordenen de modo de estar en armonía con la sagrada Liturgia, que de ella extraigan de algún modo inspiración y a ella (...) conduzcan al pueblo cristiano”. (S.C.n. 13).

Otra orientación nos llega del Concilium para la liturgia, que, en una respuesta a una determinada cuestión, afirma: “Este ejercicio de piedad necesitaría ser reconsiderado, a fin de que hubiera más armonía entre la palabra y el pensamiento durante la oración”.

Juan Pablo II, renovando el antiguo Salterio mariano no abolió la forma tradicional aprobada por los siglos y todavía radicada en tantas partes de nuestro pueblo, sobre todo de una cierta edad. El Papa se limitó a presentar los misterios con una mayor variedad.

Nosotros en Italia hemos intentado una renovación que a nuestra forma de ver salvaba la estructura esencial del Rosario. Se las propongo así como fue estudiada y puesta en práctica:
a) Breve lectura apropiada al inicio de cada misterio, con una pequeña pausa de reflexión.
b) Rezo del Padrenuestro y del Gloria respectivamente sólo al inicio del Rosario y al final, o – como en la forma tradicional – al inicio y al final de cada decena.
c) Rezo de la parte bíblica de cada Ave María, hasta el nombre de Jesús inclusive, postergando la parte implorativa (Santa María) al término de cada decena.
d) Para recordar el misterio que meditamos junto a María, se puede agregar – si se quiere – al nombre de Jesús una breve cláusula ilustrativa (por ej. Jesús, que en ti se encarnó), como se usa desde siempre en algunas partes del mundo.
e) Para hacer más vivo el Rosario y orientarlo hacia particulares necesidades personales o sociales, antes de rezar el “Santa María”, se puede anteponer una breve intención.

En esta nueva forma se abre también la posibilidad de ensanchar la visión contemplativa del Rosario, dirigiendo la atención sobre otros momentos de la historia de la salvación o incluidos en la virtualidad del misterio-tipo o con él en cualquier modo conectado.
Esta forma, más simplificada, más ágil, con sus posibilidades de adaptación a las más variadas circunstancias y a los más variados ambientes, puede evitar la multiplicación confusa de nuevas formas demasiado alejadas a la original, e impedir que el Rosario permanezca encerrado en los ambientes tradicionales.

La simplificación de la parte vocal está ordenada para producir un ritmo más calmo en la repetición y a favorecer la contemplación reduciendo la excesiva diversidad de palabras, que mejor se armonizan con el espíritu que medita. “La contemplación, de hecho, es una actividad especialísima del espíritu: ella es más un esfuerzo de presencia que de penetración. Nosotros no conoceríamos el misterio de Dios si no nos llega desde lo alto. Donde está esta actitud de “atención” receptiva, de presencia de Dios. El espíritu debe moverse lo menos posible. Se trata de amar. Tanta diversidad de palabras sería aquí un prejuicio. El espíritu, en vez, necesita utilizar siempre las mismas palabras, para evitar toda distracción. Él se mantiene lo más inmóvil que puede ante la presencia de su Dios. Y las palabras que pronuncia, siempre las mismas, son entonces como un llamado discreto a aquel que sólo lo puede iluminar” (Eyquem-Laurenceau).

La simplificación de la parte vocal responde también a una ley de la oración de repetición que es tanto más eficaz cuanto más breve y simple sea la fórmula. Se sabe que los orientales confían gustosos su alma religiosa a breves oraciones repetidas lentamente y durante mucho tiempo. Se sabe que los lemas regulares y repetidos crean alrededor del hombre un cinturón de protección meditativo. (M. Ward).

Simplificación del Ave María

En particular, la simplificación del Ave María sólo a la parte bíblica durante la fase propiamente letánica (o de repetición), reservando al Santa María la función de concluir la contemplación de cada decena, pone de relieve la bella súplica mariana, surgida del corazón de la Iglesia, es decir, en una posición análoga a aquella del Padrenuestro. Y así, al inicio de la contemplación está la invocación al Padre de las luces; al final se encuentra la invocación a la Madre, sede de la sabiduría.

Concretamente, el uso de aportar cláusulas recurrentes y adecuadas en el rezo de cada Ave María puede ayudar a representar en la mente el misterio que se desea contemplar.
El misterio cristiano no está detrás nuestro, sino adelante: está vivo, presente y operante.

EL ROSARIO Y MARÍA

Otro factor importante para difundir el santo Rosario consiste en focalizar la figura de la Madre de Jesús. El Rosario, de hecho, es una oración cristológica porque el personaje principal no es la Virgen sino Jesús.
Es Él el que es anunciado, llevado a Isabel, que nace en Belén, es llevado al templo y en este mismo templo reencontrado (Misterios Gloriosos).
Es Él el que anuncia el Reino (Misterios Luminosos).
Es todavía Él quien sufre y muere sobre la cruz (Misterios Dolorosos).
Y finalmente, es siempre Jesús que resucita, que sube al cielo, que manda el Espíritu Santo, que glorifica a su Madre y a sus discípulos (Misterios Gloriosos).

