Plegaria del Bandolero

Por Bernardo Jaramillo Correa
Poesía presentada a los juegos florales celebrados con motivo de la coronación canónica de Nuestra Señora del Rosario de Arma, patrona de la diócesis de Sonsón-Rionegro (Colombia), 8 de  febrero de 1959.




Oh precioso lucero
Al que llaman Señora
Del Rosario de Arma
De Rionegro.
Yo soy un bandolero
Que arrastrando voy mi alma
Hacia el infierno.

Yo maté mi conciencia
Y junto a mi hermano
Y frente a mi enemigo,
Yo perdí la paciencia
Y la maldad y el odio
Vienen siempre conmigo.

Yo fui por los caminos
Donde la vida era
Un canto de esperanza
Y un despertar de luz
Mas esta mano mía,
Vengativa y soberbia,
En cada hogar dejaba
El peso de una cruz

Yo irrumpí con las hordas
En los campos fecundos
Yo llevé a los sembrados
La tea del rencor
Yo sacié mi lujuria
En los cuerpos de vírgenes,
Me embriagué con la sangre,
De Satán el licor


Yo reí a carcajadas
Ante la madre loca
Al quitarle del pecho
Al hijo de su amor
Para arrojarlo luego
Con mi furia diabólica
Contra el muro inclemente
O al oscuro rincón.

Yo corrí como fiera
Tras su presa anhelada
Sin dejar sementera
Donde ebrio no entrara
Con mi sed insaciable
De riquezas y vidas;
Yo maté a los labriegos
Al pie de sus sembrados,
Yo ultraje sus mujeres,
Yo robé sus ganados.
Yo maté a las criaturas
Que encontraba escondidas.

Yo fui sordo a la angustia
Del anciano indefenso,
Yo llevé más tristezas
A su opaca pupila
Cuando obligué a sus ojos,
Cansados por los años,
A presenciar mis actos
Que aterran a Atila.

Yo estrangulé en mis manos
A la débil criatura
Yo clavé mi cuchillo en la virgen cintura
Yo degollé cristianos
Por pura diversión;
Yo le di de patadas
A la cabeza trunca,
Yo le escupí la cara
Al venerable cura,
Y a la doncella pura
Le arranqué el corazón.

Fue mi grito de guerra
El que sembró el espanto,
El que llenó de angustia
Al tranquilo poblado,
El que cubrió de luto
Al apacible hogar;
A las gentes que huían
Yo mi alcance les daba,
Nadie en pie se quedaba,
Pues su ruego era nulo
Y a mis pies yo gozaba
Ver su triste expirar.

Más… un día, Señora
Del Rosario de Arma,
Al llevar yo mi diestra
Manchada con la sangre
De seres inocentes
Al pecho en donde anida
Mi fiero corazón,
Mis dedos tropezaron
Con algo ya olvidado,
Con algo que mi madre
Me había regalado;
Tu escapulario, Virgen
Tabla de Salvación.

Y sentí en mis entrañas
Al volcar de una vida;
Se corrió la cortina
Que mi vista enturbiaba,
Y se tornó en deseo
Lo que jamás pensé:
Deponer ya mis armas.
No ofender más a Cristo
Y bañado en las lágrimas
Que jamás derramara,
Llegarme arrepentido
Señor, hasta tus pies.

Y aquí me tienes, Madre,
Emperatriz y Soberana
Del Rosario de Arma de Rionegro,
Suplicando a tus plantas
No se abran para mí
Las terríficas puertas del infierno

Y sobre mis hermanos,
Los demás bandoleros,
Los que van entre sombras
Apagando luceros
Y sembrando la muerte
Por los campos de Dios
Extiende generosa
Tu manto esplendoroso
Para que unidos todos
En abrazo amoroso,
Ya no nos separemos
Nunca jamás de Vos.