Pero atención, porque bajo otros aspectos el Rosario es también una oración que hacemos CON MARÍA. En consecuencia es absolutamente necesario, también desde el punto de vista ecuménico, introducir la figura de la Madre de Jesús en el plano de la salvación obrada por su divino Hijo. María tiene sentido y una función importantísima sólo en la Iglesia, es errado separarla de la Iglesia y hacer de ella casi una cuarta persona de la Trinidad. La justa colocación de la Santísima Virgen María no perjudica su culto, es más, lo refuerza y da a esta criatura el lugar que le compete en el plano de la salvación (ver el Concilio Vaticano II en el capítulo VIII de la Lumen Gentium).

En el Rosario, antes de este ajuste evangélico querido por el Papa, se repetía 150 veces el Ave María. Ahora, este título se repite 200 veces. Quien reza el Rosario, sabe o debería saber que el Arcángel Gabriel no se dirige a María llamándola por su nombre, sino que le dice simplemente “llena de gracia” o “colmada de gracia”. No dice: “alégrate María”, sino: “alégrate llena de gracia”. Es muy importante para nuestra gente saber que la identidad más profunda de María está en la gracia. María es aquella que es querida por Dios. La gracia de María está justamente en función de su misión, pero no se acaba en ella. El Ángel, llamándola “Llena de Gracia”, proclama en Ella que antes que nada, en las relaciones entre Dios y las criaturas, está la gracia. La gracia es, por lo tanto, el terreno y el lugar en el cual la criatura puede encontrar a su Creador.

Rezar con María significa confrontarse con un modelo y vivir, siguiendo su ejemplo, nuestra relación personal con Dios. Significa confrontarse con Jesús, su hijo.

Redescubrir a María a través del Rosario significa redescubrir una dimensión profunda de la oración: la actitud verdadera del cristiano respecto a su Dios: una amorosa contemplación. El “sí” de la anunciación es el inicio de un diálogo que pasa a través de alegrías y dolores hasta la gloria de los santos, un diálogo que nos salva en el amor como fue para María.

Otra advertencia: es importante no forzar el sentimiento. Es necesario recordar que la Virgen María no es la parte sentimental de nuestra oración. Solamente cuando se logre focalizar el problema de la necesidad de la oración y explicar bien el significado y la función de la Virgen en el misterio de Cristo, se podrá hablar del Rosario.

Es todavía necesario prestar atención y no hablar del Rosario a la gente que no está preparada. Es bueno saber que el Rosario es siempre un punto de llegada para un alma enamorada y contemplativa, nunca un punto de partida.

Yo sostengo con fuerza que cuando un alma vive, con amor y continuamente esta devoción, ya ha recorrido un gran camino espiritual.

La carta apostólica de Juan Pablo II sobre el Rosario.

Como ya dije antes, hubo quien se perturbó ante el hecho de que el Papa, de algún modo, cambió la estructura del Rosario. En verdad agregó solamente algo. Para estos amantes del inmovilismo también cambiar de lugar una sola coma significa traicionar la tradición. Yo siempre temo a los que sostienen: “se hizo siempre así”.

Leí las críticas a esta innovación de los misterios de la Luz que me parecen pretextos. Es verdad que san Pío V llamó al Rosario, compuesto por 150 Ave Marías (como 150 son los Salmos): “El Salterio de la Virgen María”. Pero este agregado no altera la naturaleza del Rosario que permanece como oración letánica, simple y profunda.

Lo que el Papa modificó levemente es la forma paulina que le había dato el Beato Alano de la Roche (1428-78). Esta forma correspondía al himno cristológico de la carta a los Filipenses (2,5-11) “Cristo Jesús, aún siendo de naturaleza divina(...) se despojó a sí mismo asumiendo la condición de siervo (misterios gozosos), siendo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (misterios dolorosos). Por esto Dios lo exaltó (misterios gloriosos)”.

El himno de Pablo considera tres aspectos del misterio de Jesús: la encarnación, la pasión, la glorificación, dejando de lado la vida pública de Jesús. El Papa, agregando los misterios de la luz pasa del esquema paulino:
encarnación – pasión – glorificación,
al esquema evangélico:
encarnación – vida pública – pasión – glorificación.

La innovación aportada por el Papa consiste en introducir en los misterios del Rosario también la vida pública de Jesús que san Pablo no trata nunca en su magisterio.

Otra innovación es la capacidad del Papa de hacer, si fuera posible, aún más mariana esta oración. Juan Pablo II, después de haber introducido su pensamiento subrayando la importancia de la oración del Rosario y haber evidenciado el valor y su amor personal, ve todo con los ojos de la Santísima Virgen. Es ella el modelo, los recuerdos son suyos, ella la maestra, ella el apóstol por excelencia, tanto que para el Papa los misterios de Cristo son los misterios de la madre.
Si el apóstol Pablo puede decir: “Es Cristo que vive en mí”, con mayor razón toda la vida de María está en comunión con su divino Hijo. María vive con los ojos sobre Cristo y atesora cada palabra suya.

Juan Pablo II, hablando de los recuerdos de María, parece revivir en primera persona la experiencia de la Virgen. El ve con los ojos de María al Señor Jesús. Por María dice el Papa: “Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la acompañaron en cada circunstancia, llevándola a recorrer con el pensamiento los diversos momentos de su vida junto a su Hijo. Estos recuerdos constituyeron, en cierto sentido, el Rosario que Ella misma constantemente recitó en los días de su vida terrena”. Después el Papa subraya que: “La comunidad cristiana cuando reza el Rosario, se sintoniza con el recuerdo y la mirada de María”.

El Papa, como mucho de sus predecesores, ve en el Rosario un método válido, que siempre puede ser mejorado, pues responde a las exigencias típicas de la especificidad cristiana.
Si el Rosario es “contemplar con los ojos de María la vida de Jesús”, el Papa no ha cambiado nada porque nadie más que la Madre puede hablarnos de la vida pública de Jesús. Llamar a este agregado “misterios de la luz” me parece una solución muy feliz porque, dice el Papa “es en los años de la vida pública que el misterio de Cristo se muestra a título especial como misterio de luz: “mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo””. ¿Y quién más que María fue iluminado por aquella luz?.

BREVE ANALISIS DE LOS MISTERIOS DE LA LUZ

El bautismo de Jesús da inicio a su vida pública. Precisamente se ubica como el primero de los misterios de la luz. Con él, quien reza, puede fijar su atención sobre la voz del Padre que revela: “Este es mi Hijo muy amado, escúchenlo”; o bien puede contemplar a Jesús que se ubica en la fila como todos los otros solidarizándose con los pecadores, o también puede pensar en su propio bautismo...

En las bodas de Caná Jesús manifiesta su gloria tanto que sus discípulos creen en Él. Resplandece la figura de María que intercede para que la fiesta continúe siendo fiesta. Son espléndidas y reconfortantes sus palabras: “ Hagan todo lo que Él les diga”. Palabras éstas que el Papa pone como trasfondo de los cinco misterios de la luz.

En el tercer misterio Jesús anuncia el Reino. Hecho consolador para cada uno de nosotros porque este anuncio continúa a través del magisterio de la Iglesia.

El cuarto misterio, la Transfiguración, que por un lado nos invita a reavivar nuestra fe en la divinidad de Jesús, por el otro nos exhorta también a transfigurar nuestras personas llamadas a hacer visible a Jesús en la tierra; además la Transfiguración nos puede ayudar a tomar coraje, como sucedió con Pedro, Santiago y Juan para poder afrontar con fidelidad todas las pruebas que la vida nos deparará.

En el quinto misterio de la luz contemplamos la institución de la Eucaristía. Esta es verdaderamente una fuente extraordinaria de riqueza, en la cual el corazón y la inteligencia pueden dar espacio a los propósitos de participar con creciente conciencia y atención en la Santa Misa, hasta sentirnos partícipes del canto de alabanza que con Jesús elevamos al Padre.

Concluyendo

La verdadera dificultad del Rosario no está en el agregado de los misterios de la luz. Quizás soy pesimista, pero no serán las cartas apostólicas, espléndidas como ésta, ni uno ni cien congresos, los que harán amar nuevamente esta oración. Es necesario que el Rosario vuelva a ser, no sólo el “Breviario de los simples” sino también el carril sobre el que debe circular la devoción de cada obispo, de cada religioso, de cada hermana o monja.

Deseo concluir esta conversación con un pensamiento de Juan Pablo II a los jóvenes:
“Constantemente en mi vida experimenté la presencia amorosa y eficaz de la Madre del Señor”. “No se avergüencen de rezar el Rosario solos, mientras van a la escuela, a la universidad, al trabajo, por la calle o en los medios de transporte público, acostúmbrense a rezarlo entre ustedes, en sus grupos, movimientos y asociaciones; no duden en proponer el rezo en casa, a sus padres, pues él reaviva y consolida los vínculos entre los miembros de la familia. Esta oración les ayudará a ser fuertes en la fe, constantes en la caridad, gozosos y perseverantes en la esperanza”.

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